CAMPO PAMPEANO: mitos, prejuicios y realidades

una interpretación política del campo pampeano y de su “renacimiento”

por Fernando Martínez

Introducción

La descripción y la interpretación de “el campo” en Argentina pone énfasis en los aspectos agropecuarios, que son las formas de practicar agricultura y ganadería y los productos que de ellas se obtienen.  Circunscribir “el campo” a lo agropecuario es reducirlo solo al aspecto productivo, impidiendo comprender su complejidad, es desconocer la vida que en él se desarrolla. Es necesario considerar “el campo” en su ruralidad, con gente “adentro” y que incluye a lo agropecuario. 

Muchos de los analistas de “el campo” lo hacen exclusivamente desde el volumen de granos y carnes producidos, de su exportación, desde su estructura fundiaria, desde los volúmenes de procesamiento, siempre desde una perspectiva “de negocios”. Es infrecuente que se utilicen indicadores de eficiencia física; menos aún analizar “el campo” en paralelo y entrelazado con el resto de la sociedad.

Esta interpretación de mitos, prejuicios y realidades propone analizar “el campo” desde una perspectiva rural, con énfasis en una ventana temporal seleccionada de 50 años entre 1974 y 2024 describiendo como había llegado el campo al año de partida y como fueron sucediéndose cambios hasta alcanzar su estado en el año de corte.

El análisis incorpora algunos indicadores de eficiencia productiva (en particular en referencia al suelo y al agua de lluvia) y referencia el análisis cruzándolo con indicadores sociales de idéntica temporalidad. Para ejemplo específico de estos indicadores se los aplica al departamento Caseros, provincia de Santa Fe, donde comenzaron el trigo como fenómeno iniciador de la etapa granaria del agronegocio pampeano en 1878 (primera exportación de trigo a Europa) y la soja en 1971 como disparador de su renacimiento (primera Jornada Técnica de soja para productores). El análisis de estos indicadores está en línea con lo que plantea el Desarrollo sostenible: alcanzar “la virtuosa triple E”: eficiencia económico productiva, equilibrio ambiental y equidad social.

Los mitos del campo pampeano

Tiene validez universal que las sociedades necesitan de mitos para la construcción de su ethos, para la construcción de su identidad y pertenencia, de su cultura. La sociedad argentina procuró construirlos luego de la organización nacional (aquella que se logró luego de la guerra civil más larga del continente) y buscó en su historia hechos y personajes susceptibles de transformarse en mitos. Veremos varios de ellos.

Cuando los medios de comunicación de alcance nacional (que en realidad son los de la ciudad de Buenos Aires) publicitan cuestiones del “campo argentino”, reiteradamente se refieren solo al campo pampeano (que es bastante menos que el campo argentino). Más aún, se refieren casi exclusivamente al agronegocio pampeano (que es menos que el campo pampeano), repitiendo aquello que tanto daño ha hecho a la sociedad argentina: todo se intenta definir y explicar desde lo que ocurre en “la pampa”, particularmente en su capital “la ciudad de Buenos Aires” y desde el universo de “los agro negocios”. La Argentina es un país enorme (pero no gigantesco, como los 7 países continentales) integrado por siete regiones con diversidades sociales, culturales y ambientales, con potencialidades suficientes como para ser países independientes; reducirla a “lo pampeano” y, peor aún, al “agronegocio pampeano” es otra deformación heredada del predominio “porteño” y de su ideología porteñista, que es exclusivamente mercantilista, rentista. La amplia mayoría de las descripciones y diagnósticos del agro pampeano son incompletas, deforman u ocultan y las perspectivas que de ellas se elaboran, erran. Reducir la interpretación de la Argentina por lo que sucede en el agronegocio pampeano o en su visualización desde la ciudad capital, es una aberración técnico-política descomunal.

La historia argentina está atravesada por la actividad agropecuaria pampeana; el agronegocio pampeano ha sido uno de los factores determinantes en la construcción de la nacionalidad argentina. Gran parte de su sociedad sostiene el mito de que en una época pasada de grandeza y esplendor el país fue “el granero del mundo”. Lo de granero del mundo fue una licencia poética de Rubén Dario, utilizada en su exagerado poema “Canto a la Argentina”, encargado por el diario La Nación de Buenos Aires (del que era corresponsal en Europa) para los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. Esta licencia poética fue tomada por los ganadores de las guerras civiles (los porteñistas) para adornar los festejos por el Centenario e instalarla como mito celebratorio de los 100 años del país que presumían haber construido. La Argentina nunca fue granero del mundo ni podrá serlo porque no tiene los recursos necesarios.

Las facilidades que presentó el espacio pampeano para la producción ganadera desde tiempos virreinales (Virreinato del Perú 1542 – 1776 y luego del Río de la Plata 1776 – 1816) y para la producción triguera masiva a partir de la colonización, ya en período republicano (desde 1856), llevó a la normalización de criterios equivocados respecto a las características de los recursos involucrados. Uno de estos criterios es el de la infinita y perpetua fertilidad de los suelos de la región pampeana y se constituyó en otro mito. La altísima fertilidad natural de sus suelos, su relieve, su clima favorable, su cercanía a puertos de ultramarinos, permitieron una ganadería que cosechaba sucesivamente mulas, vacas, terneros y novillos por el trabajo de los criollos gauchos y luego, por el trabajo esforzado de los colonos inmigrantes sembrando y cosechando trigo. Esos recursos humanos permitieron practicar actividades productivas sencillas y de muy bajo costo (en simultáneo con el tendido de los ferrocarriles). Estos aspectos, en particular la fertilidad del suelo pampeano que facilitaba enormemente la producción y la baja o nula exigencia de calificación para el desempeño del personal, sumados a los hábitos rentísticos de la clase terrateniente dirigencial argentina, permitieron construir a su elite una cultura agropecuaria especuladora que privilegiaba invertir solo lo necesario para manejar los aspectos productivos directos, tendiendo a costo cero, sin considerar el costo del desgaste o destrucción del suelo (entre otros costos ocultos y externalidades). Los colonos inmigrantes actuaron diferentes; su cultura de trabajo arduo y constante implicaba inversión en máquinas y animales porque su negocio era producir (no especular) y porque además difícilmente podrían acumular capital suficiente para comprar tierras, que aumentaban de precio porque ellos las valorizaban con su trabajo. El campo pampeano fue muy fértil, fertilísimo; ya no lo es.

La construcción del arquetipo “argentino” requirió el rescate de la figura del gaucho, el gauderio. El ejercicio dialéctico supuso concluir que “el gaucho” determinó la nacionalidad. Sin embargo, fueron los “mercaderes monopolistas” (decía Belgrano) y quienes continuaron con sus ventajas y privilegios, los que determinaron la injusta y deforme realidad argentina. La elite porteña y las elites provincianas aporteñadas, triunfantes de las guerras civiles, las de la “organización nacional”, construyeron su poder partiendo de los beneficios virreinales que la vieja administración (española) les había concedido. Allí comenzaron a acumular recursos negándoselos a la mayoría de desposeídos, estos sí de cultura gaucha. Pero como estos mercaderes no ofrecían ninguna actuación heroica y plena de valores éticos que justificaran su elevación a la categoría de “héroes nacionales”, hubo que encontrar un héroe y en el lugar determinante de constructores de la nacionalidad “los pensadores el Centenario” colocaron al gaucho. Desposeído y marginalizado, permaneció desaparecido de la historia “oficial”.  Las necesidades funcionales de esa construcción lo rescataron del olvido “oficial” y lo colocaron en el altar de la nacionalidad como arquetipo de argentino, el “mito gaucho”. Triste destino del gaucho argentino, el criollo mestizo, catalogado como vago desde el Bando de Oliden de 1815 y con solo su sangre como atributo humano útil (“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”, Sarmiento a Mitre, septiembre de 1861). Su sangre y la de sus hermanos los indios, fueron el abono de la tierra argentina para que otros cosecharan sus frutos. Desposeído violentamente de su justo acceso a la tierra, terminó transformado en personaje literario rescatado por poetas y músicos populares.

La potencialidad productiva de la Región Pampeana siempre fue excedentaria para la escasa población que la habitaba y con lógica económica orientó su producción hacia el exterior. Desde la exportación de mulas para Potosí y Sorocaba hasta la soja para Shangai los gestores del agronegocio pampeano tuvieron un ojo en el origen y otro en el destino de lo que producían; pero no posicionaron nunca sus pies como constructores indispensables para una sociedad igualitaria en derechos e inclusiva en la diversidad. Más bien estaban atentos a “lo que sucede afuera”, el exterior; se habían referenciado al principio en España, luego miraban a “La Francia” mientras el país estaba atenazado a los intereses del Reino Unido de Gran bretaña e Irlanda; con el tiempo pasaron a referenciarse con Estados Unidos en una alienación alucinada, desconociendo y hasta despreciando a la sociedad nacional. No les interesó construir un país, les alcanzaba con un territorio para negocios, con un modelo de sociedad “Plan de negocios… para pocos”. Sencillamente actuaban (y actúan) corporativamente, defendiendo sus privilegios sectoriales como porteñistas que fueron, son y serán. Argentina es el único país en el que los privilegiados se quejan de sus privilegios.

La enorme riqueza acumulada en un par de generaciones produjo otro mito: “Argentina es una sociedad agropecuaria”, como algún retrosoñador de aquel granero del mundo preferiría. Si fuera el caso de colocar como preponderante la actividad “del campo” debería designarse como país “rural”, ya que este término indica el universo de la ruralidad, incluyendo a “la gente”, en contrario de “agropecuario” que remite solo a los productos que se obtienen, al negocio. En realidad, si se pretendiera caracterizar a la Argentina en cuanto a su forma de poblamiento debería designarse como una sociedad urbana-rural, porque tan temprano como en 1913 fue el primer país latinoamericano en superar el 50% de población urbana. La deforme concentración poblacional en grandes ciudades fue, en gran parte, consecuencia de la pésima distribución de la tierra (y su consecuencia: una descomunal desigualdad de ingresos); sin embargo, los porteñistas continúan utilizando el mito “todos somos el campo”, obvio que en beneficio propio.

