EL ACUERDO MERCOSUR–UNIÓN EUROPEA

¿respuesta geopolítica, estrategia de hegemonía europea o regionalización sudamericana liderada por Brasil?

por Oscar Armanelli

“La verdadera seguridad no está en la sumisión, sino en la previsión”Pericles, Tucídides

INTRODUCCIÓN

La firma del Acuerdo de Asociación entre el MERCOSUR y la Unión Europea (UE), el 17 de enero de 2026 en Paraguay, constituye uno de los tratados birregionales más ambiciosos negociados en las últimas décadas, tanto por su alcance económico como por su dimensión política y estratégica. Iniciado formalmente en 1999, el acuerdo se inscribe en un contexto de transformación del orden internacional, caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la fragmentación del comercio global y la creciente politización de las cadenas de valor (European Parliament, 2025).

El anuncio del Acuerdo de Asociación entre el MERCOSUR y la Unión Europea se produce en un contexto internacional caracterizado por una creciente repolitización del comercio, la intensificación de las disputas hegemónicas y el debilitamiento del multilateralismo liberal que estructuró el orden internacional de la posguerra. En este escenario, América Latina ha dejado de ocupar un lugar periférico para convertirse en un espacio de competencia geopolítica directa, particularmente en el hemisferio occidental, tradicionalmente considerado por Estados Unidos como una zona de influencia prioritaria (Fontevecchia, 2025).

Desde esta perspectiva, el acuerdo MERCOSUR–UE trasciende su dimensión estrictamente comercial y adquiere una significación estratégica, al inscribirse en una coyuntura marcada por el endurecimiento de la política exterior estadounidense y el despliegue de una lógica de control geoeconómico y político sobre la región.

Desde el año 1999 donde se comenzó con este proceso del acuerdo hasta el presente, en el siguiente gráfico observamos que inicialmente desde el 2000 hasta el 2012 la balanza comercial fue positiva hacia el MERCOSUR pero desde el 2013 hasta el 2025 fue negativa; por ello fundamentamos que más allá de su dimensión estrictamente comercial adquiere significación estratégica en términos de la crisis al multilateralismo y los aranceles fijados por la administración Trump.

GRÁFICO DE LA BALANZA COMERCIAL ENTRE MERCOSUR Y UE ENTRE EL AÑO 2000 Y 2025.
(FUENTE: MERCOSUR, 2026)

La reciente intervención de Washington en Venezuela, así como las amenazas explícitas dirigidas a gobiernos de América Latina (México y Colombia) y a aliados europeos, han sido interpretadas por diversos analistas como señales de una estrategia orientada a reafirmar una hegemonía hemisférica basada en la coerción, el unilateralismo y el control de recursos estratégicos, en particular energéticos, muy bien explicitados en su NSS 2025.

En este contexto, Brasil emerge como un actor central; no solo por su peso económico —al concentrar la mayor parte del producto y de la población del MERCOSUR—, sino también por su rol como articulador de una política exterior orientada a la autonomía estratégica y al multilateralismo, en diálogo simultáneo con Europa, China y el Sur Global.

Cualquier reconfiguración del orden regional impulsado desde Washington requiere, para ser viable, neutralizar o cooptar a Brasil, lo que explica la creciente presión política, discursiva y simbólica sobre el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva, que se acrecentará este año cuando en octubre se celebren las elecciones presidenciales y donde EE.UU. influirá en las mismas acompañado desde Argentina por Milei que prefiere al hijo de Jair Bolsonaro.

En este sentido, el Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea puede interpretarse como una respuesta geopolítica indirecta frente al avance de un proyecto hegemónico unilateral, pero también como una apuesta europea por recuperar capacidad de influencia global y reafirmar su autonomía estratégica frente a Estados Unidos. Al mismo tiempo, el acuerdo refuerza la regionalización sudamericana encabezada por Brasil, al consolidar al MERCOSUR como un actor colectivo relevante en el comercio y la política internacional, evitando su fragmentación en acuerdos bilaterales asimétricos.

