RICHARD GOTT, UN INGLÉS ANTIIMPERIALISTA, APASIONADO POR LATINOAMÉRICA Y AMIGO DE LA ARGENTINA

por Guillermo Carmona

El pasado 2 de noviembre falleció a los 87 años el historiador y periodista Richard Gott, una personalidad multifacética que coordinó el Grupo de Apoyo al Diálogo por la Cuestión de las Islas Malvinas en el Reino Unido, mientras Alicia Castro estaba al frente de la Embajada Argentina en Londres. En homenaje a su trayectoria y a modo de obituario, Guillermo Carmona destaca algunos de los hechos más salientes de su labor de historiador y periodista, y repasa las vicisitudes de su visita a la Argentina en 2013. También reproducimos a continuación del obituario su nota de opinión publicada en The Guardian el 2 de abril de 2007 en la que cuenta cómo fue testigo en las Islas Malvinas del intento del gobierno británico de convencer a los isleños de su restitución a la Argentina.

El pasado 2 de noviembre falleció a los 87 años el historiador y periodista Richard Gott, una personalidad multifacética que coordinó el Grupo de Apoyo al Diálogo por la Cuestión de las Islas Malvinas en el Reino Unido, mientras Alicia Castro estaba al frente de la Embajada Argentina en Londres. Fue una figura reconocida en el “mundo malvinero” que merece un especial homenaje.

Conocí a Richard Gott en febrero de 2013 en un encuentro de los Grupos Europeos Pro Diálogo sobre la Cuestión Malvinas que reunió en la Embajada Argentina en Londres a 40 personalidades de 18 países de Europa. En el encuentro participaron destacadas personalidades que, ante la larga reticencia británica, habían aceptado la propuesta del gobierno argentino de promover el diálogo entre Argentina y Gran Bretaña en pos de que se retomaran las negociaciones sobre la soberanía de las islas. La reunión fue organizada por la Embajadora Alicia Castro, quien un año antes había llegado a Londres para dar nuevo impulso diplomático a nuestra causa soberana, y contó con la presencia del canciller Héctor Timerman, del entonces presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Daniel Filmus, del parlamentario Jeremy Corbyn, del intelectual pakistaní-británico Tariq Alí y de relevantes figuras políticas, académicas, sindicales, culturales y periodísticas. Yo participé del encuentro por ser el presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Richard estaba al frente de la coordinación del Grupo de Apoyo al Diálogo por Malvinas del Reino Unido.

Mesa de apertura del encuentro de los Grupos Pro Diálogo por la Cuestión Malvinas, Londres, febrero de 2013

La primera y definitiva impresión que me provocó fue la de un hombre que se destacaba por su temperamento afable y su aguda inteligencia. Por estos días leí algo escrito sobre él que me resultó por demás verosímil: “Todos lo consideraban una persona encantadora con quien conversar, incluso cuando no estaban de acuerdo. Un embajador latinoamericano lo resumiría así: «Richard tiene la singular habilidad —dijo— de encantar y horrorizar a los miembros del establishment al mismo tiempo»”.

Richard Gott entrega al canciller Timerman la declaración del Grupo Europeo Pro Diálogo por Malvinas (Londres, febrero de 2013)

En el libro Diálogos por Malvinaspublicado en 2014 por la Embajada de la República Argentina en Londres, quedaron plasmados aportes muy valiosos de algunas de las personalidades que participaron del encuentro de los Grupos Pro Diálogo promovido por Alicia Castro. Tras el prólogo de la embajadora, se encuentra el artículo de Richard Gott titulado Malvinas 1968: una iniciativa británica olvidada, una contribución fundamental sobre las circunstancias poco conocidas de uno de los momentos en los que la Argentina estuvo más cerca de lograr el objetivo de la recuperación de las islas. Entre los antecedentes del autor el libro sintetiza su trayectoria de la siguiente manera:

Richard Gott es un historiador y periodista británico, graduado en la Universidad de Oxford. Autor de varias obras, entre ellas, Cuba: Una Nueva Historia, Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana, la ya clásica Movimientos Guerrilleros en América Latina y, la más reciente de ellas, El Imperio Inglés: resistencia, represión y rebeliones, cuya traducción al español presentó en 2013 en Buenos Aires.

Trabajó durante treinta años en el diario The Guardian, donde se desempeñó como editorialista, corresponsal en el extranjero –sobre todo en América Latina– y director de asuntos culturales. Durante varios años trabajó además en la editorial Penguin Books como director de una serie de más de treinta libros sobre asuntos relacionados con América Latina.

Ha escrito numerosos artículos cuestionando la presencia colonial británica en Malvinas. En 1968 viajó a las islas en oportunidad de la visita del negociador británico Lord Chalfont. Actualmente se desempeña como investigador asociado del Instituto para el Estudio de las Américas de la Universidad de Londres (UCL) y es el coordinador del Grupo Pro Diálogo por Malvinas del Reino Unido.

