APUNTES DE NUEVO ORDEN INTERNACIONAL

por José Luis Sersale

¿Fríamente calculado? A las 15 horas 45 minutos del día 9 de octubre en Buenos Aires cuando el “tic tac” se hacía cada vez más ensordecedor, apareció el verdadero “milagro argentino”. Un nuevo posteo del Secretario del Tesoro de los Estados Unidos anunciando que su país intervino en el mercado de cambios de la Argentina comprando pesos baratos – subvaluados, según Bessent – no se sabe cuántos, como ayuda directa en un momento de grave iliquidez. No es la única ayuda anunciada. Un swap de monedas por U$S 20.000 millones y, tal vez, la adquisición de Bonos soberanos de la Argentina. Todo fríamente calculado. El viernes 10 fue feriado en Argentina y el lunes 13 lo fue en Estados Unidos. El martes 14 Donald J. Trump recibió a Milei en la Casa Blanca. A pesar de ocupar el mismo dormitorio que en su momento ocupara Winston Churchill, el trato amistoso no alcanzó para un encuentro a solas con Trump en el Salón Oval. Nunca antes los Estados Unidos pudo comprar tan barato el alineamiento dogmático, a libro cerrado, de un país miembro del G-20. La política económica de la Argentina será, de ahora en más, atribución exclusiva del Tesoro estadounidense. Casi todas las piezas del rompecabezas parecen estar en su lugar.

Sin poder de fuego para operar en el mercado cambiario y mantener el valor del dólar debajo de la banda superior, y con vencimientos de obligaciones de muy corto plazo con organismos internacionales, el margen de maniobra del equipo económico se evaporaba. El ministro Luis “Toto” Caputo, el “mago de las finanzas” estaba acorralado. Blanqueo. Salvataje del Fondo. Baja de retenciones y luego retenciones a cero. Todo se reveló insuficiente. El “plan de recuperación histórica de los ahorros de los argentinos” fracasó y los dólares del colchón no salieron. Los “campeones” aprovecharon la ganga de un dólar barato. Y la seguirán aprovechando mientras el Tesoro esté dispuesto a comprar “pesos baratos”. Transferencia y concentración acelerada de recursos. Sin programa productivo a la vista, nunca lo hubo, se recurre una vez más al endeudamiento abierto y solapado. Sabiendo todo lo que arriesgaba, el “Toto” y su equipo partieron hacia Washington el pasado 3 de octubre para instalarse en esa ciudad y transmitir, en primera persona, la magnitud y la urgencia de la crisis. Esa semana dramática pasará a la historia como el momento exacto en el que el “dream team económico” entregó definitivamente el control de la política económica a una potencia extranjera. Todo esto ocurre mientras el gobierno federal de los Estados Unidos permanece cerrado – el cuarto shutdown en lo que va del siglo – desde el 1° de octubre. Inmejorable oportunidad para que Trump se deshaga de cientos de “burócratas ineficientes”. Las críticas de sectores opositores y de miembros del partido republicano se multiplican.

Desde su aparición en el Foro de Davos, Milei parece sumido en el desconcierto y la frustración. Hábilmente acostumbrado a instalar los temas y el tono de la discusión pública, la mega estafa del ‘criptogate’, el desfinanciamiento a la educación, las coimas del 3% denunciadas por el ex director de la Agencia Nacional de Discapacidad, la contundente derrota en las elecciones de la Provincia de Buenos Aires y las denuncias de financiamiento proveniente del narcotráfico al primer candidato a diputado, el “profe” José Luis Espert, pusieron al gobierno en retroceso y cuestionaron su dominio de la narrativa.

La renuencia a cumplir con las leyes sancionadas por el Congreso y los argumentos pueriles utilizados como justificativo, desnudan la insensibilidad hacia los sectores más vulnerables y el desprecio “de casta” que el gobierno dirige hacia ellos. En eso estábamos cuando…un inédito rescate desde el Tesoro de los Estados Unidos le ofreció al gobierno la chance de recuperar, al menos temporalmente, la centralidad política de cara al difícil desafío electoral de octubre. El “milagro argentino”. Veremos cómo sigue.