Así, la firma del acuerdo plantea un interrogante central que estructura este trabajo: ¿se trata fundamentalmente de una reacción geopolítica frente a la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental, de un intento europeo por reconstruir su hegemonía normativa y económica, o de una herramienta de afirmación regional sudamericana liderada por Brasil? La respuesta, como se argumentará a lo largo del artículo, remite a una combinación de estas dimensiones, en un escenario donde el comercio se ha convertido en un instrumento clave de la seguridad multidimensional y de la disputa por el orden internacional. Para poder interpretar correctamente estos escenarios desarrollamos el siguiente marco teórico.

MARCO TEÓRICO

El análisis del Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea se apoya en un enfoque teórico ecléctico, que articula aportes de la geopolítica crítica, la geoeconomía, la teoría de la seguridad multidimensional y los enfoques contemporáneos sobre regionalismo y autonomía estratégica. Esta combinación resulta pertinente para comprender un acuerdo que trasciende la liberalización comercial y se inscribe en una disputa más amplia por el poder, la influencia y la gobernanza del orden internacional.

a. Geopolítica y competencia por el orden internacional.

Desde una perspectiva clásica, la geopolítica analiza la relación entre poder, territorio y recursos estratégicos en el sistema internacional (Mackinder, 1904; Mearsheimer, 2014). En el contexto contemporáneo, esta lógica se ha complejizado, incorporando dimensiones económicas, normativas y tecnológicas.

La competencia entre Estados Unidos, la Unión Europea y China en América Latina puede interpretarse como una disputa por espacios de influencia geopolítica, donde el comercio y la inversión funcionan como instrumentos de poder. Tal como señala Mearsheimer (2014), las grandes potencias buscan maximizar su seguridad y preservar su esfera de influencia, incluso mediante mecanismos no militares.

Desde esta óptica, el Acuerdo MERCOSUR–UE se inserta en una lógica geopolítica de balance indirecto, al introducir a la Unión Europea como actor estructural en una región históricamente prioritaria para Estados Unidos.

b. Geoeconomía y politización del comercio

El concepto de geoeconomía resulta central para este análisis. Blackwill y Harris (2016) definen la geoeconomía como el uso de instrumentos económicos para promover objetivos geopolíticos, incluyendo acuerdos comerciales, inversiones, sanciones y control de cadenas de suministro.

En el escenario actual, el comercio internacional ha dejado de ser un ámbito neutral para convertirse en un espacio de competencia estratégica, donde los acuerdos comerciales; refuerzan alianzas políticas; proyectan poder normativo y reducen vulnerabilidades estratégicas (Farrell & Newman, 2019).

El Acuerdo MERCOSUR–UE responde a esta lógica geoeconómica, al buscar diversificar dependencias, asegurar recursos estratégicos y consolidar vínculos políticos de largo plazo entre ambas regiones.

c. Seguridad multidimensional

El enfoque de seguridad multidimensional, promovido institucionalmente en América Latina a partir de la Declaración sobre Seguridad en las Américas (OEA, 2003), amplía el concepto tradicional de seguridad más allá de la dimensión militar, incorporando variables económicas, sociales, ambientales y políticas.

Desde esta perspectiva, la seguridad económica y la estabilidad regional son componentes centrales de la seguridad internacional. Buzan, Wæver y de Wilde (1998) sostienen que los problemas económicos pueden securitizarse cuando son percibidos como amenazas existenciales para el Estado o el orden regional.

Brasil adopta explícitamente este enfoque en su Política Nacional de Defensa, donde la integración regional y el desarrollo económico aparecen como pilares de la seguridad nacional ampliada (Ministerio da Defesa, 2020). El MERCOSUR y el acuerdo con la UE se inscriben, así, en una lógica de prevención de vulnerabilidades estructurales.

d.  Regionalismo, regionalización y regionalismo abierto

La literatura distingue entre regionalismo —entendido como un proyecto político-institucional— y regionalización, concebida como un proceso económico y social de creciente interdependencia (Hurrell, 1995).

En América Latina, el regionalismo ha adoptado diversas formas, desde esquemas cerrados de sustitución de importaciones hasta enfoques de regionalismo abierto, que combinan integración regional con apertura al comercio global (CEPAL, 1994).