Su faceta periodística fue asombrosa. Además de recorrer y residir transitoriamente en países de América Latina, trató con figuras latinoamericanas de proyección mundial. En 1963 conoció al Che Guevara en Cuba y luego fue testigo directo en Bolivia de los acontecimientos ocurridos tras su asesinato en 1967, participando de la identificación de sus restos mortales. Sus crónicas fueron publicadas en The Guardian y Le Monde Diplomatique.

En 1968 participó en una misión del gobierno británico a las islas Malvinas encabezada por Lord Chalfont, el ministro de Estado de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth, que tenía por objetivo convencer a los isleños de la devolución de las islas a la Argentina. Como relata Richard en la nota que transcribimos abajo, ese “fue el primer y último intento de Gran Bretaña por deshacerse de las islas”.

Como historiador ha dejado contribuciones valiosísimas, entre ellas su libro El Imperio Británico. Resistencia, represión y rebeliones. El otro lado de la historia, una obra fundamental para conocer los impactos y secuelas que dejó el colonialismo británico en las periferias del mundo. Gott, con un sentido profundamente humanista y antiimperialista, derriba los mitos sobre el supuesto carácter civilizador del colonialismo y repasa las atrocidades cometidas por los gobiernos británicos en nombre de la civilización y el progreso.

En agosto de 2013, Richard fue invitado por las Comisiones de Relaciones Exteriores de las Cámaras de Diputados y del Senado a exponer en el Congreso de la Nación. La agenda incluyó una conferencia en la Universidad Metropolitana y una visita a Mendoza que incluyó una conferencia en la Universidad Nacional de Cuyo. En mi provincia lo vimos maravillarse de nuestra cordillera, los viñedos y bodegas, nuestros asados y nuestros vinos.

Richard Gott junto a la embajadora Castro, legisladores y el equipo legislativo del diputado Carmona, en el Salón de los Pasos Pérdidos de la Cámara de Diputados, con una de las banderas del Operativo Cóndor en el fondo (agosto de 2013)

Quienes compartimos esos días con él, en especial los y las integrantes del equipo legislativo que acompañó mi labor en el Congreso, tuvimos la oportunidad de conocer a un hombre excepcional, de fuertes convicciones antiimperialistas, apasionado por Latinoamérica y amigo de la Argentina. Desde entonces nos ha acompañado el recuerdo de las largas conversaciones que mantuvimos y con su presencia a través del legado de sus libros y sus notas periodísticas. Estamos muy agradecidos por ello a Alicia Castro, quien creo las condiciones para que fuera posible su visita a la Argentina.

En el momento de su partida definitiva, lo homenajeamos y le expresamos nuestro sincero y permanente reconocimiento poniendo en valor sus contribuciones a través de la reproducción de una de sus notas de opinión, la que fue publicada en The Guardian el 2 de abril de 2007.

La reivindicación de Argentina sobre las Malvinas sigue siendo válida.

Independientemente de los deseos de los isleños, la cuestión de la soberanía tendrá que volver a la agenda en algún momento.

por Richard Gott

Hace casi cuarenta años, en noviembre de 1968, viajé a las Malvinas con un grupo de diplomáticos en lo que fue el primer y último intento de Gran Bretaña por deshacerse de las islas. Lord Chalfont, entonces ministro de Asuntos Exteriores, encabezaba esta expedición. Tenía la difícil tarea de intentar persuadir a los 2000 isleños de que el imperio británico podría no ser eterno, y que deberían empezar a considerar la posibilidad de mantener buenas relaciones con su vecino, Argentina, que durante mucho tiempo había reclamado las islas. En aquel momento, Gran Bretaña abandonaba su política al este de Suez por motivos financieros y buscaba la manera de liquidar su imperio residual. Ya habíamos deportado por la fuerza a los habitantes de Diego García en 1967 sin mucha publicidad hostil, y los habíamos asentado en Mauricio y las Seychelles, entregando sus islas a los estadounidenses para la construcción de una gigantesca base aérea. Las Malvinas eran las siguientes en la lista. Tal vez se podría pagar a los isleños para que establecieran granjas de ovejas en Nueva Zelanda.

Durante diez días, visitamos prácticamente todas las granjas y casas de campo en las dos islas principales. Nos recibieron en todas partes —y pudimos ver las consignas y la bandera británica desde el aire antes de aterrizar— con los mismos mensajes: «Chalfont, vete a casa» y, a veces, «Queremos seguir siendo británicos». Los isleños se mostraron inflexibles. No querían tener nada que ver con Argentina, y Chalfont les prometió que nada sucedería sin su consentimiento. Catorce años después, en 1982, Gran Bretaña y Argentina estaban en guerra por las islas, y casi mil personas perdieron la vida. Hoy se nos invita a recordar el 25.º aniversario de aquel suceso, y el gobierno argentino nos ha recordado su postura, retirándose del acuerdo de 1995 sobre exploración petrolera conjunta, que el Ministerio de Asuntos Exteriores había acogido con entusiasmo como una alternativa a debatir un tema tan conflictivo como la soberanía.