Ahora bien, ¿cómo interpretar el compromiso del gobierno de los Estados Unidos con Argentina? Lo primero que hay que entender es el contexto global en el que esta inusitada medida tiene lugar. Los Estados Unidos de Donald Trump están decididos a terminar con el orden internacional liberal. Multilateralismo. Globalización. Globalismo. Libre comercio. Democracia liberal. Todo ellos activos de un orden internacional creado por los Estados Unidos y sus aliados occidentales que el presidente Trump ha decidido dejar atrás. El fin de ese orden liberal abre un debate sobre las características y dinámicas del nuevo período que se inicia. El socorro in extremis del Tesoro a Milei, precedido por una secuencia de manifestaciones de apoyo a su excéntrica figura, puede ofrecernos algunos indicios del provenir.

El liderazgo de Trump se consolida bajo el lema “América para los americanos”. En términos geopolíticos, esto significa que ninguna potencial hostil debe asentarse en el continente. El imperativo estratégico es claro: detener el avance de China y forzar su salida del continente. El despliegue militar en el Mar Caribe, los ataques a embarcaciones frente a las costas venezolanas y la salida de Boluarte por “incapacidad moral permanente” pueden ofrecernos indicios de la disposición de los Estados Unidos a intervenir agresivamente sobre su espacio geopolítico de seguridad. Dina Boluarte y Xi Jinping inauguraron en 2024 la mayor infraestructura de logística marítima sobre el Pacífico construida y operada por China en el Puerto de Chancay.

Ahora bien, el comportamiento de Trump en el plano internacional parece revelarnos la aparición de algunos indicios de un nuevo orden global basado en una estructuración de las relaciones internacionales en las que predominan vínculos de tipo “feudal”. Se trata de dinámicas que, en algún sentido, nos retrotraen a modelos de organización sistémica anteriores a Westfalia. Los Estados ceden protagonismo como actores dominantes de la escena política, pero ya no son las entidades supranacionales las que asumen roles o competencias antes reservadas a aquellos, sino un entramado de pequeños grupos de élites y sus líderes vinculados entre sí en función de intereses económicos, visión geopolítica y narrativas de excepcionalismo. Un esquema que aparece legitimado bajo un “nuevo excepcionalismo norteamericano”, versión siglo XXI, basado esta vez en los extraordinarios progresos de la ciencia y la tecnología impulsada por la inteligencia artificial, la computación cuántica y la ingeniería genética. La cuarta revolución industrial se proyecta hacia nuevas fronteras de poder y conocimiento, aún desconocidas.

Los elementos centrales del nuevo orden que parece estar emergiendo definen un modo de organización de la política internacional a partir de jerarquías y lealtades que trascienden la pertenencia al Estado, que se definen en función de la disputa de fondo entre Estados Unidos y China, y que van dando forma a un entramado de redes clientelares dinamizadas a través de vínculos de patronazgo y verticalidad transaccional. Desde el vértice, relatos de características mesiánicas y argumentos de naturaleza dogmática son empleados en las narrativas públicas para justificar y legitimar el dominio, y con ello asegurar lealtad y recursos para la confrontación de fondo. Los réditos materiales y simbólicos que se obtienen derivan directamente de la adhesión sin reservas a las jerarquías y sus narrativas de excepcionalismo. Los únicos intereses que cuentan son los que se expresan en las posiciones del vértice jerárquico. En este nuevo mundo en formación, las instituciones y sus reglas son accesorias. Prima la arbitrariedad y las amenazas de sanciones y castigos directos a los indisciplinados. Los “intereses nacionales” son cosa del pasado.

La versión Trump 2.0 parece ajustarse bastante bien a esta nueva lógica. En el plano interno, los límites constitucionales y legales son desafiados sistemáticamente y los procedimientos institucionales y las reglas propias del funcionamiento del estado son omitidas deliberadamente. El estado y su burocracia técnica constituyen, en realidad, un obstáculo al progreso que imagina Trump.