En algunos ambientes agropecuarios existe otro mito, el de la eficiencia productiva de los productores pampeanos. Lamentablemente los datos disponibles no dejan lugar a dudas, nunca se produjo con eficiencia. Con la dotación de recursos disponibles el agro pampeano ha estado siempre alejado de los resultados potenciales de la actividad. Cuando se la analiza “hasta el hueso” surge una visión diferente de la supuesta eficiencia y aparecen brechas de productividad enormes. Veamos un ejemplo: la limitante definitoria de la actividad agropecuaria pampeana es la disponibilidad de agua de lluvia (porque la lluvia en la pampa es estacional, variable y hasta errática); necesariamente la eficiencia productiva debe medirse en eficiencia de transformación de la unidad de lluvia recibida a kg de producto obtenido, sea de grano, sea de proteína vegetal o animal, sea de proteína + aceite. Por ejemplo, en la Región Pampeana Norte es posible obtener eficiencias promedio de 30 años de más de 13 kg de grano por mm llovido, cuando los promedios regionales no alcanzan a 8 kg de grano por mm llovido y el monocultivo de soja alcanza a 4,5 kg grano/mm. La brecha entre unidades de producción vecinas no puede asignarse a diferencias por cuestiones climáticas ni edáficas, sino que se deben a las diferentes habilidades y empeños de sus actores. Las reales ineficiencias del agro pampeano están veladas, ocultas por desconocimiento o por otras excusas (el agro argentino siempre encuentra culpables para justificar sus defecciones).

Se asume que la Argentina “fue colonizada”, significando la entrega del territorio a unidades de propiedad para su puesta en producción por un grupo familiar. Esto ocurrió en zonas restringidas dentro de las varias subregiones pampeanas. El proyecto colonizador propuesto por Alberdi y Sarmiento se inició en tiempos de la Confederación Argentina (1852-1861) en el centro de Santa Fe y en el sur y centro entrerrianos. Luego del triunfo de Buenos Aires en la extraña batalla de Pavón (17 de septiembre de 1861) la colonización pierde ímpetu y terminará diluyéndose en la primera década del siglo XX. La Región Pampeana al norte del paralelo 34°S tuvo la mayor proporción de tierras entregadas en colonización alcanzando al 40% del territorio; en la Región Pampeana al sur del paralelo 34°S la colonización no llegó al 20% del territorio: categóricamente, la pampa argentina no fue colonizada en su conjunto. Hubo zonas donde predominaron chacras con estancias aisladas, pero mayormente fueron zonas de estancias con islotes de colonias de chacras; en consecuencia, debe revisarse lo de afirmar que el campo pampeano “fue colonizado”. La Ley de Inmigración y Colonización N.º 817, sancionada durante la presidencia de Nicolás Avellaneda en 1876, promocionó la inmigración otorgando facilidades a quienes eligieran la Argentina como destino vital, logrando la llegada de millones de inmigrantes; sin embargo, considerando la totalidad de la Región Pampeana, se fracasó en la colonización, en el establecimiento de unidades familiares de producción sencillamente porque la tierra ya estaba apropiada y no fue puesta a disposición de los colonos chacareros.

Los prejuicios del campo pampeano

El término Agricultura engloba las actividades productivas de cultivar plantas y criar animales. La separación entre “agricultura” y “ganadería” es un prejuicio rioplatense desde tiempos virreinales (en los que la agricultura como producción vegetal era realizada por esclavos). El término agricultura alcanza para designar la totalidad de las actividades rurales; separarlas es otro prejuicio argentino, funcional a la excluyente clase terrateniente y propiamente ganadera que las separaba por cuestiones prácticas y de jerarquía social.

El agro negocio pampeano rinde culto a “la rentabilidad”. Esta diosa atea, establecida como prejuicio, ha sido el objetivo casi exclusivo de la actividad. La rentabilidad del agronegocio se fundamenta en “el cociente maldito”: el cociente entre ingresos en efectivo y egresos en efectivo, sin considerar costos ocultos ni externalidades. Esta rentabilidad corta o falsa ha determinado las formas que fue tomando el agro negocio a lo largo del tiempo; orientándose exclusivamente a “lo más rentable” y ha tenido “forma” de mulas, cueros, tasajo, lana de oveja, novillo gordo, trigo, maíz y en las últimas décadas, soja. Cuando los hábitos rentísticos de la elite dirigente pampeana se cruzaron con las facilidades productivas de la llanura pampeana se produjo otra exclusividad del agro pampeano: en vez de aumentar el numerador de la ecuación por mayor producción y productividad, que a su vez exigía mayor gasto e inversión, se naturalizó la costumbre de achicar hasta anular el denominador: producir sin gastar ni invertir. Y esta forma de rentabilidad corta se infiltró en toda la sociedad siendo uno de los orígenes de la crónica inflación cultural que soporta la sociedad argentina. Sencillamente, ganar “lo que salga” pero gastando poco o mejor nada, sin agregar valor, en línea con la cultura de los “mercaderes monopolistas” que denunciaba Manuel Belgrano (los mercaderes monopolistas fueron el núcleo original de los que llegarían a ser los terratenientes pampeanos, los “patrones de estancia”, estancia que sería la Argentina, los “porteñistas” como los llamaba José Artigas).

Finalmente, el prejuicio más reciente: para algunos, en general alejados de la actividad agrícola, “la soja es el peor protagonista del agronegocio pampeano”, la soja es una planta “mala”. Para otros, participantes de la actividad, “la soja es un cultivo milagroso”. Ambos prejuicios están peligrosamente equivocados. Ni una cosa ni otra.

La soja es una planta de la familia botánica Leguminosa, las plantas que tanto impacto han tenido para la supervivencia de la especie humana sobre el planeta. Poseen un mecanismo biológico, la Fijación Biológica de nitrógeno (FBN), por el que, asociándose con bacterias del suelo específicas para soja, les permite tomar indirectamente nitrógeno del aire y prosperar en suelos donde la baja dotación natural de nitrógeno limita la productividad de otros cultivos como maíz y trigo (que en 1970 era la situación del centro-sur de Santa Fe). Además, puede extraer fósforo del suelo de forma más agresiva que otros cultivos: prospera donde otras plantas no (en el centro-sur de Santa Fe la progresiva disminución de fósforo disponible en el suelo limitaba la productividad de otros cultivos). La soja se difundió instalando el itinerario técnico usual del centro-oeste estadounidense, que presenta similitudes con el núcleo pampeano. Al introducirse al gran cultivo, ese itinerario permitió controlar eficientemente malezas imposibles de controlar con otros cultivos. Los chacareros del sur de Santa Fe, recargados de herramientas y habilidosísimos para sobrevivir con poca tierra, estaban muy bien preparados para aprovechar el nuevo cultivo barato y rentable. El grano de soja, único del mundo con “doble contenido”, con hasta 60% de Valor ProFat (proteína más aceite), tenía y tiene sostenida demanda y alto precio. La soja es “un yuyo mágico”, increíblemente eficiente, que puede producir 1 kg de proteína vegetal junto con medio kg de aceite en poco más de 6 m2 de tierra (para producir 1 kg de proteína de carne vacuna se necesitan unos 200 m2). He ahí su magia.

Veamos por qué la soja encajó en el ámbito pampeano. Las chacras del centro-sur santafesino, agotadas por el cuasi monocultivo maicero entre 1911 y 1970, que continuó al monocultivo triguero de 1870 a 1910, tenían problemas técnico-productivos gravísimos: pérdida de fertilidad nitrogenada, que impedía alcanzar dignos rendimientos en gramíneas como maíz y trigo; invasión de una maleza terrible, el sorgo de Alepo, que exigía labranzas en verano impidiendo cultivos y la disminución de fósforo disponible en el suelo que impedía implantar alfalfa para recuperar la fertilidad nitrogenada. No era cuestión de invertir en máquinas y tractores y cosechadoras, o tomar créditos, o rogar al Dios particular de cada quién; los cultivos “no producían” rendimientos suficientes. Era un horizonte muy obscuro para la región. Ahí “apareció” la soja.

La soja como cultivo pampeano nació el 6 de agosto de 1971, en la primera gran Jornada Técnica sobre soja para chacareros, organizada por el ingeniero agrónomo Enrique Roquero, jefe de la Agencia INTA de Casilda, sur de Santa Fe. Hubo 4 intentos anteriores de instalar su cultivo en el agro nacional, más la gestación final del fenómeno ocurrió desde 1958 hasta la fecha de su “parto” en 1971. Que fue la culminación de un proyecto público-privado coordinado por la empresa Agrosoja dirigida por el ingeniero agrónomo Ramón Agrasar (la empresa feneció antes del parto). Agrosoja, empresa subsidiaria de Laboratorios Brandt, promocionaba el cultivo porque intentaba proveerse de lecitina de soja como sustrato para el suministro de vitaminas a los soldados conscriptos que tanto las necesitaban (presentaban carencias nutricionales). En 1973, durante el gobierno del FREJULI, gestión económica de José Ber Gelbard, el secretario de Agricultura, ingeniero agrónomo Horacio Giberti y el subsecretario de Agricultura, ingeniero agrónomo Armando Palau fueron los gestores del impulso estatal final a la promoción del cultivo con la importación de semilla de soja. La soja encajó perfectamente en el agronegocio pampeano. Y fue la que lo levantó del hundimiento en el que estaba desde la Crisis de 1929. La soja es la disparadora del renacer agropecuario pampeano.

Entonces asignar un carácter maléfico al cultivo es un error motivado por el desconocimiento; si el agronegocio pampeano (y también el de la llanura chaqueña) opta por sembrarla aún en condiciones de monocultivo no se debe asignar ese carácter maléfico a “la soja” sino al sector que la prefiere porque, básicamente, es más rentable que otros cultivos al requerir menos gastos, en particular su no requerimiento de fertilizantes nitrogenados. La supuesta extrema sojización del agro pampeano se revertirá o no, según sea la rentabilidad comparada entre los cultivos factibles. Además, el monocultivo reiterado estimuló mayor presión de malezas requiriendo la utilización de herbicidas específicos más caros y más fertilización, y estos cambios “emparejan” la renta de la soja con otros cultivos como maíz resultando entonces que el tan mentado monocultivo sojero se difumina. Más temprano o más tarde, la naturaleza empareja lo que se pretende hacer con ella.