A veces me preguntan por qué los argentinos arman tanto revuelo por las islas que llaman Malvinas. La respuesta es sencilla: las Malvinas pertenecen a Argentina. Simplemente, fueron tomadas, ocupadas, pobladas y defendidas por Gran Bretaña. Dado que la reclamación argentina es perfectamente válida, su disputa con Gran Bretaña nunca desaparecerá, y puesto que gran parte de Latinoamérica está cayendo en manos de la izquierda nacionalista, el gobierno de Buenos Aires gozará de un creciente apoyo retórico en el continente (e incluso en otros lugares, como por ejemplo, el del actual gobierno de Irak), para creciente incomodidad de Gran Bretaña. Todos los gobiernos de Argentina, de cualquier ideología, seguirán reclamando las Malvinas, al igual que los gobiernos de Belgrado siempre reclamarán Kosovo.

Las Malvinas fueron ocupadas por Gran Bretaña en enero de 1833, durante una época de intensa expansión colonial. El capitán John Onslow, del HMS Clio, tenía instrucciones de «ejercer los derechos de soberanía» sobre las islas y ordenó al comandante argentino arriar su bandera y retirar sus fuerzas. Los colonos argentinos fueron reemplazados por británicos y de otros lugares, principalmente Gibraltar. Desde entonces, Gran Bretaña y Argentina han mantenido discrepancias sobre la legitimidad de la ocupación británica, y durante gran parte de este tiempo las autoridades británicas han sido conscientes de la relativa debilidad de su argumento.

Un documento del Archivo Nacional hace referencia a un documento del Ministerio de Asuntos Exteriores de 1940 titulado «Oferta del Gobierno de Su Majestad para reunificar las Islas Malvinas con Argentina y acordar un arrendamiento posterior». Aunque se conserva el título, el documento en sí estuvo bajo embargo hasta 2015, si bien es posible que exista en otro archivo. Presumiblemente, se trataba de una oferta dirigida al gobierno argentino proalemán de la época para mantener su apoyo en un momento difícil de la guerra, aunque quizá fuera un borrador o una ocurrencia ingeniosa ideada en el Ministerio.

Los registros indican que los sucesivos gobiernos británicos han considerado débil la reivindicación británica sobre las islas, y algunos se han mostrado favorables a las negociaciones. Documentos recientemente publicados recuerdan que James Callaghan, entonces ministro de Asuntos Exteriores en la década de 1970, señaló que «debemos ceder en algunos puntos y… estar dispuestos a discutir un acuerdo de arrendamiento posterior». El secretario del gabinete apuntó que «Argentina podría actuar de muchas maneras contra nosotros, incluyendo la invasión de las islas… y no estamos en condiciones de reforzar y defender las islas como un compromiso a largo plazo. Por consiguiente, la alternativa de mantenernos firmes y asumir las consecuencias no es viable».

Por supuesto, algunos argumentan que la posesión física de las islas por parte de Gran Bretaña, y su declarada intención de mantenerlas frente a cualquier invasor, hace que su reclamación sea superior a la de Argentina. Algunos creen que la invasión argentina de las islas en 1982 y su posterior retirada forzosa, de alguna manera, invalidan su reclamación original. Gran Bretaña, ante todo, tiene una deuda con los herederos de los colonos que fueron enviados originalmente allí, una deuda reconocida en el mantra del Ministerio de Asuntos Exteriores de que, en todas las negociaciones con Argentina sobre el futuro de las islas, los deseos de los isleños serán «prevalentes». Sin embargo, no se reconoció tal deuda en el caso de los habitantes de Diego García, quizás porque Gran Bretaña los heredó de los franceses en lugar de haberlos establecido allí directamente.

Irónicamente, los habitantes de las Malvinas son el resultado de un plan de colonización del siglo XIX muy similar a la experiencia de Argentina en el mismo siglo, que trajo colonos de Italia, Alemania, Inglaterra y Gales y los asentó en tierras de las que los indígenas habían sido expulsados y exterminados. El historial de los isleños parece mucho más limpio en comparación. Sin embargo, la reivindicación argentina sigue siendo legítima y nunca desaparecerá. En algún momento, la soberanía y el arrendamiento posterior deberán volver a estar sobre la mesa, independientemente de los deseos de los isleños. Idealmente, las Malvinas deberían incluirse en una reorganización poscolonial más amplia de antiguos territorios. Esto eximiría a Gran Bretaña de su responsabilidad sobre Irlanda del Norte (prácticamente desaparecida), Gibraltar (en debate) y Diego García (cedido de facto a los estadounidenses), y cualquier otro lugar que aún se recuerde.

Esta política poscolonial debería haberse adoptado hace muchos años (y quizá el gobierno de Harold Wilson ya se inclinaba hacia este fin en la década de 1960, cuando Denis Healey abandonó los compromisos británicos al este de Suez y cuando Chalfont fue enviado a Puerto Stanley), y al menos debería haberse considerado cuando abandonamos Hong Kong en la década de 1990. Sin embargo, la fuerza del resurgimiento imperialista de Blair, que resuena constantemente en la prensa popular, sugiere que esta perspectiva sigue estando tan lejos como en 1982.

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Este texto de Guillermo Carmona fue publicado el 6 de noviembre pasado en el muy recomendable portal ATLÁNTICO SUR (https://www.portalatlanticosur.com/)