Sin embargo, autores contemporáneos advierten que el regionalismo abierto ha evolucionado hacia modelos más complejos, en los que la integración regional cumple también funciones geopolíticas y de seguridad (Sanahuja, 2021). En este sentido, el Acuerdo MERCOSUR–UE puede interpretarse como una herramienta de regionalismo abierto estratégico, que refuerza la cohesión regional sin renunciar a la inserción global.

e. Autonomía estratégica

El concepto de autonomía estratégica ha sido desarrollado tanto en Europa como en América Latina para describir la capacidad de los actores de tomar decisiones soberanas en un contexto de interdependencia (Sanahuja, 2021; Tocci, 2021).

Para Brasil, la autonomía estratégica no se concibe de manera aislada, sino como un proyecto colectivo regional, donde el MERCOSUR actúa como multiplicador de poder (Spektor, 2019). Desde esta óptica, la negociación conjunta con la Unión Europea fortalece la capacidad sudamericana de actuar con mayor margen frente a las grandes potencias.

f. Poder normativo y hegemonía regulatoria

Finalmente, el análisis incorpora el concepto de poder normativo, desarrollado por Manners (2002), que describe la capacidad de la Unión Europea para influir en el comportamiento de otros actores mediante la difusión de normas, valores y estándares regulatorios.

El Acuerdo MERCOSUR–UE refleja esta lógica, al incluir compromisos ambientales, laborales y regulatorios que proyectan el modelo europeo más allá de sus fronteras. Esta hegemonía normativa constituye una forma específica de poder, complementaria a las dimensiones económica y geopolítica.

En conjunto, este marco teórico permite comprender el Acuerdo MERCOSUR–UE como un instrumento geoeconómico de competencia estratégica, pero al mismo tiempo como un mecanismo de seguridad multidimensional, posibilitando una herramienta de autonomía estratégica colectiva y un vector de regionalización sudamericana liderada por Brasil, pero consolidará un dispositivo de hegemonía normativa europea. Esta combinación teórica resulta clave para analizar un acuerdo que no responde a una única lógica, sino a la convergencia de intereses y estrategias en un sistema internacional en transformación.

ACTORES, INTERESES Y ESTRATEGIAS EN LA ARQUITECTURA GEOECONÓMICA DEL MERCOSUR–UNIÓN EUROPEA

El Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea debe ser analizado a partir de la interacción de múltiples actores con capacidades, intereses y racionalidades estratégicas diferenciadas, cuyas conductas no responden exclusivamente a incentivos comerciales, sino a consideraciones geopolíticas, geoeconómicas y de seguridad multidimensional. En un contexto internacional caracterizado por la politización del comercio y la competencia entre grandes potencias, los Estados y bloques regionales utilizan los acuerdos comerciales como instrumentos para proyectar poder, reducir vulnerabilidades estructurales y ampliar márgenes de autonomía estratégica (Blackwill & Harris, 2016; Farrell & Newman, 2019). Desde esta perspectiva, el MERCOSUR–UE constituye una arquitectura geoeconómica compleja en la que convergen —y en ocasiones colisionan— los objetivos normativos y de autonomía estratégica de la Unión Europea, la estrategia brasileña de liderazgo regional y seguridad multidimensional, la lógica hemisférica de Estados Unidos y los intereses de inserción global y estabilidad sistémica de China, junto con las demandas de seguridad económica de los socios menores del bloque sudamericano.

Brasil: liderazgo regional, autonomía estratégica y seguridad multidimensional

Brasil es el principal actor económico del MERCOSUR y concentra, de manera sostenida, más del 70% del comercio exterior agregado del bloque, tanto en exportaciones como en importaciones. En el período 2024–2025, Brasil mantuvo un patrón de diversificación comercial, con China como principal destino de exportaciones, seguida por la Unión Europea y Estados Unidos, mientras que las importaciones se distribuyeron entre Asia, Europa y América del Norte (CEPAL, 2024; UN Comtrade, 2025).

Desde la perspectiva de la seguridad multidimensional, esta estructura comercial refuerza la estrategia brasileña de reducción de dependencias críticas, uno de los ejes centrales de su Política Nacional de Defensa (Ministerio da Defesa, 2020). El acuerdo MERCOSUR–UE contribuye a esta lógica al consolidar un canal institucionalizado con Europa que complementa —sin sustituir— la interdependencia con China, ampliando los márgenes de autonomía estratégica brasileña en un entorno global volátil (Spektor, 2019; Sanahuja, 2021).

