por Analía Capdevila
El 7 de junio pasado, mientras miraba el velorio del Indio por la televisión, y revisaba mi cuenta de X, me llamó la atención el posteo de una tal Jime Martinezz que decía: “‘La nostalgia de lo que no viví’ tira un pibe de 17 años, directamente desde el alma de la poesía del Indio”. La frase ‘La nostalgia de lo que no viví’ parece tomada de un testimonio conseguido por alguno de los tantos cronistas que entrevistaban a quienes en filas interminables esperaban para entrar al Polideportivo José María Gatica de Villa Domínico (Avellaneda) para despedir al ídolo. Concretamente, parece la respuesta a una de las dos preguntas repetidas hasta el cansancio por los cronistas: “¿Por qué estás acá?”. Para celebrar la nostalgia, tira el pibe de 17 años. La otra pregunta recurrente, “¿Qué significa el Indio para vos?”, propició una cantidad notable de respuestas más o menos personales que sin embargo se parecían entre sí. Sobre todo por el quantum de poeticidad, por decirlo de algún modo, con el que estaban enunciadas. El Indio como “el dios de los rotos” dijo una; el Indio como padre salvador que te habla al oído dijo otro. Sin dudas, esa participación en la poiesis, por convite o contagio, es ya un hecho político. Supone que la poesía puede ser hecha por todos los de la fila, o que todos y cada uno pueden hablar desde el alma misma de la poesía del Indio.
Sobre un aspecto de este asunto no se ha dejado de señalar la paradoja. ¿Cómo es que el Indio ha logrado, con una lírica cerrada, hermética, críptica, una repercusión tan masiva, una trascendencia a nivel popular que sin embargo rehúye de todo populismo demagógico? O para decirlo en otros términos: ¿cómo es que ciertas tribus urbanas han sabido identificarse con unas letras cuyo sentido resulta en apariencia incomprensible?
En este punto no hay olvidar que se trata del sentido de una palabra cantada, articulada en una melodía ejecutada por los músicos de una banda; tal sería su contexto más inmediato de significación. Una palabra que no se lee sino que se escucha, cuyo sentido se materializa en la voz del Indio, un sentido al que llegamos a través de su fraseo amanerado, de su prosodia, de la variación de sus tonos, e incluso, en un contexto un poco más amplio, performático, como el de la actuación en vivo, a partir de los gestos desplegados por el Indio en la interpretación de los temas. La mano en alto que señala “las estrellas ahí nomás, a su alcance, frías” (Héroe del whiskey”) o el índice hacia abajo que prolonga la señal de la cruz en el final de “Etiqueta Negra”.
El sentido de las letras se desenvuelve entonces en una comunidad, o mejor, en una comunión, la del Indio con su público, en torno a una presunción de sentido, más que de un sentido preciso, secreto u oculto. Y esto según una concepción de lo poético como derroche, como lujo, como despilfarro de recursos en la construcción del enunciado. Además de los desarreglos de la sintaxis, encontramos en las letras del Indio todos los registros, de los más serios y solemnes a los más cómicos y plebeyos; todos los niveles de lengua, del más coloquial al más culto; todos los géneros discursivos, la consigna, el himno, la marcha, la invocación; muchos neologismos, el argot barrial, la jerga carcelaria, los slongans publicitarios. Y sobre todo la metáfora. En particular, la metáfora entendida como un recurso de la representación sin la cual sería imposible garantizar que el público se identifique. La referencialidad siempre está presupuesta en las letras del Indio. Me animaría a decir que se trata de una referencialidad que se lee, que debe leerse, en clave rigurosamente realista. Al menos en el sentido de un realismo metafórico.
Quiero decir que las imágenes presumen un correlato con la realidad, que se corresponde, transfiguración literaria mediante, con la de los pibes que viven en los desangelados barrios de la periferia de la capital o del conurbano bonaerense. También de esto se dio testimonio en la fila interminable. “El Indio habló de nosotros” decían algunos. Se referían, presumo, a esa ficción urbana de lo marginal, poblada de personajes cuyas historias de vida ilustran ciertas formas de la disidencia, pensadas desde la contracultura (a ese ideario de juventud jamás renunció el Indio). “El pibe de los astilleros”, “Etiqueta Negra”, “el Zumba”, “el Torito Chás Chás”, héroes todos antisistema, que encarnan el ideal de “una experiencia no ordinaria de vida” –los términos son del Indio–, según una “épica de la perdición”, de la “salvajada”, como se dijo también por ahí. Encuentro en esa épica una ética plebeya de la existencia. Creo leer en “la salvajada” la eufórica celebración del querer ser afectado como único modo de afirmar la voluptuosidad de la existencia, y con ella, celebrar la diferencia respecto del hombre común.
“El Indio nos habló en nuestro propio idioma” decían también los de la fila. No por delegación o “en nombre de”, sino en un diálogo sostenido, en modo interpelación –de allí tantos temas con un narrador en segunda persona–. Remedar “el acento del barrio” para “detonar una resonancia” en la escucha, dice el Indio, según un sofisticado juego de apropiaciones y de ofrendas. ¿A quién le pertenece la frase reproducida en la remera? ¿Quién es el autor de la consigna pintada en la pared? ¿Quién le da sentido a la inscripción del tatuaje en la piel?
Vuelvo entonces al posteo de Jime Martinezz que cuenta que un pibe de 17 años, mientras espera en la fila su turno para despedirse del Indio, siente nostalgia por un tiempo que no vivió; esto es, comparte con otros (¿con los de la fila?) cierta memoria emotiva acerca de una época anterior (¿la de los mayores?) en la que no estuvo presente. Creo reconocer en el posteo el surgimiento de la leyenda que redundará para el Indio en sobrevida o en vida después de la muerte. Un relato que seguro se irá configurando progresivamente con el paso del tiempo, colectivo y a la vez íntimo, de uso personal, trasmitido de generación en generación, en el que los recuerdos propios se confundan con los ajenos.