Muchos actores del agronegocio vieron en la soja la aparición “milagrosa” de una alternativa adaptable a diferentes ambientes, con alta seguridad de cosecha y facilidades técnicas alcanzables con poca experiencia, pero con sobre todo altísima rentabilidad frente a los otros cultivos de verano. Y justamente estas características del cultivo los indujo a suponer que realmente soja es un cultivo milagroso o un “yuyo mágico” porque así es como se manejaba el agro pampeano, sin lograr asociar causas con efectos, como que el cultivo daba todo sin pedir nada, produciendo grano mágicamente. Y se incorporó el nuevo cultivo utilizando el sistema de explotación agropecuaria que tanto daña al suelo y al ambiente. La soja no es dañina, el sistema utilizado para cultivarla es el que daña.

Realidad 1. El campo pampeano antes de 1974

La construcción del paisaje físico y humano del campo pampeano fue extremadamente rápida. Entre 1870 y 1910 se edificó una nueva cultura, producto del mestizaje entre la de los colonos inmigrantes y los viejos ocupantes criollos. “El progreso”, como se entendía, consistió en la puesta en producción del territorio pampeano mediante su reocupación con personal aplicado al cultivo de trigo y la instalación de obras de infraestructura para su comercialización y transporte hacia puertos de exportación. El Estado Nacional tomó la posta de las iniciativas originalmente santafesinas y entrerrianas ordenando el territorio en cuanto a títulos de propiedad, poblaciones, ferrocarriles, instalaciones de acopio y portuarias, siempre respondiendo a las modalidades productivas y comerciales al servicio de la exportación. La instalación del proyecto de reocupación determinó organizar el espacio en unidades productivas de acuerdo a la disponibilidad de “brazos” según el sistema y el modelo que se impuso, aportando a esta unidad productiva de una serie de “equipamientos” para que funcionara: estación de ferrocarril con galpones de acopio, comercios de provisiones y la presencia física de las instituciones estatales: plaza, comuna, registro civil, comisaria y escuela. El núcleo cultural fundamental de la reocupación fue la escuela, que cumplía con la necesidad de alfabetizar y la de homogeneizar culturalmente a la población tanto como aportar al intercambio social comunitario de los pobladores.

Según Alejandro Bunge, el agro pampeano alcanzó su máximo “esplendor” en 1913, con un máximo crecimiento anual de 8% cuando se alcanzó la máxima superficie de trigo con las técnicas usuales de fines del siglo XIX (labranza y quema de rastrojos). A partir de ese año el crecimiento progresivo comenzó a disminuir y terminó siendo negativo (decrecimiento) en 1930. La ficticia euforia del Centenario, aquella del granero del mundo, se fue difuminando. Pasarían muchos años para que el “campo argentino” (en realidad el campo pampeano) tuviera su renacimiento. La elite terrateniente argentina flotaba cómoda sobre la fertilidad natural del suelo pampeano y el sudor de los colonos chacareros y peones criollos. James Scobie, en su notable libro “Revolución en las pampas. Historia social del trigo argentino, 1860-1910” de 1968, explicita con certeza que “la Nación Argentina es indiferente a la situación del campo y de los chacareros” y que recibe a la riqueza que “el cultivo de trigo había dado al país de la misma manera como se había recibido el ganado salvaje o el rico suelo: como un factor de la economía que no necesitaba ni merecía atención”. En 1910 más del 80% del trigo era producido por chacareros que no eran propietarios; los alquileres que se pagaban comenzaron en un 15% de lo producido en 1870 llegando hasta un extremo de 54% en 1912.

            La crisis del campo 1930 – 1970 provocó una profunda caída en las condiciones económicas de los chacareros, que habían mejorado luego de la Gran Huelga del Grito de Alcorta, en 1912. Las pequeñas unidades de producción pampeanas adoptaron el sistema de “Chacra Mixta”, consistente en lograr una estricta producción de autoconsumo, con algunos productos de venta externa para mantener la viabilidad económica de la unidad de propiedad/producción. En esos tiempos las estancias de la pampa practicaban una producción “mixta”: entregaban lotes a colonos arrendatarios para que cultivaran trigo (y luego maíz) por un corto período de 4 a 6 campañas y luego producían vacunos para carne sobre las pasturas de alfalfa implantadas en el último año del ciclo granario. La Chacra Mixta realizada por los chacareros copiaba en pequeña escala el sistema utilizado por las estancias pampeanas, incorporando la crianza de vacunos en ciclo completo (cría, recría y engorde) alimentados sobre pasturas de alfalfa que recuperaban la fertilidad nitrogenada de los lotes esquilmados por el cultivo de maíz y de trigo. Al mercado se vendían vacunos y granos de trigo y maíz (de allí el nombre, “mixta” por combinación de producción animal con granos). La recuperación de fertilidad en la etapa alfalfa con vacunos permitía luego de unos años, volver a cultivar maíz y trigo con mejor desempeño que el que se obtenían en los largos años de monocultivo triguero (1880 – 1910) y maicero (1911 – 1970). Casi todos los productos de alimentación se producían en la chacra: hortícolas, cerdo, aves y lácteos. La fuerza de tracción para las labores era provista por yeguarizos mantenidos en lotes de pasturas cercanas a la vivienda. La “Chacra Mixta” fue la alternativa que encontraron los chacareros para sobrevivir como unidad productiva familiar. Los profundos cambios ocurridos en la sociedad argentina entre 1930 y 1974 se ponen de manifiesto con la disminución de la participación de las actividades agropecuarias en el Producto Bruto Interno; de un 45% en 1930 se redujo a 17% en 1970; definitivamente Argentina se iba alejando de ser un país agropecuario y las actividades industriales crecían hasta superar el valor de las agropecuarias en 1943. Se iniciaba un incierto camino hacia el desarrollo.

                La uniformidad productiva inicial del campo pampeano, que producía trigo y maíz en las colonias de toda la región, (y estos granos más terneros y novillos en las estancias), fue cambiando orientando la actividad hacia aquellas que abastecían el mercado interno. Mercado interno urbano y creciente. El centro de Santa Fe y el este de Córdoba, donde se había iniciado la producción triguera en gran escala, se orientaron hacia la producción láctea; parte del centro sur santafesino y sudeste cordobés, con chacras demasiado pequeñas para la producción vacuna de ciclo completo, se orientaron hacia la chacra mixta con porcinos, en las que el maíz de producción propia se utilizaba para alimentación de cerdos en ciclo completo. Donde no se logró una adecuación hacia el mercado interno la crisis se profundizó en el mundo chacarero.

La Crisis de 1930 impactó violentamente sobre la sociedad rural que se había ido construyendo desde la “Organización Nacional”. Paralizó el mundo chacarero y las estancias disminuyeron su crecimiento, pero al disponer de mayores recursos continuaron evolucionando a menor ritmo.  Los chacareros empobrecidos (con hijos migrados a las grandes ciudades del litoral y a la ciudad de Córdoba a trabajar en la creciente y diversa industria nacional), fueron adaptándose para suministrar productos a la sociedad urbana nacional en expansión y desde 1960 para abastecer la creciente demanda europea de productos agro (demanda creciente debida a políticas públicas destinadas a abastecer el Estado de Bienestar, particularmente la de suministrar carnes rojas a la población de los países de Europa del norte).

En el norte y centro del sur de Santa Fe, el modelo Chacra Mixta fue cambiando mientras que el enorme sur de la provincia, zona de estancias, se mantuvo con la liviana intensidad de cultivar maíz rotando con pasturas para vacunos. Cuando la bonanza europea de post guerra se consolidó, la Chacra Mixta modificó la etapa ganadera vacuna, dejó de ser de ciclo completo (cría, recría y engorde) y pasó a ser exclusivamente de engorde, utilizando terneros, novillitos y novillos producidos en los tambos del centro de Santa Fe, ya que estos animales respondían al tipo magro exigido por Europa, diferente al pequeño novillo exigido por los británicos. Muchas chacras del oeste y del sur de Santa Fe se especializaron en la producción porcina, transformándose en la principal zona de producción de chacinados del país. A su vez, sobre las pasturas base alfalfa se desarrolló una intensa actividad apícola que llevó a Casilda a transformarse en capital santafesina de la miel.

La metalmecánica destino agro se diversificó para responder a la nueva demanda del sector primario que requería equipamiento específico, apoyada en Políticas de Estado, desde la promoción industrial mediante créditos subsidiados hasta la producción de acero nacional como principal insumo de la industria. Gran parte de estas innovaciones destinadas al agro estaban comprendidas en los Planes Quinquenales de los primeros gobiernos peronistas; por ejemplo, la gestación de un ente coordinador de la investigación agrícola nacional, germen de lo que sería el INTA unos años más adelante. Imperceptiblemente, el campo pampeano concentraba energía para lo que vendría. Este fue “el campo” en el que apareció el “yuyo mágico”.

Un aspecto frecuentemente ocultado en los análisis del campo pampeano fue la Política de Estado “la tierra para quién la trabaja”, que logró que más de 50.000 arrendatarios accedieran a la propiedad de la tierra que alquilaban, además de un número considerable de medidas legales que los favorecieron, como el congelamiento de arrendamientos y el freno a los desalojos. Antes de esta Política de Estado, en 1944, el peronismo incipiente, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, produjo la primera ley para los peones rurales en Argentina, que fue el Estatuto del Peón Rural. Los análisis desde “lo empresarial” pasan por alto estas medidas tomadas por un gobierno popular, por primera vez en América Latina.

Esto ocurrió durante el primer gobierno Peronista (1946-1952). Fue sencillamente una Reforma Agraria silenciosa. En el departamento Caseros, provincia de Santa Fe, los fondos otorgados por el Banco Hipotecario Nacional gestionados desde la sucursal Casilda del Banco de la Nación Argentina permitieron que 527 arrendatarios pasaran a propietarios. En términos porcentuales significó que de 35% de productores propietarios se alcanzara al 50% de propietarios. Quizás no fue una Reforma Agraria masiva; pero se le parece.

