mitos y aportes antropológicos en clave soberana
por Yanina Mennelli y Manuela Rodríguez
El 12 de octubre de 2026 figura nuevamente como «Día de la Raza» en el Calendario Oficial de Feriados del Gobierno Nacional. Dicho cambio de denominación institucional no cuenta con un DNU ni ley específica modificatoria, sino que sigue manteniendo vigencia legal el nombre de “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” (término instituido originalmente por decreto en 2010, y sancionado en 2017, por la Ley N° 27.399). Si bien en la comunicación del Ejecutivo nacional la noción de “raza” y la “celebración de la hispanidad” se explicitó desde el comienzo del gobierno de Javier Milei, llama la atención que el cambio en el calendario nacional se da al calor de una campaña “anti Argentina”, fogoneada en las redes sociales durante el mundial de fútbol, bajo la acusación de ser “el país más racista del mundo”.
Las consecuencias de este cambio de denominación son múltiples e implican un retroceso en materia de derechos adquiridos para las poblaciones afrodescendientes e indígenas que vienen reclamando su reconocimiento, en tanto poblaciones, estas últimas, despojadas de sus territorios primero por colonización europea y luego por el Estado argentino, que entre otras violencias llevó adelante prácticas genocidas desde mediados del Siglo XIX y hasta bien entrado el Siglo XX (Guerra de la Triple Alianza en 1867, Campañas “del desierto” entre 1870 y 1885 en la pampa, patagonia y el Gran Chaco, Masacre de San Antonio de Obligado en 1887, de San Javier en 1904 , de Napalpí en 1924, de El Zapallar en 1933 y de Rincón Bomba en 1947, como los más emblemáticos). Paralelamente a los genocidios y al avance sobre las tierras indígenas, se produjeron etnocidios a través de la integración forzada de aquellos considerados “otros” de la nación (indígenas y afrodescendientes) mientras se promovía la inmigración (Ley de Inmigración y Colonización N° 817 de 1876) que fomentó el arribo de inmigrantes europeos considerados “más aptos” para el proceso de colonización de estas nuevas tierras conquistadas. La creencia en que las poblaciones nativas y criollas eran racialmente inferiores se solidificó en la idea del “crisol de razas” como un mecanismo de depuración racial que propiciaba el blanqueamiento de la población en el mito de la “Argentina blanca y europea”, “venida de los barcos” y que negaba la existencia de negros, indígenas y mestizos, los invisibilizaba y condenaba al silencio, a través de mecanismos como la vergüenza y el patrullaje cultural (Segato, 2007; Adamovsky, 2012)
La Antropología argentina y latinoamericana viene revisando el tema de la “raza” y el “racismo” desde la creación de la disciplina en nuestro país. En este sentido, hay un amplio acuerdo en que «la raza no existe” pero sí “el racismo (y la racialización) con efectos concretos sobre las vidas y las experiencias cotidianas de las personas y los grupos sociales que fueron objeto del mismo” (Picech, 2026).
Nos vamos a detener aquí en ciertas preguntas que podrían parecer sólo académicas, es decir, cerradas a los claustros universitarios, pero que tienen repercusiones no sólo en la vida de las personas que sufren el racismo, sino también en el ámbito de la política en un sentido amplio. Esto es: ¿cuáles serían los riesgos de plantear el problema de la raza y del racismo en Argentina desde el paradigma del multiculturalismo o el pluralismo global?, y en ese sentido ¿cómo se expresó dicho problema en la discusión pública, principalmente en redes sociales, durante el mundial de fútbol 2026? ¿Qué implicancias puede tener la campaña anti Argentina? Por un lado, en el marco más amplio de la denominada “batalla cultural” en la que la derecha radicalizada que gobierna nuestro país viene disputando el sentido de nuestra identidad y al mismo tiempo para los colectivos racializados (negativamente), negros, indigenas y marrones, que vienen luchando hace décadas por su visibilización y pleno reconocimiento.
