DIPLOMACIA DE TRINCHERA

por Horacio Lenz y José Luis Sersale

Sin visión estratégica, la política exterior argentina se reduce a eslóganes de ocasión, retórica disonante y viajes repetitivos que acotan nuestra proyección internacional. Javier Milei subordina los intereses permanentes de la Nación a la afinidad ideológica, la agenda electoral doméstica y la proyección de su figura en el escenario transnacional: una diplomacia que solo se siente cómoda entre aliados afines, aunque estos persigan objetivos infinitamente más claros y pragmáticos.

La República Federativa del Brasil es nuestro aliado estratégico en el frente Atlántico. Nos une un espacio geográfico continental común, que se extiende al oceánico con proyección al sur del Mar Argentino y al Continente Antártico. Alrededor de 1.236 km de frontera compartida entrelazan los destinos de ambas naciones. Extendido desde la pampa húmeda al Mato Grosso y los estados del sur brasileño, uno de los corredores agroindustriales más eficientes del planeta abastece la demanda global de materias primas estratégicas. Soja, maíz, trigo, carnes y maquinaria agrícola producida con los más elevados estándares internacionales. La coordinación logística, sanitaria y portuaria convierte a este bloque regional en un actor más relevante que los Estados Unidos, apalancado en la competitividad de los productores, la fertilidad del suelo, el estándar tecnológico y la escala demográfica.

Si la geografía determina la relación bilateral, la política la diseña y le da contenido. Dinamitar caprichosamente el vínculo con nuestro socio estratégico significa ignorar la valiosa tradición de los estadistas que lograron transformar una histórica rivalidad en un modelo regional de paz, cooperación y confianza. Cuando la diplomacia deja de responder al interés nacional, se transforma en un cascarón vacío donde la improvisación reemplaza al rumbo estratégico.

Desde la perspectiva del análisis político, la sobreactuación del conflicto externo suele emerger cuando la gestión doméstica enfrenta dificultades estructurales. Lejos de responder a tensiones geopolíticas reales, la crisis diplomática bilateral es la consecuencia del desborde emocional y la intemperancia de una conducción fuera de eje, que proyecta en el escenario internacional sus propios fantasmas ideológicos para cohesionar a su base electoral, dominar la agenda mediática y desviar la atención de un deterioro interno que se profundiza día a día. La estética que proyecta el Jefe de Estado está más vinculada a la de una celebridad de nicho que a la estatura de un líder global.

En efecto, al transformar la relación bilateral con Brasil en un escenario de ‘batalla cultural’ —mediante el uso sistemático del agravio, la descalificación y el insulto hacia la figura del Presidente Luiz Inácio Lula da Silva—, la política exterior de Milei queda reducida a una escenografía de consumo interno. A través de la sobreactuación ideológica y el circo del streaming militante, el gobierno argentino fabrica una realidad paralela diseñada exclusivamente para adoctrinar a su núcleo duro, sacrificando el cálculo geopolítico y el pragmatismo de Estado a cambio del rédito efímero derivado de una hiperpolarización.

La degradación del vínculo diplomático con Brasil es inédita. Incluso en los momentos más oscuros de la historia reciente —como la crisis del Canal de Beagle en 1978— la diplomacia mantuvo activos los canales institucionales para evitar el abismo. El riesgo de este inexplicable retroceso amenaza con colocar a la Argentina en un aislamiento internacional sólo comparable al de 1982, con una agravante histórica: durante la Guerra de Malvinas fue justamente Brasil el aliado estratégico que contuvo y representó al país ante el mundo.

En este tablero de disputa retórica, la asimetría estratégica juega de forma aplastante en contra de la Argentina. La diferencia en la escala geográfica es categórica: mientras la Argentina limita con cinco países, Brasil comparte fronteras con diez naciones sudamericanas —todas las de la región salvo Chile y Ecuador— y despliega, además, una activa política exterior en la cuenca del Caribe. Por otro lado, la brecha institucional es determinante: Brasilia administra su inserción global a través de Itamaraty, una de las burocracias más profesionales, disciplinadas y sofisticadas del mundo. Enfrentar con improvisación a un actor de semejante dimensión territorial e institucional coloca innecesariamente a la Argentina en situación de vulnerabilidad. Itamaraty no suele escalar mediante rupturas formales, sino a través de represalias de baja intensidad en los mandos medios. Esto se traduce en la ralentización de comités técnicos bilaterales o instrucciones silenciosas a la diplomacia brasileña en organismos de crédito (BID, CAF) y en los grupos de trabajo del Mercosur para dilatar el tratamiento de asuntos que interesan a la Argentina.

