por Santiago Rossi
El 16 de abril el FORO DE IDEAS PARA TRANSFORMAR ARGENTINA organizó el EL PUENTE – DIÁLOGO INTERGENERACIONAL, convocando a pensar los desafíos que se le presentan a nuestra identidad nacional y a la soberanía de nuestro país. Las reflexiones volcadas en ese encuentro, sobre la incidencia del cambio tecnológico en nuestra cultura, son la base de esta nota.
Al hablar de cambio tecnológico y soberanía nacional es importante reflexionar sobre cómo influye en la formación de la cultura y cómo impacta esto en nuestra práctica militante y en nuestras organizaciones políticas.
Es importante poder predecir qué efectos traerán los cambios tecnológicos a la sociedad, cómo impactarán en nuestra manera de relacionarnos. Y en particular, cómo impactarán en la organización del trabajo y el empleo.
INFOWORKERS es una asociación que tiene esto por objetivo y por tarea desde hace treinta años. Y destaco un concepto que viene impulsando: el de tecnología conveniente. Esto hace a la idea de que la adopción de nueva tecnología debe ser conveniente para nuestro desarrollo social y cultural como pueblo y como Nación, y no sólo para el proveedor de tecnología.
No es buen criterio ir corriendo detrás de la última novedad tecnológica para sentirnos modernos, porque muchas veces ese sentir está manipulado por el vendedor. Arturo Jauretche lo decía más sencillo: no hay que ir a comprar al almacén siguiendo las instrucciones del manual del comprador escrito por el almacenero.
Hay dos aspectos esenciales que parece que nos debemos como reflexión desde nuestra práctica política. Uno sobre cómo miramos y cómo actuamos, como sociedad, en relación a preservar nuestra soberanía y nuestra cultura nacional en medio del cambio tecnológico. El otro, cómo actuar como militantes para que la adopción de nuevas herramientas tecnológicas sirva para mantener y mejorar nuestra práctica concreta y cotidiana, y que eso consolide organización política. Y no que por apurarnos a tomar discursos modernizados terminemos copiando primero las formas y luego el fondo de la propuesta oligárquico- imperial subordinante.
La discusión es cómo se organiza el nuevo paradigma tecnológico, cómo se estructura la propiedad de esos dispositivos y procesos. O se organiza en oligarquías o se lo hace desde perspectiva más amplia.
Cuando una sociedad adopta una tecnología, esa adopción no es neutral.
Si esa sociedad se larga a adoptarla sin los cuidados debidos y sin el aprendizaje necesario, corre el riesgo grave de “comprar” mucho más que un dispositivo, una herramienta, una aplicación. Los dispositivos tecnológicos están concebidos y diseñados por alguien, y quedan impregnados de lo que ese alguien o grupo generador tenga de intención, de concepción y de valores.
Nuestra postura no debe ser de miedo o rechazo a los avances tecnológicos, como fue la actitud que tomaron los maquinicidas cuando apareció la máquina a vapor aplicada a la industria. No hay que caer en prédica anti tecnología como ellos. No se trata de tener miedo sino de tener cuidado. Y de esforzarnos para entender la tecnología y manejar su ciclo completo.
Al cambio tecnológico no hay que sufrirlo ni creer que lo disfrutaremos pasivamente. Hay que comprender y organizar con inteligencia cómo esa tecnología puede y debe ser adoptada. Para beneficio de todos en una sociedad justa y soberana, y no de oligarquías locales y del control extranjero.
No es que haya una tecnología nacional y popular, sino que puede haber una apropiación nacional y a veces democrática de la tecnología.
En cuanto a la relación entre tecnología y cultura, hay que ver el proceso de desculturización que se contrabandea con cada nueva versión de espejos de colores.
Existen conocidos episodios históricos de choques de culturas en donde el triunfador ordena y pone en escena la quema de libros, la quema de bibliotecas, la quema de los códices mayas. Distintas maneras de borrar las memorias y absorber al vencido suprimiéndole su historia y su cultura.
En esta zona del río Paraná, en otro ejemplo, chocan o se encuentran hace quinientos años el idioma castellano y la lengua guaraní. Los guaraníes no tenían escritura. Los registros culturales han sido predominantemente europeos. La cultura guaraní no se ha borrado, pero seguramente perdió riqueza y experiencias muy valiosas.
Con internet y las redes estaría pasando algo parecido. Hoy lo podríamos relacionar meditando qué se sube a “la nube”, quién lo sube y con qué criterio. Alguien ha dicho que la nube es la computadora de otro.