Nos interesa así reconocer el proceso de racialización que efectivamente operó en el devenir de nuestra conformación nacional, para dar el marco histórico a la disputa que estos colectivos vienen dando, pero también para comprender la singularidad de nuestro racismo y no leer con lentes extranjeros el fenómeno que distorsiona el problema y produce más confusión que claridad, obturando la posibilidad de elaborar estrategias reales para interrumpir el racismo que vivimos. Para ello, este artículo busca, por un lado, sintetizar muy brevemente cuáles fueron los mecanismos a través de los cuales las elites nacionales lograron instituir la idea de una Argentina blanca y europea; luego, revisar las discusiones en torno al racismo que la antropología argentina se ha dado situando las particularidades nacionales. Por otro lado, plantear las tensiones que aparecen cuando los problemas son planteados desde marcos teóricos que no tiene en cuenta los procesos específicos sino que se plantean desde categorías importadas acríticamente, para finalizar con una reflexión sobre la actualidad y la necesidad de que el racismos siga siendo un tópico de la discusión pública, y que no se olvide con la misma vertiginosidad con la que apareció post mundial, porque los sentidos que se disputan en dicha discusión son centrales en el marco de un proyecto de desmontaje de las bases ideológica de la derecha radicalizada en nuestro país.
Los “otros” negados en la nación Argentina
¿Es Argentina el país más racista del mundo? No existe un ranking para el racismo. El racismo es un problema global, que tiene sus anclajes nacionales. La pregunta que entonces deberíamos hacernos es: ¿Cómo funciona el racismo en Argentina, cuál es su particularidad? Para eso, hay que bucear en la historia. América está constituida sobre uno de los genocidios más violentos del mundo. América Latina montó su organización social, cultural y económica sobre ese pasado. Pasado negado en los libros de la historia mitrista argentina, aquellos que nos imponen la imagen de un país en el cual los indios y los negros parecen ser una especie de excusa histórica para que el hombre blanco-europeo desarrolle su civilización. En los más de 500 años de historia de América el racismo funcionó como mecanismo de justificación de la dominación, y fue durante el Siglo XIX que la ciencia generó los argumentos falaces, pero argumentos al fin, presentados en lenguaje científico, de cómo las diferencias raciales eran las responsables de las desigualdades económicas y sociales. La justificación científica fue de la mano de aquello que la antropóloga Rita Segato denominó el discurso “literario-administrativo” que “legisló para la nación moderna mientras elaboraba la mitología que le dio identidad” (Segato 2007: 255).
¿Cómo se construyó el mito de la Argentina blanca, el mito contrafáctico de una Argentina sin negros, sin indios y sin mestizos? Se pueden rastrear algunos de los mojones en los cuales se fueron cuajando estas ideas. El primero podría ser durante la gesta revolucionaria y las primeras convulsionadas décadas luego de la revolución de Mayo de 1810 y de la declaración de independencia de 1816. Existieron fuertes discusiones entre la elite dirigente respecto al lugar que le cabía a las poblaciones no-blancas en el proceso de organización nacional.
Para los ideólogos del nuevo estado nacional argentino, como Juan Bautista Alberdi o Domingo Faustino Sarmiento, gobernar fue poblar y educar, bajo el supuesto estructural de que la población local, nativa, mestiza o criolla, no servía para el progreso de la nación. Esa imagen sesgada se convirtió en la dominante y fue difundida a través del impresionante sistema militar de avance sobre las tierras indígenas (Viola, 2023), el sistema escolar desplegado en políticas públicas que redactaron y enseñaron una versión de la historia nacional, y gracias al crecimiento de una cultura letrada que se manifestó en innumerables publicaciones que difamaban lo popular y sostenían una jerarquización dicotómica fuertemente racista (Villavicencia, Schiffino y Rodríguez 2017; Schiffino 2015). Estas ideas se empalmaban con imaginarios precedentes sobre la excepcionalidad argentina respecto a los demás países latinoamericanos. Bartolomé Mitre, el gran reformador de la historia nacional, aseveraba en 1857 que la región del Plata se había diferenciado del resto de las colonias españolas desde el comienzo mismo de la conquista, asemejándose a las colonias inglesas de América del Norte, que habían conquistado sus territorios hostiles sin mezclarse con la población nativa.