En el plano internacional, bilateralismo duro para forzar en primera persona posicionamientos de respaldo a las iniciativas personales. Una clara disminución de los compromisos y las alianzas en áreas geopolíticas antes consideradas de gran relevancia, a excepción de Oriente Próximo. Una furibunda crítica al sistema de Naciones Unidas y sus organizaciones, llegando incluso a afirmar que desde allí se financian, por ejemplo, las migraciones descontroladas que tanto preocupan a su gobierno. Finalmente, un reconocimiento solapado de las “áreas de influencia” como expresión natural del sistema internacional, aceptadas como espacios -“entornos inmediatos”- que contribuyen a la estabilidad y disminución de la incertidumbre estratégica.

El comportamiento de Milei en el plano exterior, su antidiplomacia y el salvataje económico y fundamentalmente político a su gobierno – antes del FMI y ahora directamente del Tesoro – también se ajustan a esta nueva lógica internacional. Carente de visión geopolítica desde el espacio de pertenencia, su participación en el ámbito internacional pareciera limitada a eventos no oficiales organizados por grupos pertenecientes al movimiento MAGA realizados en su mayoría en los Estados Unidos, país hacia el cual ha viajado más de una docena de veces desde que inició su mandato como presidente. Mientras que, aún hoy, algunas provincias de la Argentina no fueron visitadas por el primer mandatario. Eso sí, en casi todos sus viajes al exterior Milei se mostró orgulloso portando una motosierra, símbolo de poder, emblema de cambio de época pero también una metáfora visual de una masculinidad violenta, perturbada y perturbadora. Menos visible ahora, en tiempos de abismos y urgencias en los que la desmesura puede no ser una buena opción.

Lealtad y servicio de este lado, favores y protección desde el otro lado. El gobierno de Milei deberá esforzarse para priorizar una versión más institucional – “dialoguista” – que le retribuya un mínimo de gobernabilidad; y realizar reajustes al “programa” económico para lo que queda de su mandato. Difícil para un gobierno inmerso en la desmesura que, además, carece de cuadros políticos capaces de comprender en profundidad las dificultades del momento. Buena parte de ellas, autoinflingidas. Y, lo más importante para los Estados Unidos, deberá mostrar que se desandan los caminos que condujeron a China hacia estas latitudes; tarea compleja si las hay. Un esfuerzo que, sin duda, lo excede con creces. Por si fuera poco, la paciencia estratégica de los chinos no parece congeniar del todo bien con las urgencias derivadas del “América para los estadounidenses”.

El gobierno de Milei parece haberse ganado el “favor” del Tesoro para lo que resta de su mandato, lo cual es sinónimo de una cierta estabilidad financiera. Habrá que ver cómo impacta el peso sobrevaluado por aquel favor en el entramado productivo argentino. Y estar atento ante la posibilidad de que el Tesoro, en algún momento del ciclo especulativo, ya no desee los pesos argentinos subvaluados.

Para finalizar. ¿Se encaminaba la Argentina de Milei a ser un Estado fallido como señaló Bessent? Es decir, un estado que carece de las capacidades mínimas para controlar su propio territorio?. ¿Dónde se aloja verdaderamente el “riesgo argentino”?. En el contexto internacional que se va configurando, el rescate ante las urgencias derivadas de la mala praxis del gobierno de Milei debe interpretarse, más allá de la coyuntura política interna aquí y allá, en función de la necesidad de forjar un vínculo diplomático serio entre ambos países en múltiples campos de actividad. Ningún proyecto geopolítico de alcance hemisférico puede sostenerse en el tiempo anclado tan sólo en un puñado de ideas superficiales acuñadas al calor de desequilibrios emocionales. Las características del vínculo entre países requieren de consensos internos que le den sentido, profundidad y continuidad en el tiempo. Por ello, el partido nacional deberá estar atento, pues podría heredar en el corto plazo este inédito cuadro de situación.