¿No estaremos asistiendo a una quema cotidiana que, sin el tono de tragedia, se da lenta y permanentemente? Cuando “el algoritmo” o “el mercado” deciden qué circula en internet, qué se guarda en la nube o qué se publica en distintas plataformas más o menos globales, se está produciendo una censura, selección sesgada, una supresión de memorias y de vidas.
Sin embargo esa asimetría, esa disparidad de qué se sube a internet y las plataformas digitales no nos genera el mismo repudio que la quema de bibliotecas.
¿Cómo es la carga de información de las distintas culturas?
Probemos ver cuántos links de Sinatra hay si entro a google o youtube, y cuántos de Atahualpa Yupanqui. Muchos de ambos, pero muy desigual: Yupanqui, un millón y medio; Sinatra, cuarenta y dos millones.
¿Cuánto de nuestra cultura se guarda correctamente en la red, y cuánto consumimos de cultura de Hollywood y de otros productos fabricados para aplanar conciencias?
Ariel Dorfman, en su libro Para leer al Pato Donald, mostraba cómo las historietas norteamericanas tenían un guión muy preciso para transmitir ideología y pautas culturales del imperialismo yanqui.
No estamos ante una discusión nueva. En los años ‘70 y en el marco de las Naciones Unidas se discutió que era necesario un orden nuevo y más justo de la producción cultural y la circulación de los contenidos de noticias.
Era una iniciativa promovida por el Movimiento de Países No Alineados en el marco de la descolonización y la Guerra Fría, y se planteaba que la información y la comunicación eran una herramienta de dominación, integrada dentro del denominado Imperialismo cultural o comunicacional.
Los países en vías de desarrollo debían dejar de ser meros receptores de los flujos de información generados por otros, a ser productores y distribuidores autónomos de información, dejando que cada sociedad regulase el control de los flujos de información de acuerdo a su derecho e interés nacional.
Otro punto para observar es el del cine y los doblajes. La Argentina tuvo un gran desarrollo del cine en los años 30, desarrollo combatido por EEUU, que llegó a establecer un bloqueo a nuestro país para la provisión de celuloide, que en aquel tiempo era el insumo principal necesario para filmar películas. Con el cuento de que Perón era nazi buscaron sacar a la producción argentina fuera del mercado de habla hispana, en el que competía muy bien por la calidad y por el idioma.
Incluso hubo un tiempo en que Disney realizó en Argentina doblajes para Hispanoamérica. Entre otros, estuvo el doblaje de Pinocho. Pero en todos los demás casos se volvieron a doblar en México.
Y luego al propio México, una vez instalado como sede de doblaje de Hollywood, le marcaron que cambie su estilo por un español cada vez más neutro, sin modismos locales. Se nota si se compara doblajes de distintas décadas, y hasta hay películas que tuvieron múltiples doblajes con este objetivo.
Los Increíbles, una película bastante reciente, tuvo un doblaje hecho en Argentina. Sin embargo, cuando la veíamos en la televisión -en el tiempo previo al streaming- tenía otro doblaje con modismos diferentes del castellano que hablamos en Argentina.
Y peor todavía: Metegol -película argentina- en la tele de nuestro país se pasaba con doblaje y voces neutras.
Cuando el tango se había abierto paso internacional y aparecía el mercado discográfico, vemos que en los tangos más famosos de Gardel y Lepera casi no hay palabras lunfardas. Eso era a propósito, para que tuviese mejor llegada en todos los países de habla castellana, para que el modismo local no entorpeciera la comprensión. Fue tenido en cuenta desde el momento mismo de creación artística, pensando en la organización del espectáculo y luego en el disco, para evitar que el modismo localista pudiese generar lejanía o dificultad de comprensión.
El caso del tango es un ejemplo exitoso de aporte periférico a esta cultura “global compartida”. Un producto rioplatense que entró en el registro mundial y que nos muestra que es algo que puede hacerse.
Décadas más tarde hubo otro hecho cultural argentino, como fue la apropiación cultural de un género anglosajón novedoso, el rock, con la movida del rock nacional.
Cuando surgieron y se estructuraron como medios masivos de comunicación la radio, la TV y el cine, desde los años 50 y hasta los 90, eran concentrados. El emisor era único o central, y transmitía un mensaje uniforme, mensaje que además no estaba disponible en todo momento. Había uno o pocos canales de TV, en que la gente veía el noticiero una o dos veces al día. Ir al cine era una reunión social.
Al discurso político que se volcaba a través de esos medios las organizaciones políticas y sociales tenían un tiempo para poder comentarlo, interpretarlo, rebatirlo.