Unión Europea: autonomía estratégica abierta y aseguramiento de suministros

Para la Unión Europea, el MERCOSUR representa un socio comercial relevante, aunque no dominante, particularmente en sectores estratégicos como agroindustria, energía, minerales críticos y bienes intermedios industriales. En 2024, el comercio UE–MERCOSUR mostró una tendencia creciente en exportaciones sudamericanas hacia Europa, impulsada por productos agrícolas y manufacturas de origen industrial brasileño, mientras que las importaciones desde la UE se concentraron en bienes de capital, tecnología y productos farmacéuticos (European Commission, 2025; Eurostat, 2025).

Desde un enfoque geoeconómico, esta relación permite a la UE diversificar cadenas de suministro en un contexto de tensiones comerciales con Estados Unidos y China, reforzando su estrategia de autonomía estratégica abierta (Tocci, 2021). La incorporación de estándares regulatorios en el acuerdo busca reducir riesgos sistémicos y garantizar previsibilidad normativa en un socio comercial con capacidad exportadora significativa.

Estados Unidos: peso relativo decreciente y respuesta geoeconómica indirecta

Aunque Estados Unidos continúa siendo un socio comercial importante para el MERCOSUR, su participación relativa en el comercio del bloque ha disminuido gradualmente frente al avance de Asia y la consolidación de la Unión Europea como socio estratégico. En 2024–2025, Estados Unidos mantuvo una posición relevante como origen de importaciones —particularmente bienes tecnológicos y energéticos—, pero perdió centralidad como destino exclusivo de exportaciones sudamericanas (IMF DOTS, 2025).

Desde la lógica de la hegemonía hemisférica, este desplazamiento relativo refuerza la percepción en Washington de una erosión de su influencia económica estructural en América del Sur. El Acuerdo MERCOSUR–UE, al institucionalizar vínculos birregionales alternativos, actúa como un mecanismo de balance geoeconómico suave, limitando la capacidad estadounidense de utilizar el comercio como instrumento de disciplinamiento político (Mearsheimer, 2014; Blackwill & Harris, 2016).

China: principal socio comercial y observador estratégico del acuerdo

China se consolidó en 2024–2025 como el principal socio comercial individual del MERCOSUR, especialmente de Brasil y Argentina, absorbiendo una proporción sustantiva de exportaciones sudamericanas, centradas en soja, minerales, energía y alimentos. Al mismo tiempo, China es uno de los principales proveedores de manufacturas, bienes de capital y tecnología para la región (CEPAL, 2024; UN Comtrade, 2025).

Desde la perspectiva china, el Acuerdo MERCOSUR–UE no altera de manera inmediata esta interdependencia, pero introduce un factor de competencia normativa en el espacio sudamericano. Mientras China ha privilegiado una inserción basada en la no condicionalidad política, la UE promueve estándares regulatorios más exigentes. Para Beijing, el acuerdo puede contribuir a una mayor estabilidad institucional del MERCOSUR —beneficiosa para el comercio—, aunque también exige monitorear eventuales efectos de desvío comercial o alineamientos regulatorios europeos que puedan afectar el acceso al mercado sudamericano (Farrell & Newman, 2019).

Los socios menores: vulnerabilidad estructural y seguridad económica

Las economías menores del MERCOSUR, como Uruguay y Paraguay, presentan una alta dependencia del comercio exterior en relación con su producto interno bruto y una estructura exportadora concentrada en pocos mercados y productos. En 2024–2025, estos países mostraron una fuerte exposición a variaciones de demanda externa y precios internacionales, lo que refuerza su preocupación por la seguridad económica y la necesidad de diversificar acuerdos comerciales (CEPAL, 2024).