El énfasis en la inmigración programada y gestionada desde el Estado, que la élite dirigente vencedora de las guerras civiles posteriores a la independencia finalmente impuso, nacía de la idea de que, a pesar de esa excepcionalidad, todavía quedaban resabios de “mezclas indeseadas”, por lo cual había que implantar de afuera esa vigorosidad blanca-europea. Producto del mestizaje efectivamente acontecido en la colonización hispánica, los procesos de diferenciación étnico-racial que los sectores gobernantes afianzaron pueden entenderse como procesos de colonialismo interno en los cuales sobrevivieron lógicas coloniales que marcaron profunda y estructuralmente a las sociedades en formación (de Oto y Catelli 2018).
El modelo centralizado de país que finalmente se impuso, con sede en el puerto de Buenos Aires sobre la base de la producción agrícola de la región pampeana y litoral, fundó leyes e instituciones que permitieran desarrollar una economía agroexportadora que se ajustara a las demandas de la economía capitalista mundial en plena expansión. El objetivo de estas grandes reformas se plasmó bajo ideales eurocentrados y blanqueados. La fe en el progreso estaba depositada en ese inmigrante proveniente de Europa que traería civilización y blanquearía las costumbres morales, culturales y laborales de toda la población. Como plantea Segato (2007), el proceso de disciplinamiento orquestado se efectuó sobre la base de la negación de las diferencias étnico-raciales, una depuración en la cual el elemento negro ya no sobrevive -es cosa del pasado en extinción-; el indígena sobreviviente sólo puede permanecer si es apaciguado; y el mestizaje se niega sobre la idea de una debilidad intrínseca que cede ante la vigorosidad y supremacía de la raza blanca. Los discursos eugenésicos fueron el sustento científico de estas ideas. El “ser argentino” pasó a ser un proyecto a conquistar con educación -cívica y escolar- y disciplina militar altamente vigilada. Según esta autora, fue la generación de 1880 la que tuvo esa “voluntad política deliberada” que trató de blanquear erradicando cualquier rasgo étnico que pudiese indicar la presencia de una minoría, como una discontinuidad interior de la Nación (2007: 255). Otros autores (Calveiro 2004; Verdesio 2019, 2023) harán también foco en esta génesis violenta de exterminio y desaparición propia del estado argentino.
Un segundo momento clave en la construcción del mito de la argentina blanca podemos ubicarlo en torno de los festejos del centenario, en las primeras décadas del siglo XX. Según el historiador Enrique Garguin (2009:64), la retórica nacionalista ya daba por hecho el blanqueamiento de su población interna, sobre la base de dos mitos: 1- la idea de una Europa trasplantada en el Río de La Plata y 2- la supuesta gran movilidad social ofrecida por Argentina como “tierra de promisión” con enormes posibilidades para el ascenso social fundado en el mérito y el esfuerzo propios. La consecuencia de estos mitos (parcialmente ciertos) fue que “la noción misma de ser argentino se vio prácticamente confundida con la imagen de un sector socialmente intermedio, siempre en ascenso y residente en las ciudades del Litoral”. Esta blanquitud amplia se conformó sobre la base de ese ideal regulatorio que imponía definirse siempre como hijo de inmigrante, no-negro, no-indígena, no-mestizo. Todas las ascendencias manchadas fueron empujadas a la desaparición y al borramiento de la propia memoria familiar.