En los años 90 empezó a haber una oferta mucho más permanente y diversificada. Aparecieron canales de 24 hs. de noticias y de temas particulares en TV por cable que parecían fragmentar aquella modalidad, en temáticas y en emisores. Pero lo que siguió muy concentrado fue no tanto los canales de distribución, que se ampliaron, sino la capacidad de producir y distribuir contenidos en esos canales. La privatización de los canales, y su control por parte de multinacionales imperiales, signó los 90 en nuestro país y nuestra región.
Y con INTERNET volvió la ilusión de que la nueva tecnología implicaría sin esfuerzo una democratización en la manera de emitir y recibir mensajes y contenidos. Pero el balance de estos treinta años es que las grandes compañías multinacionales de occidente controlan la red, y tienen una alianza con el poder militar de los EEUU.
Hace unos días supimos que la Administración Trump nombró tenientes coroneles a cuatro directivos de Meta, OpenAI y Palantir, empresas tecnológicas con las que tiene contratos
Europa trata de regularlas en lo que puede, Rusia y China emprenden su propio camino y construyen espacios soberanos.
Que cambie el paradigma tecnológico que organiza la sociedad es algo que pasó en la historia de la humanidad muchas veces. Este cambio al que asistimos ahora no está centrado en el sistema de transporte, como fueron la navegación a vela de la época de Colón o cuatrocientos años después el ferrocarril y el barco a vapor; ni tampoco en la industrialización y la cultura metalmecánica. Esta vez está puesta en la comunicación instantánea que dieron la electrónica, la digitalización, internet y ahora la inteligencia artificial. Nada de eso es neutral, y hay que aprender como sociedad a utilizar esas herramientas sin quedar subordinados a políticas imperiales o a grupos oligárquicos que quieren mantenerlas en su exclusivo beneficio.
El historiador inglés Arnold Toynbee mostraba casos históricos de sociedades que lucharon por cerrar la brecha tecnológica ante desafíos imperiales. Advertía como riesgo de la modernización que cuando una sociedad toma la tecnología de otra, y en el proceso de hacerlo, incorpora también primero pautas orgánicas y finalmente valores espirituales de la sociedad proveedora, perdiendo la esencia propia. Y citaba casos exitosos que modernizaron manteniendo el control, como el de la modernización forzada por el Emperador de Japón tras la agresión de Europa y los EEUU, en la segunda mitad del siglo XIX; o las de Rusia, en tiempos de Pedro el Grande y en tiempos de Stalin.
Nosotros debemos retomar caminos de autonomía nacional que ya hemos recorrido como sociedad, pero debemos darle más profundidad y sobre todo continuidad estratégica. Ver lo que hacen países como India y Brasil puede estar más a la altura de nuestra situación actual. No sólo hay que imaginar resguardos soberanos, sino también cómo contar con herramientas que preserven nuestra manera de ser, de sentir, de socializar. Que preserven y potencien nuestra cultura y nuestros hábitos.
Tenemos que reflexionar juntos sobre qué impacto ha tenido y tiene esto sobre nosotros, sobre nuestra vida cotidiana, y sobre las posibilidades y características de nuestra práctica militante.
Hace un tiempo la sociedad tenía determinadas experiencias conjuntas, una generación era marcada y se identificaba a sí misma por los sucesos de su tiempo. Todos tenían cierta práctica comunitaria y se formaban en la iglesia, el barrio, la familia, la escuela, el club, la cancha, la vida social, el trabajo, el ámbito académico, ocasionalmente con el periódico. Allí se encontraban, intercambiaban, se enteraban de noticias. Todos esos son ámbitos colectivos, en los que es con otro, es mano a mano, los individuos se relacionan y se entrelazan a través de muchos vínculos de diferentes características, en diferentes dimensiones de la vida.
De aquella manera de relacionarnos pasamos mantener la interacción, pero a enterarnos de las noticias por televisión. Y hay un contraste marcado entre aquella unidad cultural en una sociedad constituida en y por experiencias compartidas, y esta actualidad en una sociedad conformada y modelada de instantaneidad, comodidad y gustos individuales categorizados por “el algoritmo”.
La recurrente referencia a “el algoritmo” ya es una trampa o excusa para quitarle responsabilidad a las multinacionales dueñas de las redes, que lo diseñan y manipulan a su exclusiva voluntad.
Quienes nacieron entre 1990 y 2005 entienden referencias de Los Simpson. Eso los diferencia de los más viejos que se formaron en aquella otra práctica; y también de los más jóvenes, que en la era streaming ya no llegaron a ver todos una misma serie.
No debe ser casualidad que los argentinos nos hayamos apropiado culturalmente del Chavo, el Zorro, y los Simpson; tres series que podíamos ver los que no teníamos cable, que veíamos todos.