Realidad 2. El campo pampeano 1974 – 2024

En los 50 años transcurridos entre 1974 y 2024 el agro argentino produjo un hecho impresionante respecto a su entera historia: multiplicó seis veces su producción granaria, luego de haberse detenido durante 40 años, entre 1930 y 1970. Además, este crecimiento se logró sin resignar producción de otras actividades agrarias que también crecieron.

La producción argentina de granos pasó de unos 25 millones de toneladas anuales a 150 millones (Tabla 1). Una tasa de crecimiento anual enorme y constante cercana al 4%; un valor altísimo muy difícil de mantener por un tiempo tan prologado. En el mismo período la agricultura mundial creció al 2,9% anual, ya post Revolución Verde y la producción de granos en Brasil creció al 4,52% anual (en el caso mundial ocurrió exclusivamente por incremento de productividad por unidad de superficie mientras que en el de nuestros hermanos por incremento de productividad sobre la más explosiva expansión de área bajo cultivo del siglo XX, en la región del Cerrado). Para valorar el proceso 1974-2024 vale comparar su crecimiento con la tasa de crecimiento de la producción de granos y carnes argentinas en el período 1880 – 1908 que fue del 5,3% anual (el período de mayor crecimiento económico anual del país, aquel del supuesto “granero del mundo”, resultado exclusivo de la expansión de área de cultivo de trigo).

Los indicadores elegidos demuestran consistentemente que los cambios ocurridos entre 1974 y 2024 han sido enormes y vertiginosos. El crecimiento de la producción agropecuaria ha sido formidable. E indudablemente disparado a partir de “la soja”. En cuanto a los granos el incremento de producción tuvo dos orígenes: se multiplicó 2, 5 veces el área de siembra, destinando a granos lotes que estaban en producción vacuna y se aumentó la productividad 2,35 veces por ha debido a la intensificación productiva por a mayor aplicación de insumos, mayor inversión en equipamiento, y gestión más efectiva y eficiente (gestión significa básicamente más dedicación y capacitación, es decir: más trabajo). La intensificación también ocurrió en las actividades ganaderas. Se multiplicó un 50% la producción de carne vacuna, con el mismo número de cabezas sobre menor superficie, logrado por mejoría en la gestión ganadera como por mayor nivel de insumos con mayor gasto e inversión (cambiando el sistema de engorde pastoril a engorde a corral).  La producción de carne de cerdo aumentó 3 veces y la de pollo tuvo un aumento de 24 veces (Argentina es uno de los países con mayor consumo de carne de pollo y huevos de América Latina; productos que han ido reemplazando la carne vacuna, de mayor precio). Todas las producciones rurales aumentaron su volumen por arriba del crecimiento demográfico nacional. La producción de granos se intensificó y la producción cárnica (vacuna, porcina y aviar) cambió radicalmente, de sistemas extensivos se pasó a sistemas intensivos con alimentación de balanceados y equipamientos específicos. Lo mismo ocurrió con la producción láctea. Las economías regionales de productos agro también experimentaron aumentos por arriba del crecimiento demográfico.

Aquel prejuicio tan arraigado, gestado por la oligarquía terrateniente, aquello de “ganar poco, pero gastar nada” por la búsqueda de renta mediante el cociente maldito, comenzó a abandonarse, se comenzó a invertir más y gastar más, y el agro argentino comenzó a operar como el resto de la agricultura planetaria;,  aunque aún existen sectores refractarios a cambiar sus hábitos rentísticos (que incluye la histórica reticencia a pagar impuestos).

En los 50 años considerados el agro nacional significó entre el 18 y el 24% del PBI, generando alrededor del 19% de la totalidad de empleos, considerando directos e indirectos y obtenía más de la mitad de los recursos externos (la soja “entrega” ella sola la cuarta parte de las divisas que ingresan a Argentina).

También hubo un cambio en el número y tamaño de las unidades de producción de todas las regiones del país.  Disminuyó su número y aumentó su tamaño, fenómeno conocido como concentración de tierras (Tabla 2). Esta disminución fue dramática para las pequeñas unidades que cayeron casi un 70% en número y a la mitad en superficie. Muchísimas pequeñas unidades en zonas agrícolas pampeanas fueron tomadas en alquiler por los “contratistas” y crecieron en tamaño las “unidades de producción”. Alrededor de 60.000 productores siembran soja; el 10% de ellos ocupan el 60% de la superficie total de siembra del cultivo; los que siembran más de 400 ha explican el 64% de la superficie; los 20 grupos empresariales más grandes sembraron 2,43 millones de ha en la campaña 2024/25. Tradicionalmente la información utilizada en el análisis de la actividad rural es referida a una unidad de propiedad designada “explotación agropecuaria” (certera o errónea elección del término según se mire) y así se informa en los Censos Nacionales Agropecuarios. En realidad, deberían informarse como unidades de propiedad. El análisis de la actividad exige considerar otra categoría, la unidad de producción, que es una construcción económica funcional diferente de la unidad de propiedad. La Unidad de Producción es la categoría que crece en tamaño, mayormente por absorción funcional de unidades de propiedad por alquiler, sin adquirirlas. Al alcanzar mayor escala de tamaño se optimiza el uso de todos los recursos, como maquinaria agrícola, instalaciones y personal, disminuyendo los costos por unidad de producto y logrando mejores precios de insumos y superiores condiciones de crédito y comercialización (situación que les permite aumentar el valor de alquiler que ofrecen). Las mayores unidades de producción pudieron adquirir tierras; las pequeñas unidades de propiedad o de producción fueron quedando rezagadas vendiendo tierras u ofreciéndolas en alquiler, derrumbando la demanda de mano de obra rural. En 2024 se calcula que para el funcionamiento productivo de la Región Pampeana se requiere una cuarta parte de los trabajadores que se desempeñaban en 1974 debido a que se triplicó la productividad por trabajador empleado (la productividad ha/hombre en 1979 era de 42:1; subió a 127:1 en 2007 y continúa aumentando).

La gestión concreta de la actividad productiva para granos, que para 1974 era realizada en un 65% por los propietarios y en un 35% por contratistas y arrendatarios, se invirtió en 2024, pasó a ser realizada en más del 75% de la superficie por no-propietarios, conocidos usualmente como “contratistas”. Fueron estos contratistas los que iniciaron la intensificación productiva. Tenían avidez de tierras para sembrar soja. No conocían las desatinadas calificaciones de “zonas marginales” (o no las consideraban), llevaron las innovaciones con prepotencia productiva y revalorizaron las tierras. Casi todos ellos originalmente pequeños chacareros del centro sur de Santa Fe y sudeste de Córdoba, recargados de maquinaria agrícola, con enorme capacitación mecánica y con una disposición desmesurada por tomar tierra para sembrar (de nuevo: ímpetu productivo, no especulación). Los contratistas agrícolas han sido enormes generadores de riqueza nacional en el último medio siglo.

Es evidente que los analistas “del campo”, que hacían un análisis crítico honesto del estado del sector a fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, acertaban que el “Gran Campo argentino” no producía lo que podía y debía. Cincuenta años más tarde es indiscutible que tenían razón. La intensificación ocurrió. Muy pocos vieron que vendría impulsada por un nuevo cultivo, la soja. La soja disparó el renacimiento al introducir masivamente innovaciones tecnológicas y esta fue la más importante novedad introducida en el campo argentino: ciencia y técnicas aplicadas a la producción (la técnica proviene de la experiencia; la tecnología de la ciencia). Ocurrió una revolución tecnológica en el campo argentino, que continua y se acelera, pero que falla justamente en la relación con el recurso básico, el suelo, porque se continúa aplicando la explotación agropecuaria como sistema (aunque debe explicitarse que la tendencia a cambiarlo por Agricultura de Conservación crece año a año).

En el período 1974 a 2024 el agro pampeano no ha soportado ninguna crisis crónica, más bien se desenvolvió en una constante expansión y sus resultados físicos son tan impresionantes como alentadores, reconociendo que su potencial productivo todavía no ha sido alcanzado. El resultado final debe ser acompañado con la explicitación de otras dos características específicas, una: la Región Pampeana en su conjunto (y son casi 60 millones de ha) es la región del mundo donde mayor proporción de tierras es “trabajada” (sembrada, cultivada y cosechada) por sujetos que no son dueños de esas tierras, y dos:  se paga un alquiler en especie altísimo, de hasta la mitad de la producción estimada. Los contratistas son los que cultivan el 75% de la tierra asignada a granos (cultivan porque siembran, protegen y cosechan). El costo mayor de la producción granaria argentina es el alquiler de la tierra. Es notable que los nietos y bisnietos de muchos de los chacareros arrendatarios que produjeron la significativa huelga agraria de 1912 (el Grito de Alcorta), hoy ofrecen voluntariamente valores de alquiler superiores a los que originaron el levantamiento de aquellos colonos.

Durante estos 50 años analizados casi todos los actores del agronegocio pampeano denunciaron políticas adversas hacia “el campo” de los gobiernos nacionales y provinciales e informan situaciones generales de quebranto y descapitalización (que las hubo, pero que fueron superadas por las políticas económicas de los gobiernos nacional-populares). Los aspectos superficie alquilada y valor del alquiler provocan dos preguntas: si con retenciones (que llegaron hasta el 33% del precio de venta del grano de soja) se incrementó la producción aun pagando un alquiler de hasta la mitad de lo que se espera obtener en 6 meses y, sin embargo, la expansión del agronegocio no se detiene, crece y crece ¿cómo se entiende? ¿cuál es el secreto? y ¿quién paga la cuenta de semejante crecimiento?