Desde esta perspectiva, la demanda uruguaya de mayor flexibilidad negociadora responde a una lógica de mitigación de riesgos económicos. Sin embargo, desde el enfoque brasileño de autonomía estratégica colectiva, la fragmentación del bloque podría reducir la capacidad de negociación conjunta y aumentar la dependencia individual de potencias extra-regionales (Sanahuja, 2021). El acuerdo MERCOSUR–UE aparece, así como una solución intermedia que amplía mercados sin desarticular la arquitectura regional. La evidencia comercial de 2024–2025 confirma que el MERCOSUR es un actor geoeconómico relevante, con vínculos diversificados y capacidad de maniobra estratégica. El Acuerdo MERCOSUR–UE se inserta en este entramado como: un instrumento de seguridad económica para Brasil y los socios mayores, pero también como una herramienta de autonomía estratégica abierta para la UE, paralelamente un desafío indirecto a la centralidad hemisférica de Estados Unidos, y un factor de estabilidad —aunque también de competencia normativa— para China.

ASPECTOS GEOPOLÍTICOS DEL ACUERDO UE-MERCOSUR

El Acuerdo, si se ratifica, será el más grande de su tipo, con un valor comercial de 110 mil millones de euros y abarcando 31 países y se enfoca en el pilar político, que incluye diálogo y cooperación, excluyendo provisiones comerciales.

Entre los desafíos geopolíticos tenemos que Europa enfrenta presiones geopolíticas más intensas que Mercosur, lo que explica reacciones menos contundentes de los países de Mercosur. La reducción de la asistencia y el compromiso de EE. UU. afecta a ambas regiones, pero Europa sufre más por la política tarifaria estadounidense. (Malamud y Schenoni, 2025).

La retirada de EE. UU. de su papel de liderazgo internacional afecta la seguridad y economía de Europa, mientras que Mercosur enfrenta menos presión directa, aunque la aplicación de la NSS 2025, otorga prioridad al Hemisferio Occidental, paralelamente depende más de China para sus exportaciones, lo que complica su relación con EE. UU. y puede limitar su capacidad de respuesta.

También debemos tener presente que la invasión de Ucrania por Rusia representa una amenaza a la integridad territorial y a las normas internacionales y tanto la UE y América Latina dependen de un orden multilateral, y la erosión de estas normas aumenta su vulnerabilidad.

Ante estas presiones se recomiendas ciertas medidas políticas para facilitar la ratificación del Acuerdo, como reducir la burocracia y promover conexiones informales entre líderes y para ello es crucial construir coaliciones de apoyo y responder a las fracturas en la oposición al Acuerdo para fortalecer la cooperación interregional.

Debemos tener presente que tanto la fragmentación interna en la UE y Mercosur dificulta una voz unificada en política exterior. En Mercosur, la gobernanza es interpresidencial, lo que complica el progreso ante diferencias políticas y la polarización democrática en ambas regiones afecta la legislación y el apoyo popular para políticas ambiciosas. Ante estos escenarios se abren oportunidades compartidas y cooperación; la retirada de EE. UU. de compromisos multilaterales ofrece incentivos para que la UE y Mercosur exploren nuevas formas de cooperación, donde ciertas áreas como la cooperación en defensa, no proliferación nuclear, financiamiento del desarrollo y ciencia son áreas clave. Mercosur puede ser un mercado para la industria de defensa europea, con Brasil buscando diversificación. (Malamud y Schenoni, 2025).

EL ACUERDO MERCOSUR–UNIÓN EUROPEA: FIRMA, RATIFICACIÓN Y ESCENARIOS ESTRATÉGICOS

La firma del Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea el 17 de enero en Paraguay constituye un hito político relevante, pero no implica su entrada inmediata en vigor. El verdadero impacto del acuerdo dependerá de un proceso complejo de ratificación, especialmente en la Unión Europea, donde existen riesgos significativos de bloqueo político. En el corto plazo, el acuerdo funciona principalmente como una señal geopolítica; en el largo plazo, puede convertirse en un instrumento estructural de seguridad económica y reconfiguración del equilibrio estratégico en América del Sur. Para China, el acuerdo no representa una amenaza directa, pero sí un factor relevante a monitorear por su impacto en la presencia normativa europea y en la autonomía estratégica regional liderada por Brasil.

