por Matías Kulfas
En la nueva globalización, la frontera del desarrollo ya no se mide en toneladas exportadas ni en kilómetros de autopistas, sino en la capacidad de los países para generar conocimiento, producir tecnología y usarla para el desarrollo nacional y el bienestar popular.
1. Una revolución industrial permanente
El mundo atraviesa una transformación productiva que no da tregua. En pocas décadas, la humanidad pasó de la máquina en gran escala a la inteligencia artificial generativa; del carbón y el petróleo a la energía solar, el litio y los algoritmos. Como escribí en Producir en la nueva globalización (Siglo XXI Editores, 2025), vivimos en una revolución industrial permanente, un proceso que avanza más rápido que la capacidad política y social para gobernarlo.
Las nuevas tecnologías no solo modifican cómo se produce, sino quién se desarrolla y quién queda atrás. El cambio tecnológico se volvió un campo de disputa geopolítica. Estados Unidos y China libran una competencia abierta por el liderazgo en sectores estratégicos —chips, baterías, inteligencia artificial, biotecnología— mientras Europa intenta no perder relevancia. En este tablero, América Latina corre el riesgo de quedar más relegada que nunca si no logra fortalecer su conocimiento y capacidad productiva. La región es un gran reserva de recursos naturales (aproximadamente el 14% de los que tiene el planeta), pero deben ser utilizados como una palanca para el desarrollo antes como un fin en sí mismo, ya que -por sí solos- no garantizarán las aspiraciones de una vida digna con justicia social.
Durante décadas se creyó que la globalización económica generaría convergencia: los países pobres crecerían más rápido y acortarían distancias con los ricos. Pero la evidencia es diferente. Solo unos pocos —Corea del Sur, Taiwán, China y otros ubicados en Asia— lograron escapar del subdesarrollo. Y lo hicieron no siguiendo las recetas del mercado, sino mediante una estrategia deliberada de industrialización, planificación estatal del desarrollo y construcción tecnológica autónoma, potenciando al mercado.
2. De la dependencia tecnológica al desarrollo autónomo
El desarrollo no es un resultado espontáneo del mercado, sino una conquista política y tecnológica. Los países que ascendieron lo hicieron planificando, promoviendo sectores estratégicos, orientando el crédito, invirtiendo en educación y ciencia, y articulando empresas públicas y privadas.
Corea del Sur apostó a la ingeniería inversa y a la disciplina tecnológica; China combinó apertura con control estatal y transferencia de tecnología, y el sudeste asiático integró planificación industrial con una cultura exportadora. Ninguno de estos procesos fue producto de un mercado libre: todos fueron proyectos de Estado, que en gran medida se ocupó de construir y desarrollar mercados.
América Latina, en cambio, se desindustrializó. La ola neoliberal de los noventa desmanteló sus políticas de desarrollo y la transformó en una región que importa cambio tecnológico y exporta naturaleza. Mientras Asia avanzaba hacia la producción de semiconductores, nosotros multiplicamos la exportación de soja, petróleo y minerales, pero sin agregar valor.
El neoliberalismo (entendido como fundamentalismo de mercado) fue la ideología dominante de política económica en la región durante la década de 1990. Pero con posterioridad, los gobiernos de orientación neoliberal fueron solo una entre otras variantes. Argentina (2003-2015 y 2019-2023), Bolivia (1999-2019 y 2020-2025), Brasil (2003-2016 y 2022 en adelante), Ecuador, Venezuela, Chile (particularmente con algunas reformas implementadas durante los mandatos de Michelle Bachelet y recientemente con Boric), Uruguay (2004-2019 y nuevamente en la actualidad) y de manera más reciente México (2018 en adelante) y Colombia (2022 en adelante) son experiencias que se ubicaron, con múltiples matices y diferencias, en una vereda contraria al neoliberalismo. Aun así, no fue sencillo estructurar una alternativa que permitiera crecer de manera sostenida y transformar la estructura productiva como medio central para mejorar las condiciones de bienestar. El foco se colocó en la distribución más o menos agresiva de rentas y recursos existentes. Predominaron estrategias que combinaron políticas de inclusión social y transferencia de ingresos antes que proyectos de transformación productiva y tecnológica de largo alcance.
Esa dependencia tecnológica se traduce en dependencia económica. Incluso en etapas de auge de exportaciones de commodities, se desperdiciaron oportunidades para desarrollar las industrias de bienes de capital e insumos para la producción energética: mientras la región más exportaba materias primas, de manera simultánea importaba más bienes de alta tecnología. Y lo más grave: importamos la revolución digital como consumidores, no como productores.
Hoy vivimos un notable cambio de escenario mundial. La competencia geopolítica entre EE.UU. y China abre las puertas a una globalización diferente, que no elimina la interdependencia, pero que plantea nuevas reglas de juego. La región puede beneficiarse de estos cambios si los sabe aprovechar estratégicamente, apostando a una integración diferente a la del pasado en la que podamos complementar capacidades productivas y tecnológicas para participar activamente de los cambios tecnológicos.
3. Soberanía digital y nuevas cadenas productivas
La soberanía del siglo XXI no se mide en fronteras físicas, sino en control sobre la infraestructura digital, los datos y la capacidad de producir tecnología propia. La nueva globalización se caracteriza por la reorganización de las cadenas globales de valor (CGV) y el retorno de las políticas industriales. El reshoring, el nearshoring y el friendshoring reconfiguran los flujos productivos, creando una geografía del poder basada en la tecnología.
La pandemia y la guerra en Ucrania aceleraron este proceso. Estados Unidos aprobó la Inflation Reduction Act y el Chips Act para recuperar producción industrial y liderazgo tecnológico. Europa siguió el mismo camino. Y China, con su plan Made in China 2025, busca consolidar un ecosistema industrial autónomo. En este contexto, el libre mercado dio paso a una economía de la seguridad nacional.
