FLEURS NOIRES

FLEURS NOIRES: TANGOS AUMENTADOS

Andrea Marsili

El tango es un poco afro y un tanto europeo, y esa conjunción se da en la Buenos Aires de fines del siglo XIX. Nace clandestino y se hace tradición cuando Europa lo festeja. Empieza con guitarras, y la música europea le ofrece el piano; vendrán el contrabajo, los violines —a veces vientos y percusión— y el infaltable bandoneón, un instrumento alemán que para el conocimiento popular es símbolo de Argentina y del tango. Las letras son una simbiosis de español y lunfardo, ese vocabulario que incorpora palabras del francés, el italiano, el ruso, el africano y tantas otras lenguas de los inmigrantes que el uso cotidiano hizo propias, dando origen a un lenguaje transgresor y amigable, capaz de unir a las distintas razas y colectividades. El tango es apropiación de vida y, debido a su origen y a su eterna manía de atravesar fronteras, de tomar y ofrecer, se entrega y se apropia: es música de mundo y necesita de ese mundo para ser música.

En ese linaje se inscribe Fleurs Noires que, con sus composiciones, desde 2003 se apropia de recursos del minimalismo, la música espectral y mixta, y de otros creadores que al mixturarse con los clásicos del género —Pugliese, Arolas, entre otros— hacen de su música un tango contemporáneo que conserva su espíritu universal y los «códigos» que lo caracterizan. Fleurs Noires continúa así esa tanguidad: las argentinas del conjunto aportan su «contaminación» tanguera y las francesas su europeidad, confluyendo en un concierto transnacional que sabe que el tango se mete en el mundo con arrogancia y con la humildad de aceptar los aportes de otras culturas.

La trayectoria de la directora de Fleures Noires condensa la misma paradoja fundacional del género: irse lejos para producir una música cercana, alejarse del Río de la Plata para trabajar sin los juicios de valor que allí pesan sobre lo que es y lo que no es tango. Cuando las primeras composiciones son recibidas con el reparo de que «no parecen tango», esa objeción funciona como disparador de una indagación mayor, que deriva en tesis doctoral sobre la noción de autenticidad en el tango rioplatense. El gesto es significativo: frente a la crítica, no responder con una defensa intuitiva sino convertir la pregunta en objeto de estudio, rastreando el ADN del género desde la Guardia Vieja hasta Piazzolla —puerta de entrada al tango de buena parte de nuestra generación—. De ese trabajo emerge un principio que rige tanto la  composición como la orquesta: solo el conocimiento profundo de la tradición habilita la licencia de intervenirla.

Esa tensión entre herencia e invención encuentra en Fleures Noires una figura elocuente: la del Aleph borgeano, esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna, donde pasado, presente y futuro coexisten sin disolverse. El tango, en esta lectura, no es un objeto cerrado y verificable sino un espacio simultáneo, capaz de alojar tanto a Pugliese, Di Sarli y Troilo como a las búsquedas contemporáneas de la propia compositora o de orquestas como Astillero y la Fernández Fierro. La autenticidad deja de ser fidelidad a una forma fija y pasa a ser fidelidad a un linaje que se sigue escribiendo.

La premisa de aceptar los aportes de otras culturas es también la base de esta orquesta de diez mujeres, unidas por el interés de privilegiar la humanidad por encima del ostracismo y la soberbia, convencidas de que son un eslabón del multiculturalismo y que, en libertad, abrazan la apropiación cultural. Esa convicción se cruza con una segunda dimensión de género, ahora en el sentido de sexo: el tango es una música que habla de mujeres —de amor, de pena, de deseo— pero que fue históricamente compuesta, arreglada y dirigida por hombres.

La fundación de Fleurs Noires, orquesta típica integrada exclusivamente por mujeres de formación clásica y tanguera, responde a esa asimetría no como declaración programática sino como intervención estructural: corre el eje de producción del género sin renunciar a su tradición instrumental ni a su carga sensual. El propio nombre del conjunto, tomado del tango «Flores Negras» de Francisco De Caro, condensa esa búsqueda de una connotación femenina dentro del corpus tradicional, antes que fuera de él.

Leída en conjunto, la poética de Fleurs Noires propone una idea de tradición que no se opone al cambio sino que lo requiere como condición de continuidad. Revisitar la identidad tanguera desde París, o reformular el lugar de la mujer en una orquesta típica son variaciones de una misma pregunta —qué pertenece a uno y qué se puede hacer con eso— que esta música deja deliberadamente abierta, tal como el tango mismo la dejó abierta desde su origen mestizo en el Río de la Plata.

El ensamble de artistas que cuenta con textos de Omar Marsili, en ésa oportunidad estará conformado por Andrea Marsili, piano, composición y dirección; Ana Carolina Poenitz, bandoneón; Verónica Votti, violoncello; Marion Chiron, bandoneón solo; Anne Le Pape, solo violin; Anne Vauchelet, doble bas;, Solenne Turquet, violín; Andrea Pujado, Violín; Camille Chardon en viola y Lucia Caggiola, bandoneón.