1946: CÓMO SE GESTÓ EL TRIUNFO QUE CAMBIÓ LA ARGENTINA.

por Juan M. Romero

En febrero de 1946 Juan Domingo Perón ganó las elecciones nacionales y se consagró presidente por primera vez. Ese triunfo, del que hoy nos separan 80 años, significó la consolidación en la vida argentina del movimiento político que había aparecido de manera disruptiva pocos meses antes, en las jornadas de octubre del ‘45. ¿Cómo fue la historia de aquel primer triunfo electoral del peronismo y de qué nos habla hoy, casi un siglo más tarde?

Los comicios se celebraron el 24 de febrero de 1946. La fórmula Juan Perón–Hortensio Quijano, impulsada por el Partido Laborista y la UCR Junta Renovadora, enfrentaba al binomio José Tamborini–Enrique Mosca, de la Unión Democrática, una coalición encabezada por la UCR e integrada también por el Partido Socialista, el Partido Demócrata Progresista y el Partido Comunista.

La campaña había sido intensa; en rigor, todo 1945 lo había sido. En ese año se anudaban distintas historias: el final de la Segunda Guerra Mundial; la emergencia de una robusta clase obrera con una extensa experiencia de organización sindical; los cambios en la estructura económica y social derivados del proceso de industrialización por sustitución de importaciones iniciado en la década de 1930; y, finalmente, la crisis política del gobierno militar que había tomado el poder en 1943.

A mediados de 1944 Argentina rompió relaciones con el Eje e intentó recomponer sus vínculos con Estados Unidos. Durante años, la potencia norteamericana había presionado para quebrar la tradicional política de neutralidad de la cancillería argentina y alinear a los países americanos detrás de su liderazgo continental. Para entonces Perón era ya la figura más relevante del elenco gobernante: desde la Secretaría de Trabajo y Previsión había construido una alianza estratégica con los sindicatos y ofrecía a una dictadura aislada, tanto internacional como localmente, un programa y una salida política.

En mayo de 1945 Estados Unidos envió a Buenos Aires como embajador a Spruille Braden, un ingeniero civil hijo de un magnate minero. En los meses que estuvo en la Argentina se convirtió en el motor principal de la campaña opositora al gobierno, que se encaminaba hacia el llamado a elecciones. El carismático Braden logró aglutinar a las diferentes fuerzas opositoras y a los sectores que resistían las concesiones que Perón impulsaba para sindicatos y trabajadores. Organizó reuniones y mítines con empresarios y propietarios rurales, y ofreció una plataforma a dirigentes que denunciaban a Perón como un “nazi-fascista criollo”.

El clímax de esa campaña opositora tuvo lugar el 19 de septiembre de 1945, en la Marcha de la Constitución y la Libertad, en la que una multitud estimada en 200.000 personas reclamó la entrega del gobierno a la Corte Suprema. Como había ocurrido un año antes, en los festejos de la liberación de París, la movilización se dirigió a Plaza Francia y se cantó La Marsellesa.

Esa ofensiva opositora fue decisiva para la defenestración del coronel Perón, que había acumulado un enorme poder y ejercía entonces como ministro de Guerra y vicepresidente del gobierno del general Farrell. El 13 de octubre Perón fue apresado y enviado en secreto a la Isla Martín García, ante la expectativa generalizada. Como es bien conocido, el 16 de octubre la vieja guardia sindical, en una asamblea muy disputada, resolvió convocar a un paro general para el 18 de octubre.

Las históricas jornadas de movilización que siguieron transformaron significativamente la vida política argentina. Frente a la presión de los trabajadores, el gobierno debió liberar a Perón, convocar a elecciones para febrero y ceder a sus condiciones. Entre ellas se contó el Decreto 33.302, firmado el 20 de diciembre, que se convirtió en una pieza controvertida y central de la campaña que se iniciaba: otorgaba vacaciones pagas, licencias por enfermedad, indemnizaciones y el aguinaldo. Los organismos empresariales rechazaron el decreto y los grupos opositores lo consideraron una maniobra demagógica “nazi”.

Perón se presentaba como candidato del Partido Laborista, creado con urgencia por los sindicatos a finales de octubre del ‘45. Sus principales figuras eran el telefónico Luis Gay y Cipriano Reyes, del gremio de la carne. El candidato a vicepresidente, el correntino Hortensio Quijano, provenía de una de las líneas disidentes del radicalismo, la Junta Renovadora. Además, dos militares cercanos a Perón, Juan Velazco y Alberto Teisaire, habían creado el Partido Independiente, destinado a captar el voto conservador. Estas distintas piezas fueron articuladas desde una Junta Coordinadora comandada por Juan Atilio Bramuglia, un abogado socialista vinculado a la Unión Ferroviaria, que cumplía tareas políticas fundamentales. La Junta estableció que la mitad de los cargos electivos corresponderían al laborismo, mientras que la otra mitad se repartiría entre la UCR Junta Renovadora y el Partido Independiente. La candidatura de Perón contaba además con los apoyos del Ejército, de la Iglesia católica y de algunos sectores del nacionalismo. Entre ellos, algunos intelectuales organizaron un “Comité Pro Candidatura del Coronel Perón”.