DE LA FIRMA A LA VIGENCIA: PASOS INSTITUCIONALES CLAVE

La firma del acuerdo constituye un acto político-diplomático que confirma el cierre de las negociaciones, pero no genera obligaciones jurídicas plenas. Tras la firma, se inicia un proceso en varias etapas:

  • Revisión jurídica y traducciones oficiales, necesarias para la aprobación formal en la UE.
  • Ratificación en los Estados parte del MERCOSUR, conforme a sus procedimientos constitucionales. Brasil resulta el actor central por su peso económico y político.
  • Ratificación en la Unión Europea, considerada la fase más crítica. El acuerdo es de naturaleza “mixta”, lo que exige la aprobación del Consejo de la UE, aprobación del Parlamento Europeo y la ratificación por los 27 parlamentos nacionales (y en algunos casos regionales).

Este diseño institucional convierte a la UE en el principal cuello de botella del proceso. Sectores agrícolas, partidos verdes y actores subnacionales han manifestado objeciones, especialmente en relación con estándares ambientales y competencia agroindustrial.

ESCENARIO DE CORTO PLAZO (2025–2027): APLICACIÓN LIMITADA Y FUNCIÓN GEOPOLÍTICA

En el corto plazo, la entrada en vigor plena del acuerdo es poco probable. El escenario más realista es una aplicación provisional parcial, centrada en el pilar comercial, mientras continúan los procesos de ratificación en Europa. Entre las características principales en este escenario podemos observar beneficios comerciales acotados y graduales, que implicará un alto valor simbólico y político para el MERCOSUR; pero paralelamente se intensificará el debate interno en la UE; en definitiva, el uso del acuerdo se dará más como señal estratégica más que como instrumento económico inmediato.

Desde la perspectiva de la seguridad económica, el acuerdo refuerza la capacidad del MERCOSUR —especialmente de Brasil— de diversificar socios y reducir dependencias críticas. En términos geopolíticos, introduce un mecanismo de balance suave frente a la influencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental, sin derivar en confrontación directa.

Para China, el impacto en el corto plazo es limitado. El patrón comercial del MERCOSUR en 2024–2025 muestra que China sigue siendo el principal socio individual del bloque, particularmente de Brasil. El acuerdo con la UE no altera esta realidad estructural, pero sí aumenta la previsibilidad normativa del entorno regional.

ESCENARIO DE LARGO PLAZO (2028–2035): DOS TRAYECTORIAS POSIBLES

Escenario A: ratificación plena y consolidación estratégica (optimista)

Si el acuerdo logra superar los obstáculos políticos europeos, puede transformarse en un pilar de la arquitectura económica birregional. Ello consolidará al MERCOSUR como actor geoeconómico relevante y posibilitará el refuerzo del liderazgo regional de Brasil y de su estrategia de autonomía estratégica colectiva, paralelamente permitirá la recuperación de influencia de la UE en América del Sur mediante poder normativo y comercial.

En este escenario, el acuerdo trasciende su carácter comercial y se convierte en un instrumento de seguridad multidimensional, al fortalecer la estabilidad institucional, la integración regional y la diversificación de vínculos externos.

Escenario B: estancamiento prolongado (realista-crítico)

Un bloqueo sostenido en la UE podría impedir la ratificación plena durante años, mientras tanto el acuerdo permanece como marco político sin implementación efectiva; pero ello erosionaría la credibilidad de la UE como actor estratégico global. El MERCOSUR profundizaría su orientación hacia Asia, especialmente hacia China, y hacia acuerdos flexibles con otros socios, impulsados por Uruguay y Paraguay; aumentando la fragmentación interna del bloque, con mayores demandas de flexibilización. Para China, este escenario refuerza su posición como socio económico dominante, pero también incrementa la responsabilidad de gestionar una interdependencia más profunda con una región institucionalmente fragmentada.

EVALUACIÓN ESTRATÉGICA DESDE UNA PERSPECTIVA CHINA

Desde el punto de vista de China, el Acuerdo MERCOSUR–UE debe interpretarse como un fenómeno geoeconómico estructural, no como un alineamiento geopolítico excluyente. No desplaza a China como principal socio comercial del MERCOSUR y contribuye a la estabilidad institucional regional, favorable para la inversión y el comercio. Al mismo tiempo refuerza el papel de Brasil como actor autónomo, no subordinado a una sola potencia; aunque en el 2026 tenga presiones en las elecciones de octubre para desplazar a Lula e impedir su cuarto mandato. El acuerdo no constituye una respuesta directa a la política estadounidense, pero sí limita la posibilidad de una hegemonía hemisférica exclusiva, coherente con un orden internacional más multipolar. Aunque el Hemisferio Occidental -así nombrado por EE. UU en su NSS (2025)- muestra dos bloques netamente diferenciados: por un lado, México, Brasil, Colombia, siendo los países con mayor población y en términos de comercio internacional de la región; y por el otro lado un bloque encabezado por Argentina que muestra un alineamiento con EE. UU.

