por Sayed Hafiz
La política internacional se nos presenta hoy en día como un arte escénico en el que los intérpretes nos invitan a descubrir sus principales recursos expresivos de forma ambigua, aunque los elementos narrativos grotescos y la posverdad —infiltrada en la realidad— quedan eclipsados por las evidencias irrefutables de la guerra.
A lo largo del conflicto en proceso, que se remonta a muchos años atrás y que se manifiesta con intensidades variables en los ámbitos diplomático, militar y económico, se ha generado una diafonía o ‹‹crosstalk››, con la que se han agredido y vulnerado principalmente a las sociedades de Oriente Próximo, con una exacerbación puntual desde el inicio de la segunda administración Trump, quien ha verbalizado y puesto en marcha el plan de «obliterar» al régimen Iraní, buscando desintegrar a su élite religiosa, militar y política. En este caso, junto a su aliado regional Israel y la tácita aquiescencia —desde las entrañas de las estructuras del poder fáctico regional— de los países del Golfo Árabe, que hoy vemos cómo reciben el castigo directo del fuego iraní, alterando principalmente la dinámica económica y la estabilidad que constituían el eje sobre el que descansaba el colosal desarrollo de estas naciones.
Sin duda, la opinión mayoritaria entre los líderes de la región es que Oriente Próximo cambiará radicalmente y que esta situación de violencia masiva marcará un punto de inflexión político, sobre todo en los ámbitos decisorios diplomáticos y de seguridad regional. Al día de hoy, con el conflicto aún en curso, habrá un antes y un después en la reconfiguración de las relaciones bilaterales con Irán y se percibe, a priori, un nuevo balance de poder regional; en el cual, Israel podría tomar protagonismo mayor si logra vencer a Irán.
Según numerosas figuras políticas y magnates de renombre de países árabes, el Gobierno iraní ha traspasado todos los límites con sus ataques contra objetivos civiles, productivos, misiones diplomáticas y bases militares propias y americanas. A modo de nota analítica, no debemos olvidar aquí la guerra de Yemen iniciada en 2015 contra los hutíes, que, como sabemos, son leales al régimen iraní, y que fue liderada por una coalición entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Si bien esta guerra no enfrentó directamente a los dos países árabes contra Irán, dejó una clara huella bélica de que no aceptarían la expansión de la influencia del Ayatolá en los territorios del Golfo. En la misma línea, el ataque de Hamás denominado «Operación Tufán Al-Aqsa», perpetrado el 7 de octubre de 2023, y la represalia israelí contra dicha organización y la población civil palestina han agravado la crisis, en la que también figuran como protagonistas principales Israel e Irán, asunto que ha deteriorado las relaciones diplomáticas regionales debido a la incapacidad para alcanzar acuerdos de paz. Tampoco hay que olvidar la guerra de los 12 días de junio de 2025, en la que participaron Israel y Estados Unidos contra Irán, los hutíes y las organizaciones del Eje de la Resistencia en varios puntos de la región. Este conflicto fue el preludio del enfrentamiento actual, iniciado el 28 de febrero de 2026.
Secuencias de una ecuación con resultados negativos asegurados.
Podríamos definir algunas secuencias importantes del conflicto actual y la conducta de los mandatarios implicados a la hora de trazar y ajustar la ecuación de sus decisiones y acciones sobre el terreno. La primera secuencia incluyó la anunciada emboscada diplomática de Donald Trump durante febrero de 2026, en la que se había establecido un foro de negociación indirecto con Irán para evitar la escalada militar basado en exigencias sobre su programa nuclear (mediado por el Sultanato de Omán) que itineró entre Mascate y Ginebra; acto seguido, los gobiernos de Estados Unidos e Israel se impusieron la tarea de eliminar al régimen, desmantelando al mismo tiempo las aspiraciones nucleares y el programa de misiles balísticos iraníes; este último objetivo era crucial para Israel y se incluyó en la agenda de temas durante el fallido proceso de negociación. La primera ofensiva fue contundente, con el asesinato del ayatolá Alí Jamenei y otros miembros de la cúpula del poder. Lo mismo ocurrió con los bombardeos contra infraestructuras civiles y militares sensibles. Cabe destacar que, en estos ataques sobre territorio iraní, también se bombardearon objetivos clave del sistema de seguridad interna de Basij y sedes políticas que, según algunos analistas, podrían facilitar un futuro levantamiento interno.