Realidad 3. La sociedad argentina 1974 – 2024

En conjunto, las actividades industriales del país no acompañaron el crecimiento del agro y el PBI per cápita se mantuvo casi idéntico en todo el período 1974-2024 ya que las actividades económicas no-agro enfrentaron ciclos de arranque y retroceso, con un franco decaimiento relativo de las actividades industriales que habían caracterizado a Argentina dentro de América Latina, debido al abandono suicida de políticas de industrialización y el retorno a la primarización de la economía a partir del Golpe de Estado de 1976. La esforzada construcción socio-económica aproximada al “Estado de Bienestar” del período 1945 – 1976, alcanzando niveles de calidad de vida semejantes a los países europeos de ingresos medios, fue destruyéndose gradualmente por las políticas neoliberales que alternaron con recuperaciones por gobiernos nacional-populares.

En el período 1974 – 2024 la población argentina casi se duplicó, pobreza e indigencia se multiplicaron por 10, el desempleo por 3 y el empleo en negro se duplicó, los sectores medios se achicaron a menos de la mitad, la deuda externa se multiplicó por 10 y la deuda externa por habitante se multiplicó por 53 (Tabla 3). La oposición de los grupos concentrados de la economía y la deuda externa ilegítima e ilegal (justamente tomada por empleados de esos grupos) se transformaron en los mayores impedimentos para ejecutar una Política de Estado tendiente al Desarrollo Nacional con eficiencia productiva, equidad social y equilibrio ambiental (que son los tres ejes del Desarrollo Sostenible). La deuda del gobierno nacional es la principal causante de la continua crisis financiera nacional (que incluye la constante inflación de precios); le sigue el continuo retiro de fondos de la economía nacional por fuga de capitales.

La Argentina continúa produciendo bienes y servicios suficientes para alcanzar una calidad de vida satisfactoria para toda su población, sin embargo, falla groseramente en su distribución. Y un aspecto determinante de esa falla no es solo la apropiación inequitativa de sus recursos, sino el retiro constante de recursos financieros de la sociedad nacional. No es posible disponer de datos certeros respecto a la fuga de capitales y de los depósitos de argentinos en el exterior debido al ocultamiento sistemático (mecanismo tanto personal como institucional) de esos datos, pero se calcula que pueden alcanzar hasta a un PBI anual (unos u$s 600.000 millones y que significan u$s 13000 de depósitos externos por habitante, valor de los más altos del mundo). Los cálculos de diversas fuentes muestran que de la Argentina se fugaron en el período 2002 – 2023, entre 260 y 370 mil millones de dólares (a valores constantes de 2023) realizado por aproximadamente 15000 personas. Y así como se extraen recursos de la sociedad para “bombearlos” afuera, lo mismo ocurre con los suelos: se extraen y exportan minerales que no se reponen. Más temprano que tarde la naturaleza dirá basta. Se esperanza que la sociedad también dirá basta a la exportación clandestina de dinero.

Ocurrió como que dos países compartían territorio, pero siguieron caminos divergentes en generación y acumulación de riqueza, en contrario a lo que se llama Equidad Social, uno de los pilares del Desarrollo Sostenible. Dicho en sencillo: una Argentina crece, otra retrocede, el resultado total es crecimiento sin desarrollo e injusta y desproporcionada concentración de la riqueza. Pero en la Argentina “ganadora” está ocurriendo una crisis silenciosa bajo sus pies.

Realidad 4. El renacer del campo pampeano

Para muchos analistas la explosión productiva del campo pampeano se debió a la aplicación de tres categorías de innovaciones: semillas, agroquímicos y fertilizantes. Sin embargo, en su comienzo, este renacer tuvo otro origen: comenzó por un cultivo que no requería semillas particularmente “innovadas”, necesitaba solo un herbicida y un insecticida y no requería fertilizante alguno. Lo que comenzó el renacimiento pampeano fue la intensificación originada por la aparición de “la soja”, cultivo simple y barato que otorgaba una renta muchísimo mayor que los otros factibles de cultivarse, pero que exigía trabajar más intelectualmente (aunque para nada deslomarse trabajando, como se autoasignan los actuales funcionarios porteñistas). Intensificación implica mayor dedicación, mayor precisión en el trabajo, así de sencillo.

Los autores iniciales del renacimiento del agro fueron quienes realmente “trabajan en el campo”, aquellos establecidos en territorio. A saber: pequeños chacareros propietarios, contratistas rurales e ingenieros agrónomos apoyados por el movimiento cooperativo agrario y el INTA. Indiscutiblemente el renacimiento del campo argentino está categóricamente asociado al cultivo de soja. La financiarización de la economía nacional a partir de 1976, provocó que lentamente al principio y luego como aluvión, llegaran al campo jugadores de otros orígenes con capital financiero, aliados a grandes propietarios que instalaron una modalidad de contratismo rural de gran escala: el pool de siembra. Ya no era necesario que existieran pequeñas poblaciones rurales ni chacareros: aquellas son inviables y estos se alquilan.

Hay que diferenciar claramente entre habitantes del campo (los que lo trabajan) y hombres con campo (los que poseen títulos de propiedad de inmuebles rurales). Los habitantes del campo, de pueblitos, pueblos y ciudades, hombres y mujeres, invirtieron los recursos obtenidos devolviendo localmente lo que de él obtuvieron, dinamizando las comunidades donde ejercían su trabajo. Luego, otra larga lista de actores se subió al fenómeno sin asumir los riesgos de aquellos pioneros, aceleraron la aplicación de recursos financieros y técnicos y dispararon una revolución agrícola de la que no se avizora decaimiento. Estos “jugadores de segundo tiempo” dirigieron los recursos obtenidos en “el campo” hacia otros destinos, lejos del lugar donde se originaron, en otras actividades, incluyendo su fuga de la economía nacional.

El formidable crecimiento productivo del agronegocio pampeano ocurrió por la concurrencia de factores internos y externos en simultáneo. El primero a considerar de los internos fue la aparición del cultivo de soja que propició una alternativa para la que los pequeños chacareros estaban preparados a tomar frente al agotamiento de los modelos productivos establecidos desde fines del siglo XIX; como dijimos, el campo pampeano acumulaba energía socio-productiva que se manifestaría de alguna forma y resultó en el cultivo de soja. Entre los externos fue la creciente demanda de proteínas vegetales, empujada por los logros de la política interna del Partido Comunista de China incorporando millones de personas al consumo de alimentos animales (que requerían de proteína vegetal para su alimentación). Juan Domingo Perón “leyendo” hacia donde se dirigía el comercio mundial de commodities agrícolas, insistía en que Argentina debía posicionarse para abastecer esa demanda e indicaba al cultivo de soja como alternativa; Perón le decía “soya” (lo irremplazable de la soja es la proteína de la harina contenida en su grano, que se utiliza como ingrediente de alimentos balanceados para la totalidad de las cadenas productivas animales: vacunos, cerdos, aves, piscifactorías, lechería; el aceite de soja mejor que se utilice para biodiesel).

Repetimos que sucedió: el cultivo de soja apareció con un paquete de innovaciones técnicas que ofrecían adaptabilidad del cultivo a distintos ambientes, con alta seguridad de cosecha en todos ellos y con facilidad de manejo y cosecha del cultivo más un factor humano dispuesto a tomar el riesgo con empecinamiento para encarar un cultivo barato y de alto precio que superaba y por mucho, la renta de otros cultivos. Estos aspectos empujaron hacia arriba el área de siembra y la producción del cultivo; y despertaron al gigante dormido.

Los intentos de modernización del agro pampeano fueron numerosos. Las causas de los largos años del decaimiento fueron interpretadas de diversas formas, y los intentos de revertirlo chocaron con una cristalizada realidad que era refractaria a los cambios necesarios para lograr aquel objetivo. Entre ellos aceptar que ciencia y técnica podían contribuir a la producción. En todos los casos se trató de impulsar una modernización en los términos que Darcy Ribeiro describe como modernización refleja o actualización histórica (no por aceleración evolutiva). El más importante fue el intento de aumentar la presión impositiva sobre los propietarios mediante el impuesto a la renta normal potencial de la tierra, en la gestión del secretario de Agricultura y Ganadería ingeniero agrónomo Horacio Giberti, durante la gestión de José Gelbard como ministro de Economía, en los años 1973-1974. Su objetivo era inducir a los propietarios a intensificar sus actividades exigiendo más gestión y más inversión, cuestiones que no “encajaban” en sus hábitos culturales rentísticos. El proyecto fue descartado por la administración de José Martínez de Hoz como ministro de Economía de la dictadura empresarial militar eclesiástica 1976-1983, apenas asumido (y algunos de los técnicos que participaban en el proyecto fueron desaparecidos).  

Además de las virtudes arriba informadas, el cultivo de soja “entró” en el agro pampeano porque exigía menores gastos que por ejemplo maíz (soja es una planta autógama, que se fecunda a sí misma y que permite utilizar indefinidamente sus granos como semilla; maíz exige comprar su cara semilla año tras año, se utiliza semilla híbrida) y este “ahorro” mejora la rentabilidad del cultivo (y constituye otro frente de conflicto en el sector, porque las empresas productoras de semilla de soja pretenden cobrar derechos anuales por una semilla que puede utilizarse reiteradamente). El objetivo “renta” del agro pampeano supone una particularidad notable comparada con todas las otras regiones del mundo donde se practican cultivos extensivos, en todas ellas los gastos directos se asumen como una condición normal para alcanzar la mejor productividad; en Argentina se disminuyen o directamente se anulan perdiendo productividad, pero ganando renta.

La búsqueda de modernización del agro pampeano, proyectada e inducida por el estado con nulos resultados, encontró su camino a través de un cultivo nuevo que ajustaba perfectamente con las condiciones objetivas del sector, con los hábitos de sus actores y con las necesidades de los empobrecidos chacareros. La modernización ocurrió manteniendo el sistema de explotación agropecuaria; cambió el modelo, pero se mantuvo el sistema.

La gestación del “fenómeno soja” requirió de largos años de prueba y error (1958-1971), ajustando el itinerario técnico importado de Estados Unidos a las condiciones locales del sur de Santa Fe y fue realizado por chacareros y técnicos pioneros que corrieron con los riesgos del nuevo cultivo del que todo estaba por descubrir. Los problemas técnicos iniciales fueron tomados y solucionados por técnicos de INTA y fueron difundidos por extensionistas apoyados por cooperativas agrarias y empresas locales. Finalmente, la ciencia y la técnica alcanzaron al corazón del campo pampeano, pero manteniendo la cultura explotadora del recurso suelo (y en ese recorrido, como era un cultivo desconocido, incorporaron a los ingenieros agrónomos como socios indispensables).