Un último mojón podríamos situarlo durante el surgimiento del peronismo en la década del 40’ como un movimiento político que por primera vez daba visibilidad y reconocimiento a un sector no-blanco del pueblo; visibilidad que produjo un quiebre en ese imaginario. El mote de “cabecita negra” dada a esos trabajadores del “interior”, mestizos, descendientes de indígenas y africanos esclavizados, que ocupan la plaza central de la Capital en 1945 reclamando por la libertad de Juan Domingo Perón, reinscribe un racismo plenamente vigente en el imaginario social en términos de clase. Para Garguin (2009), es esa presencia incómoda la que fomenta la conformación de un sector que comienza a nombrarse a sí mismo como clase media, entre la oligarquía y la plebe, y que va a disputar, principalmente con el peronismo, la representatividad de la nación. En el proceso de conformación de las alteridades internas nacionales (Segato 2007, Briones 2005), todo aquello que ensuciara la imaginada blanquedad iba a quedar del lado de lo espúreo.
Según Segato, este proceso de homogeneización blanqueada resultó eficaz no sólo para la clase dominante, sino que se capilarizó, penetrando en el tejido social e instaurándose como una vigilancia difusa de todos sobre todos, con tendencia al individualismo, el conservadurismo y la competitividad social (1991:261). Para Garguin (2009) el puente entre el proyecto decimonónico de blanqueamiento, el racismo explícito de comienzos del siglo XX, y el lenguaje de clase, racial y racista, de mediados de siglo puede encontrarse en la vigencia de ese discurso “literario-administrativo” producido por intelectuales, políticos y publicistas (hombres blancos, cultos, civilizados) que se difundió gracias a la increíble eficacia de la escuela pública y los medios de comunicación. La nacionalidad fue así una concepción simbólico-cultural más que formal o legal (Schiffino 2015), y consistía principalmente en la adquisición de valores, hábitos, conductas y tradiciones “civilizadas”. En este sentido, se puede afirmar que la nacionalidad blanqueada fue una adquisición, una aspiración y un ideal de inclusión social. Sellada a fuego, es hasta hoy el mito más pregnante de la nacionalidad argentina. Tal vez por eso, aún hoy circulan con tanta fluidez los discursos que insisten en que Argentina no es racista porque “no hay negros”, o porque “todos estamos integrados”, o porque “no discriminamos”. La negación del racismo forma parte de la eficacia de este mito del crisol depurador, que nos hace imaginarnos “todos iguales”, sin distinción de color.
Los estudios antropológicos sobre racismo en Argentina: cómo pensarlo en nuestros propios términos
En 1972 dos antropólogos argentinos, Eduardo Menéndez y Hugo Ratier, publicaron respectivamente “Racismo, colonialismo y violencia científica” y “El cabecita negra”, inaugurando de este modo líneas de estudios que aún son relevantes en nuestro país y en América Latina en torno al racismo y al vínculo entre raza y clase social.
Menéndez señalaba ya en esa época que muchas personas ponían reparos a tratar el racismo como un problema en nuestro país, y que debía ser atendido por ejemplo en las sociedades norteamericana o sudafricana, o en la Alemania nazi, pero no en Argentina. El autor insistía en que esta manera de entender o describir nuestra propia realidad era consecuencia “…[d]el rol mistificador, divisor y enmascarador del racismo”. Denuncia a quienes de buena o mala fe quieren acotar el problema del racismo solo donde hallan una situación ‘clara de raza o de color’, y cómo, de este modo, opera con uno de los mecanismos de la ideología racista: “anular y malinterpretar las causas que realmente están produciendo determinados fenómenos económicos y sociales, en beneficio a una interpretación de la cual se hacen luego en forma indirecta las clases dominantes vigentes” (1972: s/f de página en el original). En ese texto, el autor da una definición de racismo que sigue siendo vigente y operativa aún hoy:
“EI racismo no es solamente una cuestión de segregar “negros” u “odiar judíos”: el racismo debe ser referido a las formas de relaciones sociales y culturales que implican negación, discriminación, subordinación, compulsión y explotación de los otros en nombre de pretendidas posibilidades y disponibilidades, ya sean biológicas, sociales o culturales. Toda relación social que significa ´cosificar´ a los otros, es decir, negarle categoría de persona, da igual, toda relación que permita la interiorización y uso de los otros es racismo” (Op. Cit.)