América Latina no puede quedar al margen. El mundo demanda minerales críticos —litio, cobre, tierras raras— y energías limpias, pero el desafío no es vender recursos sino transformarlos en conocimiento y tecnología propia. No se trata de volver al viejo modelo de sustitución de importaciones, sino de una nueva integración productiva soberana y pragmática, articulada con cadenas regionales y con una estrategia de innovación.
La integración regional en América Latina no puede seguir centrada en tratados de libre comercio que, lejos de generar un desarrollo sostenido, han multiplicado las complicaciones para muchos sectores productivos. El camino pragmático es la construcción de acuerdos por cadenas productivas, priorizando sectores que permitan saltos industriales y tecnológicos y, al mismo tiempo, produzcan beneficios ambientales y sociales palpables. La transición hacia la electromovilidad ofrece un ejemplo claro: miles de autobuses eléctricos deberán incorporarse en las grandes ciudades latinoamericanas en los próximos años. Este proceso puede ser la base de una cadena regional que articule recursos naturales —como el litio de Argentina y Chile, que juntos concentran el 27% de la oferta mundial— con la capacidad industrial de Brasil, México y Argentina, y con políticas urbanas que adapten regulaciones y compras públicas a estos objetivos. Así se aseguraría una integración virtuosa de recursos naturales, la fase industrial y tecnológica y el desarrollo urbano.
Abordar estos desafíos de manera segmentada es una receta para el fracaso: si la transición se plantea solo desde la demanda de las ciudades, probablemente se termine importando buses de otros continentes; si se encara solo desde la oferta productiva, no habrá garantías de una demanda local que sustente la inversión. Lo mismo ocurre con las energías renovables y el hidrógeno verde: la región necesitará instalar al menos 15.000 aerogeneradores en las próximas décadas, y sería absurdo no articular una estrategia de integración que permita desarrollar nuevas capacidades industriales regionales para abastecer una parte significativa de esa demanda. En síntesis, un nuevo regionalismo pragmático y sectorial, basado en proyectos industriales y tecnológicos concretos, es la clave para transformar el potencial latinoamericano en bienestar y desarrollo compartido.
4. Industrialización verde: una oportunidad para el Sur
La transición energética global abre una ventana histórica. Por primera vez en décadas, el cambio tecnológico empuja la demanda de bienes que América Latina puede proveer: energía limpia, alimentos, minerales y biodiversidad. Pero el modo en que se organice esa transición determinará si será una oportunidad de desarrollo o una nueva forma de subordinación.
La transición verde necesita cobre, litio, níquel, hidrógeno y agua. En manos de una estrategia inteligente, eso puede traducirse en una nueva ola de industrialización. En manos del viejo modelo extractivo, solo reproducirá desigualdad y dependencia. La clave está en la política industrial verde, un enfoque que combina productividad, sustentabilidad y autonomía. No se trata solo de descarbonizar, sino de reindustrializar con nuevas tecnologías y nuevos empleos. Es una oportunidad para producir con nuevos métodos que nos permitan ser parte de la revolución tecnológico en lugar de seguir relegados tecnológicamente intentando comprar en el futuro esas tecnologías que se producirán en otras latitudes.
La Unión Europea, Japón y Estados Unidos ya invierten miles de millones en reconversión productiva. América Latina, con mucho menos margen fiscal, necesita coordinar recursos, conocimiento y políticas regionales.
Argentina tiene capacidades industriales, científicas y energéticas que pueden integrarse en una estrategia de industrialización verde: fabricar componentes de energías renovables, desarrollar química del litio, producir acero verde o bioplásticos, e impulsar la economía circular.
Todo eso requiere algo que no se compra en el mercado: planificación estratégica. La transición ecológica no debe ser vista como una restricción, sino como la gran oportunidad para redefinir el patrón de desarrollo de la periferia. El desafío es pasar de exportar naturaleza a exportar conocimiento, y de importar tecnología a producirla.
5. Un nuevo pacto para industrializar el futuro
América Latina necesita una nueva narrativa de desarrollo, donde el progreso tecnológico y la justicia social no sean objetivos opuestos, sino complementarios. La historia enseña que no hay desarrollo sin Estado, y que la soberanía no se declama: se construye produciendo.
Industrializar el futuro implica recuperar la planificación, fortalecer el sistema científico-tecnológico y reconfigurar el papel del Estado como estratega, no como espectador.
Supone también un nuevo pacto social: entre Estado, empresas, universidades y trabajadores. El desarrollo industrial y tecnológico no es un fin en sí mismo sino un medio para la felicidad de los pueblos. Las políticas de desarrollo productivo deben combinar productividad y equidad, ciencia y empleo, innovación y bienestar.
El siglo XXI será el de la economía verde y digital. Pero no habrá transición justa ni soberanía digital sin industria, sin capacidad tecnológica propia y sin una política de desarrollo sostenida. Relegarnos al papel de proveedor de materias primas y comprador de bienes tecnológicos es económica y socialmente inviable.
El nuevo mundo que emerge no es plano ni libre. Es un sistema jerárquico donde el poder tecnológico decide quién produce, quién depende y quién manda. Frente a esa realidad, los países del Sur tienen dos caminos: resignarse a ser exportadores de recursos o construir una estrategia industrial y tecnológica. La opción al fundamentalismo de mercado y el alineamiento espurio con EE.UU. que propone el actual gobierno argentino no debe ser otro alineamiento espurio sino la construcción de una estrategia propia y el tendido de puentes para fortalecer a nuestra región con un mercado ampliado, industrial y soberano que encuentre su espacio en este complejo panorama geopolítico.