La difusión explosiva del cultivo de soja ocurrió en la campaña posterior a aquella primera Jornada Técnica de Casilda. Las diferencias entre las campañas 1971/72 y la 1972/73 lo demuestran: la provincia de Buenos Aires incrementó su superficie de siembra en un 225%, la de Santa Fe en un 170%, la de Córdoba en 150% y la totalidad de la Argentina pasó de 80.000 ha a 170.000 ha, con un incremento de 113%. La mayor expansión interanual en superficie absoluta y porcentaje ocurrió entre las campañas 1977/78 y la 1978/79: se pasó de 770.000 ha a 1.750.000 ha, con un incremento anual del 127%. Mucho más tarde, en 1996, cuando se aprobaron las variedades tolerantes a glifosato que permitieron la masificación de la siembra directa (que ya estaba instalada de hacía tiempo en el centro-sur de Santa Fe), se dio otro pico de expansión de incrementos porcentuales mucho menores, aunque significaron muchos miles de ha por año. En esta oportunidad “los ruidos por la soja” llegaron a Buenos Aires cuando el núcleo agrícola pampeano ya llevaba 25 años sembrándola, habiendo resuelto localmente los problemas que se presentaron con el nuevo cultivo. La actividad pionera fue el trampolín para la llegada de jugadores de segundo tiempo que no arriesgaron, sencillamente copiaron lo que hacían los pioneros y “la juntaron con pala”.

La agroindustria transformadora de productos agrarios primarios en bienes de consumo masivo acompañó al crecimiento de la sociedad urbana argentina; la industria metalmecánica asociada al campo (industrias de maquinarias agrícolas) acompañó las demandas del agro negocio pampeano enmarcadas en las políticas de industrialización de sustitución de importaciones desde mediados de la década de 1930, intensificándose exponencialmente a partir de 1943 para el suministro de equipos de labranza, siembra, cosecha y tracción. La industria metalmecánica para el agro surgió en las colonias, asentada en las capacidades intrínsecas del mundo chacarero; no se conoce un caso de que surgiera “algo” de equipos mecánicos para el campo en el mundo estancieril.

Realidad 5. El suelo (la tierrita) en el renacer del campo pampeano

La actividad rural se apoya en las capacidades del recurso suelo y del clima que “ocurre” arriba y de los actores que con ellos trabajan. El suelo es el segundo recurso nacional en amplitud e importancia luego de “la gente”. Suelo y gente son maltratados de igual forma. La discusión semántica entre suelo y tierra la tratamos en otro escrito. Analizaremos brevemente las realidades de estos los dos protagonistas fundamentales del campo pampeano enfocándonos en el departamento Caseros, centro-sur de la provincia de Santa Fe, donde se inició el fenómeno trigo para exportación en 1878 y la soja en 1971, siendo este “pago” el territorio representativo de la historia del proceso que analizamos.

El suelo posee 4 características específicas determinantes de su importancia: 1. Es un recurso natural no renovable, 2. Es un recurso escaso, 3. Provee alimentos, fibras y energía y 4. Es el soporte del paisaje.

1. Es no renovable porque en tiempos humanos, digamos siglos, es imposible generarlo o regenerarlo. La naturaleza lo produce con el transcurso de miles de años. Las erradas prácticas agrícolas, aplicadas por ignorancia, codicia o desesperación pueden destruirlo muy rápidamente. Esto ha sido una constante en los últimos miles de años, en todo el planeta y por todas las culturas (excepto dos culturas ancestrales sudamericanas: los pueblos andinos y los pueblos amazónicos, ambos “fabricaban suelo”). Solo puede ser reconstruido en gran escala si se contara con una disponibilidad ilimitada de recursos financieros y técnicos.

2. Es un recurso escaso. Los suelos con capacidad productiva para cultivos granarios anuales son una abrumadora minoría en la superficie emergida del planeta. Por diversos motivos, la mayor parte de la tierra del planeta no posee la capacidad de sostener un crecimiento vegetal compatible con su utilización directa por los humanos o indirecta a través de los animales herbívoros (los que son utilizados después por los humanos).

3. Los productos obtenidos de la utilización del suelo son tan útiles como indispensables para la sociedad humana. No aportan a la frivolidad ni a la banalidad, y son alimentos, fibras y energía que contribuyen al mantenimiento de la vida en el planeta.

4. Finalmente, aunque no se lo vea, o lo que es más importante, ni se lo sienta, es el soporte del paisaje, de la vida misma. Son el sustrato en el que se desenvuelve nuestra sociedad construyendo nuestra propia cultura, al menos hasta que los humanos encontremos la forma de colonizar el mar.

Estos 4 aspectos son los que determinan el enorme valor de la tierra productiva, y han sido, son y serán el motivo de conflictos interpersonales e internacionales. La “codicia por tierra” ha sido y sigue siendo uno de los motores de la sociedad, en particular en aquellas como la nuestra, donde ocurrió y ocurre el fenómeno de su apropiación irrestricta para su aprovechamiento sin responsabilidades económicas, ni sociales ni ambientales. Para resumir, otra feliz ocurrencia de Mark Twain definiendo el tema; él decía hacia 1880: “Compre tierra negra, ya no se fabrica”. Y como siempre, tenía razón.

Para enfatizar su importancia en la sociedad argentina, del suelo se obtiene el 98% de los alimentos que se consumen. Además, origina actualmente el 58% de los recursos exportables, los que proveen divisas a la economía nacional. Concluyendo: el suelo es el segundo recurso nacional en extensión y en valor (el primero es la población, igual de maltratada).

Hay suelos de todo tipo, profundos o superficiales, fértiles o pobres, planos o quebrados, secos o húmedos o inundables, de distintos colores. Existen tipos de suelos como ambientes existen en el planeta. Existen sistemas de clasificación de suelos, algunos con énfasis en su génesis, otros utilitarios. Los utilitarios indican su capacidad productiva, sus limitaciones y orientan respecto a cuáles serían los sistemas y métodos adecuados para usarlos o utilizarlos (no para “explotarlos”).

La “capacidad productiva” es lo que determina su importancia; es la cualidad de ser útil para que crezcan plantas y producir alimentos. Esta es la importancia fundamental del suelo.

Las diferentes capacidades de un suelo en el suministro de calidad y de cantidad de los insumos requeridos para la producción vegetal, como nutrientes y agua, son las que determinan la potencialidad productiva y el valor intrínseco de cada suelo (más no su precio especulativo). Y un país con el tamaño de la Argentina se presenta una enorme variedad de ambientes, y, por ende, de suelos.

El sistema de producción “explotación agropecuaria” (Eap) deteriora el suelo de dos formas: disminuyendo su calidad (degradándolo, disminuyendo su grado de calidad) y disminuyendo su cantidad (por erosión eólica o hídrica, perdiendo espesor de suelo). Como explicitamos más arriba, la explotación agropecuaria abusa del suelo cuando lo degrada y lo destruye cuando no se previene o controla la erosión. En el peor de los casos se producen ambos procesos a la vez. La degradación admite muy variadas formas: pérdidas de materia orgánica y de nutrientes, salinización, compactación, alteración perjudicial de la fauna y flora edáficas y otras. La degradación puede ser revertida; la erosión es irreversible, suelo que “se pierde…” se pierde para siempre.

La Eap admite variados modelos productivos (MP). El resultado de estos MP es obtener productos vegetales y animales, para alimentación, fibras o energía y se destinan al mercado interno, regional y planetario. Existen MP para granos, para producción animal, mixtos (obteniendo varios productos diferentes), para cultivos industriales, utilizando cultivos anuales, perennes, forestales y pastizales naturales. Obviamente los MP se ajustan con las características de suelo y clima, con la disponibilidad de recursos técnicos y financieros y con las capacidades técnico-científicas de los actores participantes. Hay MP de todo tipo; pero en Argentina casi todos utilizan el sistema de “explotación agropecuaria” del suelo, con el resultado concreto de destruirlo más rápido o más lento. Sencillamente, como no se toma en cuenta su conservación, se los explota más allá del límite que debería imponer su capacidad. La velocidad de destrucción depende del modelo productivo que se aplique tanto como las características del suelo y del clima de cada sitio.

Los síntomas de la degradación y de la destrucción del suelo abundan en todo el territorio nacional, aunque esta observación requiere más de la actitud (voluntad) que de la aptitud (capacidad) del observador. El deterioro de los suelos debido a la aplicación de la explotación agropecuaria se ha naturalizado de tal forma que muchos de los involucrados no lo perciben; lograr esa percepción exige un entrenamiento adecuado para “ver entendiendo”. A su vez, se requiere una aproximación crítica al problema con voluntad y compromiso territorial. 

La evidencia del deterioro de nuestros suelos es abrumadora e incontrastable y permite afirmar que la explotación agropecuaria produce una violenta crisis silenciosa que ocurre bajo nuestros pies. La paleta de síntomas de deterioro del suelo argentino ofrece todas las posibilidades de visualización, desde los de escala macro como desertificación en grandes áreas, cárcavas y zanjones en escala meso y la progresiva pérdida de cualidades de agregación, infiltración y fertilidad química cuando se observan con herramientas adecuadas en escala de detalle. Las evidencias disponibles son incontrastables. El suelo pampeano y el chaqueño son los que pagan la cuenta del crecimiento vertiginoso del agronegocio.

La discusión respecto a si los productores y propietarios practican la conservación el suelo o no, carece de sentido frente a las abrumadoras pruebas concretas del desastre que tenemos encima como sociedad. Ocurre también que la extraordinaria calidad original de los suelos pampeanos enturbió el entendimiento del problema por la sociedad nacional en su conjunto, porque se aplica a todo el territorio como indiscutible “verdad” lo que sucede en “la pampa”, que ha tenido de los mejores suelos del planeta. Los suelos pampeanos, tienen muchas propiedades “milagrosas”, entre ellas la de soportar la explotación mejor que los suelos del resto del país (y del mundo).