En consecuencia, Menéndez proponía que la llamada sociedad occidental y sus actores “son, somos, normalmente racistas», y que este racismo era producto del proceso histórico que denominamos capitalismo. Los aportes del autor nos permiten entender los vínculos entre colonialismo, capitalismo y una ciencia que a través de mecanismos profundamente violentos jerarquizó desigualdades sociales y económicas a lo largo de toda América, donde Argentina no es de ninguna manera una excepción. Asimismo, al afirmar que “todos somos normalmente racista” permitió ubicar el problema del racismo no como un tema moral o una decisión individual, sino como una condición estructural/estructurante de nuestra sociedad capitalista y colonizada.
Por su parte, Hugo Ratier relevó en su trabajo de campo y analizó las implicancias sociales del término «cabecita negra», usado originalmente para referirse despectivamente a los migrantes internos de piel oscura o rasgos indígenas que llegaron a Buenos Aires a trabajar en las fábricas en los años 40´, como una forma de racismo típicamente argentino. El cabecita negra, ese sujeto social y político reconocido en términos positivos durante el primer peronismo, no desaparece de escena, ni se extingue con los golpes de estado sucesivos desde 1955, sino que muta en su denominación y hacia los años 60´ y 70´ se lo estigmatiza como «negro villero». Es decir, los villeros son los sectores marginados en las grandes ciudades de nuestro país y cuya potencia política y de organización social se ve menguada tras la caída del peronismo en 1976. Los sectores que son nombrados hoy como “negros villeros”, “negros de alma”, negros de mierda”, “negros cumbieros”, “negros cabeza”, “negros planeros” etc., cargan con el mismo desprecio que cargaron los migrantes de los años 40’. Sin embargo, a diferencia de los “cabecitas” del peronismo o de los “negros planeros” del kichnerismo, sobre los que hubo políticas de mejora de las condiciones de vida, en la actualidad, esas identidades están totalmente negativizadas, a através de insultos y discursos de odio conducidos por el propio presidente y su ejército de trolls en las redes sociales.
Más contemporáneamente, el antropólogo Alejandro Frigerio analizó cómo ciertas categorías raciales colaboraron, primero, en coadyuvar a la desaparición continua de los negros en la sociedad argentina y, segundo, en la reproducción de las diferencias sociales (2006). La blanquitud y la negritud (como su extremo opuesto) se constituyen (y excluyen) mutuamente, como parte de lo que la antropóloga Lea Geler describe como un “sistema de categorización racial binomial” que “imposibilita lo mestizo” (2016:78). De modo que hay un arco de experiencias intermedias que son “absorbidas” por la blanquitud. Por esta vía, para estos autores, en Argentina se crean dos tipos de negritud entre los cuales se producen múltiples cruces y mutuos reforzamientos. Una negritud “hiperrestrictiva” o “racial” que porta fuertes sentidos racistas estereotipados, basándose en un sistema de categorización visual según el cual se consideran “negros”, exclusivamente, a aquellos que respondan a la figura prototípica de la “raza negra” (negrura de la piel, pelo “mota”, nariz ancha y labios gruesos). Y una negritud “popular” asociada a “otro tipo de negros”, que sí forman parte de lo connacional, y en la que cobra especial fuerza la dimensión de clase social, exponiendo los procesos de mestizaje que efectivamente se produjeron en este territorio.