Una posterior secuencia perceptible que surgió a lo largo de la segunda semana del conflicto fue esbozada también por Trump y Netanyahu, quienes reevaluaron sus ambiciones ante la realidad de la guerra y declararon que el régimen había quedado debilitado, pero que no sería derrocado a corto plazo, transfiriendo esa responsabilidad a la sociedad iraní y planteando posibles escenarios de revueltas internas (aunque podemos constatar que los ataques en Irán van a causar un daño incalculable que ningún gobierno podrá reparar fácilmente, incluso si la élite actual llegase a sucumbir). Declaraciones sorpresivas que decepcionaron a la oposición iraní en el exilio, dividida principalmente entre los monarquistas y nostálgicos, seguidores de Reza Pahlavi (auto apodado Príncipe Heredero), quien había declarado que «el pueblo le estaba concediendo la responsabilidad de gobernar» mientras bombardeaban su país. Y el otro grupo disidente que aspira a hacerse con el poder es el Consejo Nacional de Resistencia de Irán, liderado por Maryam Radjavi (ella además es la representante del grupo mayoritario, la Organización de los Muyahidines de Irán) y que se manifiesta al grito de «no queremos mulás ni un Sha, sino democracia».
Un dato llamativo es que, al mismo tiempo, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu solicitó al Presidente Isaac Herzog el indulto de los procesos judiciales por corrupción que tiene pendientes, en plena rueda de prensa en la que también describió el alcance de sus éxitos en la guerra. Herzog, aún ofendido porque Trump lo calificó de «débil y patético», afirmó que decidiría sobre el asunto sin presiones ni ruido. Esto no es un dato menor, ya que abrió el espectro a numerosas especulaciones sobre las causas del estallido de la crisis actual. Razones que podrían ser menores al hecho de que Irán juegue en el futuro la carta de la disuasión nuclear y le quite esa exclusividad a Israel. Demostrando que la élite israelí en el poder defiende intereses que no son del todo compatibles con la seguridad nacional del Estado.
No caben dudas que el Presidente Donald Trump, personificado como un líder claramente errático, intentó imponer una narrativa de victoria militar indiscutible enumerando datos sobre bombardeos y hundimientos de buques de la Armada iraní, pero no explicó la causa de la resiliencia del régimen para mantener el poder, activando su poder militar e institucional para atacar a todos los países de la región y elegir, al mismo tiempo, al nuevo Ayatolá Mojtaba Jamenei. Tampoco pudo exponer de forma objetiva cuáles fueron las causas que impulsaron la operación «Furia Épica» con el fin de defender los intereses de EE. UU. A posteriori, los desequilibrantes incidentes en el estrecho de Ormuz dejaron claro que la destrucción de objetivos militares, por sí mismos, no implica victoria alguna sobre los enemigos.
En medio del caos político, en el que los canales diplomáticos visiblemente se deterioraron ante las agresiones militares, los países árabes no declararon la guerra a Irán, al menos hasta ahora, por cuatro razones principales: la primera es que esta guerra fue decidida deliberadamente por Estados Unidos e Israel; en segundo lugar, porque no desean que el conflicto se intensifique y favorezca estratégicamente a Israel a mediano plazo; en tercer lugar, porque no podrían resistir una guerra de desgaste contra Irán si EE.UU se retirase; y en cuarto lugar, porque buscan normalizar la actividad económica lo antes posible y detener las pérdidas multimillonarias causadas por la distorsión del comercio originada desde el inicio del conflicto militar. Debemos aclarar que los impactos negativos no solo se reducen al mercado energético, sino también al financiero, los minerales, la logística internacional, el turismo y la seguridad alimentaria, entre los más destacados. Como estamos percibiendo, estos rápidos daños tienen una escala global.
Un factor ineludible a considerar es que los líderes árabes interpretan que el ataque a sus países también sirve de elemento de presión internacional para que Israel y Estados Unidos detengan las agresiones a Irán. Algunas filtraciones en los medios revelaron que, ya en el fatídico transcurso de la segunda semana de guerra, los países árabes, especialmente el Reino de Arabia Saudí, presionaban a Trump para que lograra una capitulación total del régimen iraní con el fin de reducir futuras agresiones.
Ahora bien, sería pertinente preguntarnos ¿cuál es la posición de Irán frente a este armagedón?
Más allá de las narrativas, debemos comprender que Irán no ha llegado a esta situación de crisis extrema únicamente por causas externas. Hubo errores cometidos por la propia élite que aceleran vertiginosamente su aislamiento internacional, pero sobre todo dentro de Oriente Próximo. Decisiones que repercuten de lleno a nivel interno, como un boomerang. El Dr. Abdulaziz Al-Owaishq, Secretario Adjunto del Consejo de Cooperación del Golfo sintetiza algunos puntos interesantes que explican la crisis actual de Irán diciendo que, la Estrategia de Defensa Avanzada ejecutada por Teherán en las últimas décadas, que le facilitó proteger su territorio nacional —trasladando la guerra hacia otros países a través de sus aliados de vanguardia— fracasó ya que muchos han desaparecido o han sido debilitados y no pueden contrarrestar las amenazas israelíes. Por otro lado, esta estrategia ha debilitado el desarrollo nacional debido a la militarización de la economía, que se suma a las restricciones y embargos internacionales.