Ahora tenemos esta versión de socialización empobrecida, donde el consumo es individual y hay al menos un “televisor” (pantalla) por persona, ya no por casa, y con una programación individualizada según el consumidor.
Se dice que esto “es mejor” para el usuario porque puede, gracias a las bondades del algoritmo, encontrar el género de entretenimiento que le sea más afín. Pero si quiere compartir con alguien, será vía el mismo dispositivo. Perdió al otro. Ya no se sienta en el sillón familiar a ver la tele; ya no se llenan las salas del cine; ahora se mira NETFLIX y se deja un comentario en la aplicación.
Pasamos, entonces, de generaciones marcadas por experiencias compartidas de socialización a generaciones fuertemente marcadas por lo que la distribuidora de cable decidía pasar por la televisión (de un catálogo no culturalmente democrático ni parejo), y luego a generaciones marcadas por un consumo individual definido ahora por las grandes empresas tecnológicas. Esas grandes corporaciones comerciales van modelando lo que el griego Yanis Varufakis llama tecnofeudalismo. El estadounidense Jonathan Taplin caracteriza a sus dueños multimillonarios como los cuatro jinetes del apocalipsis tecnocrático.
Hoy se está llevando adelante, y al extremo, la apropiación de los vínculos comerciales y sociales por parte de las multinacionales imperiales.
Es parecido a lo que viene pasando con la apropiación de las semillas por parte de las multinacionales de ingeniería genética, que con el argumento de que le incorporan una pequeña modificación registran, patentan y se hacen dueñas de la totalidad de la semilla y de todas las que se produzcan a futuro a partir de ella, cobrando por eso e ignorando el trabajo y la innovación de generaciones y generaciones de cultivadores durante miles y miles de años.
Con la promocionada nueva cultura de las aplicaciones hay una confiscación de capital social, que resulta empobrecedora culturalmente y que fomenta la desigualdad económica.
Estos cambios impactan en la manera en que desarrollamos nuestra práctica política. Si cambia la manera de vincularse de los individuos, si cambia la manera en que se relacionan y organizan en sociedad, es lógico que impacte en las formas de organización política. Debemos analizar entonces, en este contexto, cómo y cuánto estas herramientas nos ayudan y cuánto nos condicionan y determinan en la militancia política cotidiana.
El discurso debe estar encarnado en una práctica consecuente y coherente con el discurso.
Necesitamos una práctica política de respuestas, y no de lamentos. Debemos abandonar la lógica de responder al enemigo en su terreno, porque, si no, caemos en sus trampas. Hay que superar enfoques individualistas y fragmentarios.
El enemigo tiene sus consultores famosos y sus empresas de influencia sociocultural y política. ¿La manera de combatirlo es contratando nosotros otra empresa y otro consultor, colegas de ellos en el mercado?
¿Hay que contratar una consultora de medios o hay que construir una red colectiva y participativa con nuestros propios valores y con nuestra propia historia cultural?
El desafío está en aprender cómo usar estos formatos y las nuevas modas y plataformas sin reproducir los valores comerciales de exhibicionismo, de consumismo y de matar el tiempo; cómo utilizarlos para socializar sin comprar en el paquete el estilo individualista y la pulsión de “convertirme yo” en un influencer sólo preocupado por conseguir seguidores, y cómo evitar que nuestras organizaciones sean sólo emisor-receptores, sin militancia organizada y con objetivos diferenciados.
El imperialismo y sus empresas difunden interesadamente filosofías del desencanto, estimulan el egoísmo individualista y una cultura superficial de la fama y el lucimiento personal, al tiempo que promueven la lógica del fragmento y las militancias exclusivistas por tema.
Es como que si un ambientalista, en vez de luchar por preservar el ecosistema del río, se concentrara exclusiva y únicamente en evitar la extinción del yacaré overo; sin advertir que sin preservar su entorno se extinguirá por mucho que se enoje o se dedique.
Muchas buenas causas, por no integrarse en una causa nacional y soberana, se esterilizan porque se quedan en pura queja o en refugio en un territorio aislado en que se mira hacia adentro.
La lucha por los intereses grupales y particulares sólo tiene sentido y posibilidad en un contexto de conciencia política, unidad nacional, movilización popular y vocación soberana.
“Nadie puede realizarse en una sociedad que no se realiza”.
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MOTOR ECONÓMICO:
DATA POLÍTICA Y ECONÓMICA;
FORO DE IDEAS TRANSFORMAR ARGENTINA: qué Argentina queremos construir – 16 de abril 2026