CONCLUSIÓN

Brasil aparece entonces como una hipótesis por su capacidad objetiva de torcer equilibrios por su tamaño económico, liderazgo regional y poseer una política exterior en este mundo multipolar.

El acuerdo del Mercosur-Unión Europea, funciona como un gesto de insubordinación estratégica tanto de Europa continental como de Brasil; un límite a quienes se creen emperadores del mundo, como podría ser Trump.

La trayectoria política de Lula está marcada por la negociación, el pragmatismo, la construcción de consensos amplios tanto dentro de Brasil como en el plano internacional. Incluso en sus momentos de mayor confrontación con Washington, evitó siempre romper puentes. Apostó a una política exterior de equilibrios capaz de dialogar con Estados Unidos, con Europa, con China, el sur global, sin quedar subsumido dentro de ninguno de estos polos. La suerte de Lula no será solo la de un presidente, será la medida concreta si todavía queda margen, para un proyecto regional que no se arrodille ante la lógica hegemónica de la fuerza. La firma del Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea representa el inicio —no el final— de un proceso largo y políticamente incierto. En el corto plazo, su función principal es simbólica y geopolítica; en el largo plazo, puede convertirse en un instrumento relevante de seguridad económica y regionalismo abierto liderado por Brasil. Para China, el acuerdo no es una amenaza, sino una variable estratégica adicional en la evolución del equilibrio de poder y de la gobernanza económica en América del Sur.

Por otra parte, el escenario de enero de 2026 marca el acta de defunción del multilateralismo institucional en el hemisferio occidental y su sustitución por una arquitectura de colisión. La firma del Acuerdo MERCOSUR–Unión Europea; el 17 de enero no debe interpretarse como un triunfo del libre comercio, sino como una maniobra de insurgencia diplomática frente a la bidimensionalidad impuesta por el duopolio Washington-Beijing. En un mundo donde la administración Trump ha «vaciado» el sistema de reglas mediante el Memorando del 7 de enero, la UE y el MERCOSUR intentan construir una legibilidad propia que les permita sobrevivir fuera de la tutela absoluta de la NSS 2025.

Esta «fragmentación defensiva» ha forzado a los actores regionales a adoptar posturas de realismo extremo. Mientras Argentina navega una lealtad transaccional —utilizando su alineamiento con el «Eje del Corolario Trump» como escudo político mientras respira financieramente a través de Beijing—, Brasil ha comprendido que la soberanía en 2026 no se defiende en los foros, sino en la disuasión dura. El cuestionamiento del Tratado de No Proliferación (TNP) y el avance del submarino de propulsión nuclear Álvaro Alberto son la respuesta lógica de una potencia media que se descubre vulnerable ante la capacidad de intervención directa de Estados Unidos en su frontera.

En última instancia, el éxito del acuerdo UE-MERCOSUR dependerá de su capacidad para resistir la “Interdependencia Armada” (Farrell & Newman, 2019). Si Washington percibe este pacto como una violación a la «Doctrina Monroe», el bloque enfrentará una presión que pondrá a prueba la cohesión de sus miembros, por cierto, muy debilitada actualmente por las posiciones opuestas entre Milei y Lula y el reclamo de flexibilización comercial de Uruguay y Paraguay.

El 2026 será recordado como el año en que América Latina y Europa intentaron, mediante un «golpe de suerte geopolítico», reclamar su derecho a ser sujetos y no meros tableros de la historia. La moneda está en el aire: o el acuerdo se consolida como un tercer polo de estabilidad, o terminará siendo el catalizador de una intervención sistémica que forzará a la región a una capitulación táctica definitiva.

GB(R) Dr Oscar Armanelli

Oscar Armanelli es Doctor en Ciencia Política y en Defensa Nacional

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