Si recordamos, el último levantamiento opositor tuvo en su matriz principal causas económicas objetivas, aunque las operaciones de inteligencia externas amplificaron la violencia y la reacción del aparato de seguridad iraní.
No obstante, está claro que el Gobierno iraní sigue teniendo la capacidad de mantener el poder político y de contraatacar militarmente con su plan de contingencia en mosaico, a pesar de haber gastado parte de su arsenal de misiles y otras armas, así como de haber perdido muchos de ellos a manos de Estados Unidos e Israel. Además, ha demostrado su capacidad para controlar a la población y evitar, por el momento, la fragmentación territorial, consciente de su diversidad tribal y de que Estados Unidos intenta involucrar a los kurdos en la guerra.
Al analizar la situación, sólo hemos podido observar la vertiginosa escalada y expansión territorial del conflicto, que ha afectado a más países y ha incorporado al combate a actores como Hezbolá en Líbano y Kataeb Hezbolá en Iraq, lo que ha obligado a Israel a abrir otro frente hacia el norte, con las amenazas de una invasión terrestre masiva en Líbano. Con el correr de los días, corrió el rumor que podría entrar en guerra Siria de la mano del Presidente Ahmad el Charaa contra Hezbolá. Los gobiernos árabes también están vigilando de cerca la situación en Yemen, ante la posibilidad de que los hutíes bloqueen el estrecho de Bab el-Mandeb si la guerra continúa, con el fin de afectar a las rutas del Mar Rojo.
Por parte de Irán, tanto el Presidente Masoud Pezeshkian como en los sucesivos partes de prensa de la Sede del Cuartel General Central Khatam al-Anbiya (que responden directamente al Ayatolá y a los altos mandos de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria) han declarado de forma beligerante que este conflicto continuará, abriendo una nueva etapa de desgaste en la que pueden ser más frecuentes los ataques contra intereses civiles y económicos. Aunque Estados Unidos muestra el deseo de retirarse, parece que es indispensable para la narrativa estadounidense resolver y estabilizar el bloqueo parcial de Ormuz.
Hasta el último momento sabemos que Irán controla y define qué buques pueden transitar y a cuáles se les prohíbe el paso. Por lo que muchos gobiernos ya han dejado de esperar a Trump y han entablado líneas de negociación sobre este asunto con el Gobierno iraní.
En realidad, esta guerra cuenta con cientos de aspectos para analizar, aunque, de momento, podemos ver que la odisea de Donald Trump y Netanyahu no parece que vaya a materializarse fácilmente. La especulación inicial de que el asesinato del Ayatolá Ali Jamenei y la amedrentación de los bombardeos desencadenarían una explosión interna de revueltas no se ha cumplido; en este sentido, las impostadas arengas de ambos líderes no animaron al pueblo iraní a derrocar al régimen.
En sincronía, la petición de compromiso e intervención que Trump ha dirigido a los gobiernos europeos de la OTAN y a los gobiernos asiáticos de la ASEAN para liberar el estrecho de Ormuz pone de manifiesto el error que supone esta guerra a la hora de evaluar las consecuencias en la toma de decisiones del presidente estadounidense. Pero, al mismo tiempo, pone en relieve una lógica mafiosa en la que Trump desató una guerra junto a Israel, afectó a las demás naciones y luego quiso involucrarlas en el combate para arreglar sus errores y reducir los costes militares y políticos. En este sentido, el exsecretario Antony Blinken afirmó que esta guerra podría dejar a EE. UU. en una posición de debilidad frente a Rusia y China. Una declaración importante que hay que tener en cuenta es la del ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, quien afirmó rotundamente que esta guerra tiene como objetivo apoderarse del uranio enriquecido y del petróleo iraní. No obstante, cabe subrayar que la guerra ha beneficiado directamente a Rusia tras la flexibilización de las sanciones petroleras impuestas por EE. UU. para mitigar el impacto en el abastecimiento de la demanda internacional, lo que abre la brecha de ventas potenciales de 100 millones de barriles rusos. También se habla paradójicamente de levantar las sanciones al petróleo iraní para bajar el precio.
En este laberinto, EE.UU. no puede darse el lujo de perder la guerra para no desintegrar el precoz discurso triunfalista de Trump y quedar en evidencia que, la potencia militar más relevante del mundo en manos de un Presidente ineficaz, sea cuestionada, principalmente por China. Por otro lado, Israel e Irán tampoco quieren mostrar debilidades ni signos de derrota; esto se ve en la propaganda política sobre los resultados parciales de los bombardeos, especialmente para explicar y justificar este infierno ante sus sociedades; insistiendo que no se detendrán hasta vencer. Esta situación hace que la guerra siga escalando y que las apuestas bélicas sean totalmente apocalípticas. Por lo que estamos viendo, los escenarios que se avecinan son más sorprendentes y violentos de lo que se había especulado y la estela de destrucción podría dejar a los países con secuelas socioeconómicas severas.
(20/marzo/2026)