En la vereda opuesta, los sectores mayoritarios del radicalismo resolvieron, no sin discusiones, integrar un frente electoral junto al comunismo y el socialismo: la Unión Democrática. Los radicales se habían resistido largamente a las coaliciones, eligiendo preservar la identidad partidaria. Desde la década de 1930 se habían convertido en una fuerza de oposición y habían padecido sucesivas crisis internas y desprendimientos. A comienzos de los años ‘40 se habían realizado distintos intentos de formar una “Unión Democrática”. Los sectores intransigentes —entre ellos Amadeo Sabattini, Ricardo Balbín y Arturo Frondizi— se opusieron a la estrategia “unionista”. Pero en noviembre de 1945 se impuso finalmente la decisión de integrar la UD, con la explícita exclusión de los conservadores del Partido Demócrata Nacional. Los radicales lograron imponer como condición que las candidaturas a presidente y vicepresidente fueran para los experimentados José Tamborini y Enrique Mosca.

La campaña en la prensa fue especialmente agresiva. Diarios como Crítica, La Nación, La Prensa y el socialista La Vanguardia presentaron la elección como una batalla entre “la democracia” y el “nazifascismo”. “La ciudadanía esclarecida”, los “demócratas convencidos”, los “trabajadores auténticos y democráticos” y la “gente decente” se enfrentaban —según esos medios— al “hampa”, el “lumpenproletariado” y la “lepra peronista”. La Vanguardia proclamó: “Ha llegado la hora de luchar contra la opresión y el engaño, contra la ilegalidad y el atropello. El 24 de febrero la Unión Democrática debe triunfar porque su triunfo significa el fin de la última dictadura nazi que queda en el mundo y, para nosotros, la vuelta al orden democrático institucional”.

En ese clima, a pocos días de las elecciones, el 12 de febrero, Braden presentó en Estados Unidos la “Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina”, el Libro Azul. El panfleto documentaba las relaciones de la Argentina con la Alemania nazi desde la presidencia de Ramón Castillo y buscaba cimentar la idea de Perón como una versión local del “nazifascismo”. Perón respondió con prudencia, criticando la intromisión norteamericana y aprovechó la ofensiva del exembajador para fijar una consigna central de campaña: “Braden o Perón”.

Tanto los medios como la dirigencia tradicional daban por descontada la derrota de Perón. El 24 por la mañana se iniciaron los comicios, que transcurrieron con tranquilidad. La Prensa informó que 3.559.992 ciudadanos estaban empadronados y en condiciones de elegir a 376 electores. El escrutinio comenzó en la noche del 24 y se extendió durante más de un mes, hasta el 9 de abril, en un clima de incertidumbre, pues ambas coaliciones se adjudicaban la victoria. Finalmente, la fórmula Perón–Quijano se impuso por una amplia diferencia: 53,71% (1.485.468 votos) contra 43,65% (1.207.178) de la Unión Democrática. El sistema de lista completa otorgó al peronismo una amplia mayoría en el colegio electoral: 304 electores contra 72 de la UD. En la Cámara de Diputados, 108 diputados peronistas consolidaron una mayoría propia, mientras que la oposición quedó representada por “los 44” diputados radicales. En el Senado, la mayoría fue unánime.

Perón asumió la presidencia el 4 de junio. Se inició así una etapa nueva de la vida política nacional, con una reconfiguración significativa de los elencos y las alianzas que habían marcado las décadas anteriores. Peronismo y antiperonismo se convirtieron desde entonces en las claves maestras de la política argentina. El coronel que había sellado una alianza inédita con los trabajadores argentinos inauguró una era de transformaciones que puso en el centro de la discusión pública la justicia social y la producción, en un mundo que salía de la guerra y se adentraba en una nueva etapa histórica.

Ocho décadas después, aquel triunfo conserva una significación perdurable. No solo marcó el ingreso del peronismo como fuerza central de la política argentina, sino que reveló tensiones, rupturas y expectativas que acompañaron la vida pública durante las generaciones siguientes. Comprender cómo se gestó aquella victoria permite también iluminar los debates recurrentes sobre representación social, liderazgo político y el lugar del Estado en la construcción de ciudadanía, cuestiones que siguen en el corazón de la discusión democrática en la Argentina.