por Sergio A. Rossi
Se cumplen por estos días cuarenta años de la muerte de Salvador Ferla (15 de mayo de 1925 – 10 de julio de 1986).
Mi primera noticia sobre él fue una nota suya sobre los fusilamientos del ‘56 en la revista Línea a comienzos de los años 80. Al tiempo, y habiéndome sumado al grupo político que editaba aquella revista, pude encontrar y darme a la lectura de otros dos de sus libros: Historia argentina con drama y humor y Mártires y verdugos.
El primero, una síntesis didáctica y simple, plagada de reflexiones originales, sobre nuestro proceso colonial y la formación del primer gobierno en 1810. Analiza, sin simplificar, el proceso de Mayo en relación a dicotomías que han perdurado en la cultura política argentina, en relación a los clivajes o pugnas entre afirmación nacional y alienación extranjerizante, políticas de masas e iluminismo, adhesiones populares y autoritarismos -jacobinos o ultramontanos-, dependencia de España o Inglaterra vs. tendencias independentistas. Y realiza un agudo un recorrido sobre lo que denomina la frustración de los liderazgos populares.
El segundo –Mártires y verdugos– fue el primero que publicó y es uno de los grandes textos de nuestra literatura política que desnudan, desenmascaran, juzgan y condenan el falso liberalismo del Plata. Texto anticipatorio que previene sobre las consecuencias que traería consagrar la impunidad de los hechos del ’55 y ’56, es la primera obra que relata los fusilamientos por el levantamiento de Valle en clave política y no sólo policial.
A mediados del ’82, levantada la veda política, empezamos a divulgar y vender libros del panteón nac&pop, entre ellos los de nuestro autor. Llegó entonces a nuestras manos un tercer texto de Ferla, menos difundido: La tercera posición ideológica. Texto clarísimo e impecable que contenía una crítica punzante al “verticalismo” como metodología de conducción. Tras la derrota del peronismo en el ’83 nos dispersamos un poco para repensar todo, nos reagrupamos como Juventud Peronista, y nos reorganizamos enseguida. Y volvimos a toparnos con Ferla que escribía en la revista UNIDOS, revista que pasamos de comprar y leer a estudiar y vender.
En 1986 Ferla publicó El drama político de la Argentina contemporánea.
No llegué a conocerlo personalmente. Ese año organizamos una serie de conferencias con la revista UNIDOS en Rosario, y cuando tocaba que él viniese a exponer nos enteramos de su muerte inesperada.
He leído y releído aquel libro suyo casi póstumo, que tendría que haber sido lectura obligada de la dirigencia y de la militancia política popular. Lectura todavía recomendable.
La revista UNIDOS publicó una sentida nota tras su muerte y una muy buena selección de textos. Sin embargo en los años siguientes Ferla perdió presencia o consideración en nuestra literatura política.
Vale preguntarse sobre el por qué de cierta desconsideración para con él, que adhirió abiertamente al peronismo cuando el movimiento estaba en la mala, indignado por lo que vio de la represión ante el alzamiento de Valle. Un hombre de a pie que se sumaba en aquel momento es cosa que debe valorarse, un peronista de la adversidad que tomaba parte cuando muchos se replegaban. Fue además un militante que nunca tuvo cargo alguno; sin mayor reconocimiento de parte de la dirigencia peronista; que vivió de su pequeño comercio, algo más que un kiosco, una librería de barrio; y que sufrió el desdén o la ingratitud de un movimiento que ha sido pródigo en promover arribistas.
No estuvo adscripto a capillas académicas, no fue el intelectual de una facción o secta de partido o movimiento político, ni tampoco fue un graduado universitario. La obra de este escritor militante trascendió a sola fuerza del talento de su prosa, de su poder de observación, de su capacidad de análisis y síntesis. Original y audaz en sus juicios se lo adivina enorme lector y crítico sagaz, aunque utiliza un lenguaje sencillo y alejado de cierta petulancia académica. Cuando cita, no parece que cite invocando prestigios en su apoyo, ni buscando paliar sus carencias. Cita con humildad y como buscando dejar en claro que no presume de haber sido él quien concibió la idea de la nada. Cita reconociendo méritos de otros o para iluminar un aspecto novedoso en la interpretación de algún hecho, en una exégesis renovada y original. Contraste grande con ciertos hábitos universitarios, no cita para que lo citen ni para intercambiar menciones que acumulen puntajes en publicaciones reconocidas.
Su mayor cercanía ideológica es Arturo Jauretche, de quien es admirador confeso. Su prosa, sin embargo, es más amable. Su consecuencia política se combina con una saludable distancia crítica para percibir y señalar errores, desvíos y defectos, ocasionales o recurrentes, estratégicos o anecdóticos, ideológicos o prácticos.
Nada hay peor que el olvido y la indiferencia, por lo que valoro el esfuerzo de quienes reeditan sus obras y lo guardan en su memoria.
En 2014 la editorial Paso de los Libres reeditó “El drama político …”, prologado por Raúl Zaffaroni. Tuve la suerte de participar en la presentación que se hizo en la Escuela de Defensa Nacional acompañando a su hija Diana Ferla, a Eduardo Semino y al propio Zaffaroni.
Escribir bien y decir cosas buenas le han ganado un lugar en el pensamiento argentino a Salvador Ferla, un autor que se puede volver a leer con placer y provecho. Vayan mi reconocimiento y mi gratitud.