Esta crisis silenciosa es una tragedia nacional. Afortunadamente están apareciendo alternativas puntuales de cambio del sistema productivo en todos los ambientes del país, traccionadas por un cambio de conciencia productiva, de extractivista (rentística) a conservacionista. Sea por codicia, desesperación o ignorancia flotamos sobre una tragedia imperdonable a una sociedad que se dice agraria.

Realidad 6. La situación actual de los suelos del departamento Caseros, Santa Fe

                Los suelos del departamento Caseros han sido de los mejores del mundo. Se han explotado durante siglo y medio sin cuidado alguno y continúan entregando cosechas abundantes (pero menores de lo que potencialmente podrían entregar). Sin embargo, presentan síntomas de degradación y erosión.

                Un aspecto de su degradación es la pérdida constante de nutrientes minerales esenciales para el crecimiento vegetal. La Tabla 4 informa el uso del suelo en porcentaje de superficie de siembra de los principales cultivos, su fertilización y sus rendimientos medios en las campañas 1974/75 y 2024/2025. Contrastan fertilización y rendimientos entre las campañas separadas por 50 años de explotación.

La Tabla 5 informa el Balance de los nutrientes deficientes en la actualidad: nitrógeno, fósforo y azufre (balance que resulta deficitario para los tres y en ambas campañas) calculado desde los valores informados en Tabla 4 y aplicando los datos disponibles en la literatura científica de exportación de nutrientes por tonelada de los granos producidos por cada cultivo. El dato de los balances de N, P y S (en realidad de pérdida) se informa en kg por ha y año, su equivalente en kg de fertilizante por ha y año necesario para neutralizar la pérdida y el tonelaje requerido para cubrir las pérdidas de la totalidad de la superficie agrícola del departamento.

La magnitud de las pérdidas calculadas para el departamento Caseros deben referenciarse con las que el agro pampeano le propina al suelo y es una de las respuestas al interrogante explicitado en el capítulo de este escrito Realidad 3, respecto a ¿cuál es el secreto del agro pampeano?, ¿quién paga la cuenta? El suelo, la tierrita pampeana la paga, esa “cordillera bajo las patas” abonada con sangre de indios y gauchos.

                Cuando comenzó el cultivo de trigo en las colonias del sur de Santa Fe, en la década de 1860, la labranza era la única forma de poner en producción al territorio. Al inyectar aire al suelo, esa práctica activó la vida microbiana del suelo y su resultado, la oxidación de la materia orgánica. La quema de rastrojos, necesaria para poder labrar y sembrar, resultó catastrófica para el suelo, destruyendo la materia orgánica. Ambas prácticas ya no resultan absolutamente necesarias. Pueden reemplazarse por mejores prácticas aportados por el sistema nacional de ciencia y técnica y al disponer de mejores equipos mecánicos. La materia orgánica, además de suministrar algunos de los nutrientes esenciales, es la encargada de otorgar esponjosidad al suelo, permitiendo la infiltración del agua de lluvia y el crecimiento de raíces.                 La Tabla 6 informa la evolución del contenido de materia orgánica promedio de un suelo agrícola típico del departamento Caseros, entre 1880 (ya con cerca de 15 años de cosechas y quemas) y 2024. Se perdió el 60% del contenido original de materia orgánica. Este altísimo valor puede que no sea representativo para la totalidad de la Región Pampeana, ya que este “pago” ha sido uno de los más explotados de la Región, pero seguramente la caída ha sido enorme en la totalidad de la Región Pampeana, mayor en los explotados lotes de chacra y sensiblemente menor en los menos explotados lotes de estancias.

Gran parte del departamento Caseros presenta un relieve ondulado, con pendientes de diverso grado, que favorecen la erosión hídrica (por agua). El fenómeno erosivo, que existe naturalmente, ha resultado intensificado por varias técnicas de cultivo equivocadas, como la labranza que deja el suelo desnudo y la quema de rastrojos que lo despoja de cobertura (que protege el suelo).

Si bien las pendientes no son pronunciadas son en cambio, muy largas. El territorio está comprendido en las cuencas del río Carcarañá y del arroyo Saladillo. Casi el 40% del departamento tiene pendiente hacia uno de estos afluentes del río Paraná. La erosión puede presentarse en diferentes grados: ligera, moderada, severa y grave. El departamento tiene suelos con erosión de todos los grados. Existen técnicas de Prevención y Control de erosión hídrica, específicos para cada grado de erosión. Todos los campos con pendiente deben contar con la planificación, construcción y mantenimiento de las estructuras de prevención y control, método que recibe el nombre de Sistematización contra erosión. La sistematización se hace “para siempre” y es un costo menor frente a los otros costos de producción (la sistematización no es un “costo”, propiamente es una “inversión”).

La Tabla 7 informa la “situación erosiva” del departamento, con las superficies afectadas por cada grado de erosión y las superficies realmente sistematizadas. La inexistencia de una masiva sistematización de las tierras del departamento que lo requieren es otra muestra de la ineptitud gerencial de los actores del campo pampeano. Se “quema” (se erosiona) el recurso que sostiene al sector.

La descapitalización del agro pampeano por degradación del suelo y por erosión, aspectos negativos que en simultáneo entregan menor producción, no forma parte del discurso del agro negocio pampeano: ni las gremiales de productores, ni las empresas sean del tipo que sean, ni los políticos cercanos al campo, ni las bolsas de cereales ni las exportadoras tienen conciencia de la crisis silenciosa del suelo pampeano (en realidad, algunos la conocen, pero no les importa). Como indicaba Scobie para la ficticiamente resplandeciente Argentina del Centenario, “la Nación es indiferente al recurso que la sustenta”; en 2024 continúa ocurriendo (se supone que ocurrirá lo mismo con las capacidades mineras del país, habida cuenta del gerenciamiento de la actividad en manos de porteñistas).

El primer paso para lograr avanzar en la solución del doble problema de los suelos (degradación y erosión) es intentar la instalación mediática de la problemática del suelo. Este intento lleva ya más de 50 años y ha corrido por cuenta de técnicos de INTA, de Universidades y de instituciones de conservación y ministerios provinciales de agricultura con pobrísimos resultados. Un segundo paso sería la regulación jurídica del Uso y manejo del suelo, tal como ocurre en la república Oriental del Uruguay. Los intentos de regulaciones de uso y manejo de suelo, exigiendo prácticas de prevención y control y de estímulos a la fertilización para alcanzar al menos balances neutros, han sido rechazados por el sector en su conjunto, en particular por los mayores beneficiados de la explotación del suelo: los propietarios y sus instituciones. Puede afirmarse que continua el predominio del proyecto de país de los porteñistas: “Plan de negocios…para pocos”.

El sistema nacional de ciencia y técnica ha aportado suficientes alternativas para reemplazar la explotación agropecuaria por otro sistema, englobado en el concepto de Agricultura de Conservación, en particular para las llanuras pampeana y chaqueña. Los resultados son consistentes: cambiar de sistema permite obtener mejores resultados económico productivos disminuyendo considerablemente los impactos ambientales. Existen innumerables ejemplos de que el reemplazo es posible, efectivo y eficiente, pero el reemplazo es lento e insuficiente. Este no reemplazo debe buscarse en la permanencia de mecanismo del cociente maldito que determina la explotación agropecuaria (especulación para renta). Debería contarse con una Política de Estado específica para imponer la Agricultura de Conservación.

Realidad 7. Producción, dinero y gente La máxima expansión del doble cultivo de trigo/soja de 2ª ocurrió en la campaña 1984/85; luego creció enormemente el cultivo de soja de 1ª, que alcanzó su máximo en la campaña 2007/08 (la reiteración de soja de 1ª se conoce como monocultivo sojero). A partir de esa campaña el maíz fue recuperando superficie. En la actualidad trigo/soja de 2ª cubre un 20% de la superficie de siembra en el departamento Caseros; soja de 1ª. y maíz ocupan un 40% cada uno. La relación entre estas alternativas de cultivo es actualmente 1 ha de trigo/soja de 2ª cada 2 ha de maíz y 2 ha de soja de 1ª. La relación ideal desde el punto de vista productivo y de la conservación del suelo es 1 trigo/soja de 2ª:1 maíz :1 soja de 1ª (superficies equivalentes de cada cultivo), que garantiza un aporte de material vegetal de rastrojos y raíces suficiente para poder mantener un nivel de materia orgánica aceptable (sin pretender recuperar los niveles originales de 1880).

La intensificación productiva arrimó al departamento Caseros en la campaña 2023/2024 un volumen de dinero enorme, más de 2 veces y media lo que recibía en 1974, en mayor parte debido a soja. El incremento fue recibido por quienes eran actores de la actividad: propietarios, contratistas, proveedores de servicios y comercializadores. La bonanza no se repartió entre todos los habitantes de los pueblos. Algunas localidades que recibieron inversiones en industrias anexas a la producción agro pudieron sostener el empleo; la mayoría vio disminuir su demanda laboral porque la actividad agraria fue empleando menos personal y su resultado fue el incremento de pobreza e indigencia. Al generarse semejante incremento el valor producto, el precio de la tierra ascendió de forma vertiginosa (Tabla 9), debido a la enorme renta potencial que permitía el cultivo de soja y que a su vez determinó la intensa puja por alquilar tierra para sembrar. En 50 años su valor ascendió más de 7 veces en moneda constante y se multiplicó por 10 en equivalente soja. Muchos productores pioneros en el cultivo pudieron acumular capital para comprar tierra cercana; luego, generalizado el cultivo en el este del departamento Caseros fueron a comprar tierra donde aún no se cultivaba soja, primero dentro de la Región Pampeana Norte (centro y norte de Santa Fe, sudeste de Córdoba y Entre Ríos) y luego en el noroeste argentino (Tucumán y Santiago del Estero). Todos los que se mantenían en la actividad intentaban crecer en superficie de siembra.