Mientras el gobierno de Milei se obstina por profundizar su aislamiento internacional, los países de la región —incluso aquellos conducidos por gobiernos de mayor afinidad ideológica con la Casa Rosada— han optado por un estruendoso silencio, intensificando sus contactos bilaterales con Brasilia y dejando a la Argentina marginada de los principales foros de coordinación regional. Sin Brasil, la Argentina carece de política exterior con peso específico; sin la Argentina, Brasil pierde escala en el Atlántico Sur. La parálisis del vínculo bilateral contamina la administración cotidiana, proyecta opacidad y frena proyectos de infraestructura, energía y comercio que resultan esenciales para el desarrollo de la economía nacional.

En este complejo escenario de crisis, el desempeño del canciller Pablo Quirno personifica la falta de profesionalización y el sesgo improvisado de la política exterior argentina durante el gobierno de Milei. Proveniente del ámbito financiero como ex ejecutivo del JP Morgan, tras su paso por la Secretaría de Finanzas, desembarcó en el Palacio San Martín con el aval explícito del equipo económico liderado por Luis Caputo, otro ex JP Morgan.

No obstante su cultivado bajo perfil, Quirno ha exhibido severas limitaciones conceptuales y operativas cada vez que la agenda geopolítica exigió la presencia de un verdadero Canciller:

  • La confusión entre finanzas y geopolítica: gestionar la política exterior bajo la lógica de una mesa de trading desnaturaliza las funciones esenciales del Estado. Las credenciales de Wall Street resultan insuficientes para descifrar las dinámicas de poder regional, el derecho internacional público y la compleja orfebrería de la negociación multilateral.
  • La marginación del servicio exterior de carrera: en lugar de respaldarse en la experiencia y disciplina de la burocracia profesional del Palacio San Martín para encauzar las intemperancias del Poder Ejecutivo, Quirno se acomodó pasivamente al sesgo ideológico y la emocionalidad de la mesa chica presidencial. Este desplazamiento de los diplomáticos de carrera por cuadros improvisados ha vaciado de rigor técnico la representación internacional del país.
  • La incapacidad de contención y el consecuente aislamiento: la misión primordial de un Canciller frente a un socio estratégico de la escala de Brasil es blindar la agenda comercial e institucional de los exabruptos de la política doméstica. Bajo la gestión de Quirno, la Argentina perdió toda iniciativa estratégica, limitándose a reaccionar ante las respuestas de Itamaraty. Esta falta de reflejos profundiza un aislamiento inédito que perjudica de manera directa a los sectores productivos y exportadores.
  • El «sincericidio» privatista y la ligereza sobre la soberanía: en el marco del frustrado debate alrededor de la Ley de Tierras —inserto en la narrativa oficial como proyecto de «inviolabilidad de la propiedad privada»—, Quirno dejó al descubierto su alarmante nivel de desorientación conceptual. Al validar públicamente que la desregulación habilitaría la eventual compra de «un pueblo o una provincia entera» por capitales extranjeros argumentando que esto «traería beneficios para el país», el canciller argentino provocó estupor en todo el arco político, con repercusiones en el plano regional e internacional. Reducir la integridad territorial y los activos estratégicos de la Nación a una mera transacción inmobiliaria desnuda una incomprensión alarmante de la soberanía del Estado, la cohesión del territorio y el bienestar de los ciudadanos que lo habitan; todo lo cual se traduce necesariamente en la desautorización de su voz ante la comunidad internacional.

Atados por la geografía pero separados por la diplomacia de trinchera, la Argentina arriesga décadas de acumulación de capital político y previsibilidad internacional en un ejercicio de agitación retórica sin rédito sustancial alguno. Cuando el espectáculo mediático desplaza a la geopolítica real, los costos no tardan en materializarse: aislamiento internacional, degradación del prestigio de la Argentina en el mundo, pérdida de mercados, estancamiento de inversiones de escala y un severo retroceso de la soberanía en la arquitectura de poder del siglo XXI.