SUELOS y FERTILIZANTES

Ing. Agrónomo Fernando F. Martínez (ex AER INTA Casilda)

La fertilidad de los suelos pampeanos

La Llanura Pampeana es una planicie de más de 600.000 km2, ocupando el sector centro este del territorio continental argentino. Mayormente fue una estepa de hierbas altas (hasta que llegaron los europeos) rodeada por un anillo de monte de arbustos y árboles bajos, espinosos, conocida como Espinal Pampeano.

Sus suelos son propiamente “la cordillera bajo las patas” ya que su material original se originó en la Cordillera de los Andes. Este proceso sucedió durante la última glaciación, comenzada hace más de 2 millones de años, que alcanzó su máximo hace tan solo 20.000 años. Los glaciares de los Altos Andes pulieron la roca y con su derretimiento arrastraron el material pulverizado hacia el sureste, corriendo por el sistema del río Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó, pertenecientes a la cuenca del río Colorado.

El material depositado en la cuenca de deflación del Colorado, en el borde entre Patagonia y Pampa, fue levantado por el viento Pampero y transportado ahora hacia el noreste. Los largos períodos de vulcanismo andino aportaron cenizas volcánicas que siguieron el mismo camino, transportadas por el Pampero. Ese material original, conocido como “loess pampeano” fue el sustrato sobre el que clima y vegetación “construyeron” la tierrita negra que tanto ha dado a la sociedad argentina. Son suelos muy jóvenes y sobre los que no caen lluvias intensas, de forma que han mantenido mucho de su riqueza mineral original.

El suelo es el segundo recurso nacional en extensión e importancia (después de la gente). El suelo pampeano originalmente fue uno de los más fértiles del planeta. La fertilidad de un suelo es la propiedad de proveer agua y nutrientes a las plantas que en él crecen y se desarrollan en cantidad, forma y oportunidad. La fertilidad aporta a la vegetación tres aspectos: es sostén de las plantas, les aporta agua y les aporta nutrientes. Debe comprenderse que son aspectos físicos, químicos y biológicos, que en conjunto determinan la fertilidad del suelo.

La fertilidad química de un suelo es la capacidad de suministrar los nutrientes requeridos para el crecimiento y el desarrollo vegetal en oportunidad, forma química y cantidad adecuada. Los nutrientes son los elementos químicos requeridos. Según las cantidades requeridas se clasifican en macro y micronutrientes. Nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio y azufre son macronutrientes y boro, cobre, hierro, manganeso, zinc y cloro son micronutrientes. Los suelos pampeanos estaban abundantemente dotados de nutrientes; su contenido de potasio duplicaba a la dotación máxima de los suelos del planeta.

Un componente del suelo, la materia orgánica o humus, es fundamental para caracterizar su fertilidad, tanto es así que su contenido se utiliza como indicador universal de calidad. La materia orgánica, integrada por moléculas orgánicas (con el elemento químico carbono), es responsable de agregar (“pegar”) los componentes inorgánicos del suelo, otorgando la porosidad necesaria para permitir el flujo de aire y de agua dentro del suelo, que determina la posibilidad de exploración de raíces en busca de agua y nutrientes.

El sistema de relacionamiento de la sociedad argentina con los suelos se denomina “explotación agropecuaria”. Este sistema se aplica a todos los suelos del país, independientemente de las diferentes características de los suelos, de los recursos técnicos y financieros de los actores de la actividad y de la escala de las unidades de producción. Cómo su nombre indica consiste en abusar o destruir el suelo. 

Los síntomas de esa destrucción y degradación son categóricos: en Argentina no se conserva el suelo (excepto en los Parques Nacionales y reservas). Si se analiza el contenido de materia orgánica para utilizarlo como indicador es posible visualizar y comprender la crisis silenciosa que viene ocurriendo desde su puesta en producción hace cuatro siglos. Hemos actuado “quemando” materia orgánica para obtener productos sin atender a la necesaria conservación del recurso. El suelo debe ser utilizado no explotado.

Si se analiza lo ocurrido con la dotación de nutrientes ocurre los mismo.  Es posible realizar un “balance” entre extracción y aporte de cada nutriente, conociendo el contenido de nutrientes de cada grano cosechado y la aplicación de fertilizantes en esa cosecha específica. Así, así como es bien conocido cuanto produce Argentina de granos debería conocerse el “Balance de Nutrientes”, que es la forma exacta de “medir” el resultado de la actividad productiva dentro del suelo. Obviamente, una agricultura que aplica el sistema de explotación agropecuaria a destajo, presenta déficit de todos los nutrientes esenciales. Esto no aparece ni en las cuentas de una unidad de producción, ni en un análisis de la exportación específico ni en las “cuentas del país”, marcando una vez más la pésima gestión de la actividad a todo nivel. En nitrógeno, fósforo, azufre y calcio Argentina “pierde” anualmente seis millones y medio de nutrientes, equivalentes a bastante más de 15 millones de toneladas de fertilizantes.

Una forma sencilla de visualizar lo que le cuesta al suelo producir con explotación agropecuaria es mostrar cuantos nutrientes se van del territorio en un buque granelero tipo Panamax cargado con 40000 t de grano de soja: “se van” casi 4000 t de nutrientes que equivalen a 9000 t de fertilizantes de los que se reponen menos de 4000 t. La mayoría de las argumentaciones de por qué no se reponen los nutrientes exportados son infantiles. Sencillamente es más cómodo mantenerse con el sistema explotación agropecuaria que cambiar a agricultura de conservación porque el campo pampeano todavía produce con aceptable rentabilidad. Que podría ser mucho mayor si se invirtiera más en insumos materiales e intelectuales 8en este caso: fertilizantes), pero esta alternativa no es contemplada en la actividad que se rige por lo que se llama “cociente maldito”, cociente entre ingresos en efectivo y egresos en efectivo; y culturalmente en la actividad agro argentina se trata de disminuir el denominador más que en agrandar el numerador. Se gana menos pero es más “rentable” (mientras el suelo continúe entregando su fertilidad).