La expansión del cultivo fue modificando la estructura funcional de las unidades de producción. La pequeña chacra como unidad de propiedad y de producción fue cambiando. Los pioneros más hábiles fueron alquilando tierra vecina ampliando su escala que en principio tomó la forma tradicional de porcentaje a cosecha. Como la demanda por tierra para sembrar era tan firme los propietarios comenzaron a exigir pago en especie, en quintales de soja; al principio a cosecha y derivó luego en parte anticipado y resto a cosecha. El relativamente equilibrado pago del 30% de la producción como alquiler, abonado a la cosecha, fue reemplazado por hasta 20 quintales de soja fijos y en algunos casos, con pago adelantado. Todos los pequeños propietarios que no pudieron “subirse al tren de la siembra de soja” por limitantes financieras, edad o capacidad de gestión alquilaron sus lotes a vecinos que ampliaban su escala, llegando en algunos distritos del centro sur de Santa Fe, donde toda la tierra es sembrada por no propietarios.

Una característica común de los que ampliaban su escala y perduraban como productores en el tiempo fue el enorme crecimiento en conocimientos técnicos y habilidades productivas y de gestión. La mayoría de los pequeños propietarios que habían sido productores se transformaron en minirentistas. Ese extraordinario ingreso neto los llevó a dejar sus viviendas en las chacras y poder comprar o construir casa en los pueblos, abandonando sus viviendas en el campo y todas sus instalaciones. Los actores preponderantes de la actividad pasaron a ser “los contratistas”; estos personajes comenzaron a dinamizar las economías locales y ampliaron la demanda de servicios que no existían en la región. Esta fue otra innovación social inducida por el cultivo de soja. La Tabla 10 ofrece una visión de cómo ha evolucionado la estructura fundiaria de la propiedad y de la producción en tres campañas seleccionadas y estudiadas. La Unidad de Propiedad es la superficie de tierra de uno o más títulos de propiedad, que pertenecen a una o más personas físicas o sociedades; la Unidad de Producción es la superficie de tierra que es gestionada de manera común. En 1979/80 la Unidad de Propiedad promedio del departamento Caseros era de 65 ha y correspondía a 3 títulos de propiedad que frecuentemente eran multipersonales; en esa misma campaña la Unidad de Producción era de 120 ha, de las cuales la mitad eran propias y la mitad alquiladas al 35% del producido. Para 2023/24 la Unidad de Propiedad se había reducido a 40 Ha en 8 títulos cada 130 ha, además frecuentemente multipersonales; la Unidad de Producción se ubicaba en 450 ha, de las cuales 70 propias y las restantes 380 ha alquiladas a 18 qq de soja   como valor fijo. En 1980 3 personas “producían” 120 ha; en 2024, las mismas 3 personas “producen” 450 ha. La subdivisión de la tierra, mayormente por herencia, ha sido un proceso de vieja data en el departamento Caseros que venía ocurriendo desde antes de la aparición de la soja; sin embargo, en los primeros 20 años del cultivo el fenómeno se profundizó, hasta alcanzar una especie de equilibrio (mantenimiento de la propiedad) al normalizarse el pago de alquiler muy alto en quintales fijos de soja.

El cúmulo de conocimientos para “operar” en la producción en 2024 es sensiblemente diferente a lo que se requería en 1980. La dinámica de la actividad exige una permanente actualización de conocimientos y el apoyo de técnicos. El tradicional desprecio por la ciencia y la técnica en el agro anterior a 1974 (ya que todas las exigencias de capacitación se resolvían con solo experiencia), fue reemplazado por una avidez desmesurada por novedades de todo tipo. Sin embargo, la adopción de novedades sin racionalidad frecuentemente perjudica a la actividad, comprometiendo producción, rentabilidad y conservación del recurso.

La dinámica poblacional del departamento Caseros explica como ocurrió el poblamiento de la Región Pampeana Norte posterior a la etapa inicial (que ocurrió en el centro de Santa Fe y en Entre Ríos). El aluvión inmigratorio produjo un enorme crecimiento inicial de la población rural que fue gradualmente disminuyendo respecto al total de la población (Tabla 11). La “zona rural” fue despoblándose gradualmente, abandonando la residencia en las chacras, y trasladándose los pobladores a los cercanos pueblos. Esta cercanía de residencia permitía continuar con actividades ganaderas (que exigen cercanía y control diario de los animales) pero fueron rápidamente clausuradas por las facilidades que otorgaba el cultivo de soja, básicamente por su alta rentabilidad y muchísimo menor trabajo que las actividades ganaderas. Al desaparecer la producción ganadera en base a pasturas de alfalfa también desapareció la actividad apícola. La absoluta mayoría de los pequeños chacareros se trasladaron a vivir a los pueblos; este traslado implicó disponer de mayores ingresos para afrontar la vida pueblerina “moderna” con mayores costos diarios frente a la austera vida de la chacra. A su vez, esta exigencia significó aumentar el valor de los alquileres. La extraordinaria renta del cultivo estrella permitió a los productores que aumentaban la escala de su unidad de producción seguir alquilando pagando mayores alquileres porque ciertamente la limitación era (y es) la disponibilidad de tierras.

La primera etapa de la reocupación del departamento Caseros fue preponderantemente rural y dispersa (ocupación en colonias de chacras); lenta y constantemente la población rural se dirigió a los pueblos por la cantidad de beneficios que la vida en centros poblados ofrecía. Una segunda onda de relocalización ocurrió entre 1960 y 1970; finalmente la soja permitió al remanente poblacional rural disperso trasladarse a los pueblos, que han sido relativamente cercanos a las chacras (Tabla 11).

Por su crecimiento vegetativo el departamento Caseros necesita de la creación de aproximadamente 500 empleos genuinos por año y esto exige inversión. El agro del departamento genera recursos financieros excedentes para la exigencia de inversión requerida para la generación de esos empleos, pero se escapan del territorio destinados a inversiones no productivas y profundizan la grieta social entre los que poseen excedentes y los que no obtienen recursos de subsistencia. Existen diversas alternativas de agregado de valor en origen (AVO) que son desatendidas por quienes poseen esos recursos financieros y que generarían empleos genuinos. Lamentablemente esta desinversión financiera impacta en la calidad de vida de las comunidades del departamento y acentúa los problemas de pobreza y miseria.

En la reocupación del espacio pampeano (como en toda la república) la escuela fue una institución fundante de cultura. El cambio en la estructura educacional pública en el campo, verificable en el cuanto y el cómo de las escuelas rurales, es un indicador formidable para entender las modificaciones que la intensificación productiva inducida por el cultivo de soja determinó en la sociedad agro de la región.

La población abandonó el campo, se trasladó a centros poblados. La estructura educacional pública rural quedó anclada (construida) en un campo que desaparecía. La Tabla 12 muestra su declive, casi desaparición.

Como dice con exactitud Javier Balsa: “el mundo chacarero se desvaneció”. Balsa lo indicaba para los largos efectos de la crisis de 1930; el cultivo de soja produjo un renacimiento, pero no ocurrió una vuelta al “mundo chacarero”. Fue generándose una nueva cultura, aún en proceso de construcción. El traslado a los pueblos produjo en un par de generaciones una transformación que emparejó culturalmente a quienes “eran del campo” con los que “eran del pueblo” aunque los patrones de consumo de quienes “poseían soja” y los que no, se fue separando gradualmente. Los abuelos chacareros observaron la transformación de sus nietos en “empresarios rurales”, infiltrados culturalmente por el agro negocio pampeano, cosmopolita y apátrida; si en alguna época la gremial que los representaba (la Federación Agraria Argentina) tuvo posiciones nacional populares, a medida que la nueva bonanza “sojera” ganaba bolsillos y corazones, fue derivando rápidamente a posiciones neoliberales, contrarias a los intereses nacionales.

Realidad 8. A modo de cierre provisorio

El agro pampeano ha sido la locomotora que impulsó el crecimiento de la economía nacional durante el último siglo y medio (durante un período mayor lo fue la minería alto peruana) y ha sido el “paisaje” sobre el que se construyó la cultura “pampeana”, mixtura vital de mundo criollo gaucho con la cultura inmigrante y es una de las siete culturas regionales argentinas. El campo pampeano fue “el cuero de donde salieron las lonjas” que permitió la industrialización sustitutiva y su correlato: la aparición de la enorme clase media argentina, que fue única en América Latina.

El renacimiento del campo ha aportado recursos materiales para sostener gran parte de la economía nacional y proveer la mitad de los recursos financieros para su desenvolvimiento. El potencial del campo pampeano todavía no ha sido alcanzado, sin embargo, es posible encontrar algunos indicios de que continuará creciendo en producción. Pero su crecimiento físico no repercute en la solución de los graves problemas que arrastra la Argentina desde su independencia, como debería haber ocurrido.

La exagerada riqueza en pocas manos impide la construcción de una sociedad más justa, más libre, más feliz. La concentración de tierras, incluida en la creciente concentración económica, ni las modalidades actuales de producción aportan a los componentes del Desarrollo Sostenible: ni a la eficiencia económico productiva, ni al equilibrio ambiental ni mucho menos a la equidad social, ya que estos aspectos no forman parte del horizonte de búsqueda del agro negocio pampeano. Es particularmente grave para la sociedad argentina que el agro funcione cada vez con menos personal (el recurso gente) en tiempos de desindustrialización que ofrece un constante balance negativo de creación de empleo (es el mismo balance negativo que el suelo).

El actor preponderante en el renacimiento del agro pampeano, el empresariado rural, no manifiesta tendencias consistentes de identidad y pertenencia a la sociedad en que se desenvuelve, la sociedad argentina, más bien actúa por fuera de ella, corporativamente, cómodamente ubicado en los mitos y prejuicios que se fueron acumulando desde la Independencia (y antes). La aplicación concreta de conciencia nacional es el compromiso territorial, que no existe en el ideario del agronegocio. Habrá que esperanzar que asuma el rol que le corresponde como actor fundamental y abandone mitos y prejuicios, para beneficio propio y de la sociedad argentina en su conjunto.

Se agradecen los aportes del ingeniero agrónomo Luís Cardini

F.M., julio de 2026

Fernando Federico Martínez es ingeniero agrónomo y ha sido Jefe de la AER-Casilda del INTA

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