¿CRECIMIENTO O DESARROLLO?

por Osvaldo Cornide

La crisis que atraviesa la Argentina no es un accidente ni un mal pasajero: golpea a la población, a los trabajadores, a los empresarios y a los científicos, a cada eslabón de la vida productiva nacional. Frente a ese cuadro, estabilizar no alcanza. Estabilizar no es desarrollar. La verdadera salida exige encarar, de una vez y en serio, un proceso de desarrollo. No un rebote de coyuntura, no un veranito estadístico, sino un proyecto de largo plazo que cambie de raíz la estructura de nuestra economía. Ahora bien, conviene preguntarse con precisión: ¿qué es el desarrollo?

Qué entendemos por desarrollo

Nosotros entendemos que el desarrollo no se confunde con el mero crecimiento del producto ni con el rebote de un año sobre otro. Es la transformación estructural de la matriz productiva: el pasaje de una economía primaria y extractiva hacia una economía industrial, diversificada y compleja, capaz de incorporar tecnología, elevar la productividad y agregar valor. Es la industria —por sus eslabonamientos y sus rendimientos crecientes— la que arrastra al conjunto de la economía y multiplica el empleo calificado. Desarrollar es, en definitiva, construir capacidades productivas que hoy no existen y que ningún mercado, librado a sí mismo, se ocupa de crear.

Protección de la industria y el trabajo argentino

No hay país desarrollado que no haya protegido su industria. Aranceles inteligentes, compre nacional y crédito dirigido no son atraso, son la herramienta concreta con que las naciones se industrializaron. Proteger la industria es proteger el trabajo argentino, sus salarios y su calificación. La apertura indiscriminada, en cambio, no moderniza: destruye lo que costó décadas construir.

La dimensión social

El desarrollo carece de sentido si no mejora la vida de la gente. Una política de desarrollo distribuye sus frutos: empleo formal, salarios que sostengan el mercado interno, integración de los sectores hoy relegados a la informalidad. El crecimiento sin inclusión reproduce la fractura social; el desarrollo la cierra. Lo social no es un costo del proceso, es parte de su motor.

Integración nacional y desarrollo federal

El desarrollo no es solo una cuestión sectorial: es también una cuestión territorial. Un país no se desarrolla de verdad si el crecimiento se concentra en un puñado de distritos mientras vastas regiones quedan condenadas a proveer materia prima, expulsar población y depender de la transferencia asistencial. La Argentina arrastra un desequilibrio histórico entre un centro que concentra industria, servicios y decisión, y un interior al que se le reserva el papel de economía de enclave. Ese patrón no es una fatalidad geográfica: es el resultado de la ausencia de una política deliberada de integración.

Lo advirtió con claridad el papa Francisco en Fratelli Tutti: «no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados, impidiéndoles expresar sus propias potencialidades». La cita no es un adorno moral: nombra con precisión el mecanismo que aquí describimos. Un modelo que reserva a las provincias el lugar de proveedoras de grano y energía, sin permitirles agregar valor ni retener el fruto de lo que producen, no es apenas económicamente ineficiente; es injusto.

Integrar el territorio nacional exige infraestructura que una lo que hoy está desconectado —redes viales, ferroviarias, energéticas y digitales que bajen el costo de producir lejos del puerto—, crédito y promoción que radiquen actividad industrial en las provincias, y un federalismo fiscal que premie a quien produce y agrega valor en su lugar, en vez de castigarlo. Las naciones que se desarrollaron con equilibrio territorial —de la política regional alemana a los fondos de cohesión europeos— entendieron que dejar libradas las regiones a la sola fuerza del mercado profundiza la brecha en lugar de cerrarla. El desarrollo federal no es un gesto de reparto: es la condición para que el mercado interno alcance la escala que la industria necesita y para que el arraigo reemplace a la migración forzada hacia el conurbano. Una Argentina desarrollada será, necesariamente, una Argentina federalmente integrada, o no será.

Política internacional: autodeterminación e interés nacional

En el plano externo, la Argentina debe sostener la autodeterminación de los pueblos y la defensa intransigente del interés nacional. Ni alineamientos automáticos ni tutelas: relaciones soberanas y diversificadas, orientadas a abrir mercados para nuestra producción y a preservar los recursos estratégicos. La política exterior es también política de desarrollo.

Política educativa

No hay desarrollo sin educación. Se necesita una política educativa que forme técnicos, ingenieros y trabajadores calificados, que conecte la escuela y la universidad con las necesidades reales del aparato productivo. La educación es la infraestructura invisible sobre la que se levanta cualquier salto industrial: sin ella, no hay tecnología que arraigue ni productividad que crezca.

Política científica

La ciencia no es un gasto: es inversión estratégica. Como mostró Mazzucato, los grandes avances tecnológicos de nuestra época nacieron del impulso de un Estado que asumió los riesgos que el mercado eludía. La Argentina precisa una política científica sostenida en el tiempo, que financie la investigación y la traduzca en producción, en industria y en trabajo. Desmantelar la ciencia es hipotecar el futuro.

Política agropecuaria

El campo argentino es una potencia y debe seguir siéndolo. Pero una política agropecuaria de desarrollo lo integra a una cadena de valor: no exportar solamente la materia prima, sino industrializarla, sumarle tecnología y trabajo nacional. El agro como plataforma de industrialización, no como enclave que se agota en la exportación del grano. Allí hay un potencial enorme todavía sin aprovechar.

El capital extranjero: bienvenido el productivo

Distingamos con claridad. El capital extranjero productivo —el que instala fábricas, transfiere tecnología, genera empleo y agrega valor— es bienvenido y necesario. El capital financiero especulativo —el que entra a hacer diferencias de tasa y se va dejando crisis— no lo es. La inversión que construye, sí; la que fuga, no. Confundir ambos, o abrirles la puerta por igual, es un error que ya pagamos demasiadas veces.

Estabilidad genuina

Nada de esto es posible sin estabilidad. Pero estabilidad genuina, sostenida en el equilibrio de las cuentas y en la no emisión de dinero espurio, no en el ajuste recesivo que destruye el aparato productivo. El equilibrio es condición del desarrollo, no su reemplazo. Se estabiliza para desarrollar, no se estabiliza para quedarse quieto.

El camino

Estos son los pilares. La Argentina tiene los recursos, tiene el pueblo, tiene la ciencia y tiene la tierra. Lo que falta es la decisión política de ordenarlos detrás de un proyecto. Estabilizar era apenas el piso. Desarrollar es el edificio. Y ese edificio hay que empezar a levantarlo ahora, con inteligencia, con audacia y con la convicción de que otro país es posible si nos animamos a construirlo.

La Argentina tiene experiencia de que este camino es posible.

Osvaldo Cornide es presidente honorario de CAME