Varios investigadores han estudiado cómo el mito de la argentina blanca empieza a desmoronarse luego de la catástrofe socioeconómica que dejaron las dictaduras militares y el período de afianzamiento neoliberal. Ya en la década del 90’ hay una revitalización de lo negro a través de expresiones culturales como la cumbia y el cuarteto que logran durante esos años colarse en las fiestas de los sectores medios y altos de las sociedades urbanas. Según el historiador de la cultura, Ezequiel Adamovsky, la crisis del 2001 produjo un proceso de fragmentación en el cual ese “patrullaje cultural” que aseguraba la consistencia del pueblo homogéneo pierde parte de su efectividad. Esto permitió cuestionamientos más profundos al mito de la Argentina blanca, junto con un conjunto de políticas multiculturalistas a nivel internacional que fomentó el resurgimiento de las identidades étnico-raciales. Como sostiene este autor, la crisis habilitó que ciertos sectores de las clases populares impugnaran las definiciones de lo argentino propuestas por la cultura dominante. Entre los años ’80 y ’90 los pueblos originarios y algunos grupos afrodescendientes presenciaron un resurgir del interés por el legado de sus ancestros acompañado de una intensa actividad de afirmación de la cultura propia. En el marco de esas disputas, algunas políticas del Estado buscaron modos de incorporar esa diversidad. En este sentido, podemos señalar que el Censo nacional de 2001 incorporó, por primera vez en la historia del Estado, la pregunta por la pertenencia o por la ascendencia a algún pueblo indígena. Y se llevó a cabo, entre los años 2004 y 2005, la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas que permitió tener un diagnóstico más detallado de las poblaciones indígenas tanto en el ámbito rural como urbano. Asimismo, en 2010, en el Censo nacional se incorporó por primera vez la pregunta por la afrodescendencia en un cuestionario ampliado a ciertos hogares para finalmente ser incorporado a la totalidad de la población en 2022. El gobierno kirchnerista –especialmente a partir de 2008– adoptó una estrategia más rupturista que quedó plasmada, en 2010, en los festejos del Bicentenario de la Patria y en el cambio de denominación de la conmemoración del 12 de Octubre, ya no como celebración de la hispanidad, sino como una reflexión bajo el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, sancionado por decreto por Cristina Fernández de Kichner.
Mundial de fútbol, derechas radicalizadas y progresismos miopes: ¿por qué es importante seguir debatiendo en torno al racismo?
La antropóloga Rita Segato, que residió y trabajó durante décadas en Brasil, analizó comparativamente los modos de construcción de lo que denominó “alteridades históricas” e “identidades políticas” entre Argentina, Brasil y USA, para cuestionar las certezas y limitaciones del “pluralismo cultural” en el contexto de la globalización (1999). Las alteridades históricas son aquellas diferentes formas de vida que se han constituido de manera singular en el contexto de un Estado nación, a lo largo de su historia concreta. Siguiendo esta premisa fuimos reseñando en los apartados anteriores cómo se dio este proceso en nuestro país, bajo el mito de la Argentina blanca y europea. En las argumentaciones de Segato, las identidades políticas, a diferencia de las alteridades históricas, surgen y se movilizan con mayor o menor rapidez en el escenario global como herramientas estratégicas para reclamar derechos, visibilidad y recursos (de Organismos multilaterales, ONGs, gubernamentales, etc). En la globalización, como fase del capitalismo financiero y digital, este fenómeno no es homogéneo, ya que el pluralismo cultural, denominado también como multiculturalismo por otros autores, es un modelo que intenta administrar la diversidad bajo formas fijas, estandarizadas y exportadas por USA y las agencias internacionales, en contexto históricos muy diferentes. Su crítica al pluralismo cultural devela la trampa de una desigualdad encubierta que suele celebrar una diversidad superficial, folclorizando y exotizando a los “otros” de la nación, pero sin alterar las estructuras profundas de poder y desigualdad históricamente construidas.
En una lectura inspirada en Segato, Adamovsky (2026) señala que el igualitarismo de las políticas multiculturales es una fantasía, lo mismo que lo es la “Argentina blanca” o la “democracia racial” de Brasil. En ningún caso sirve para describir y operar sobre las realidades concretas y, por el contrario, muchas veces funciona como una sutil continuidad de las expectativas de segregación. Es decir que, bajo la premisa de que “todos los grupos étnico-raciales deben vivir en armonía y respeto mutuo”, subsiste el objetivo eugenésico de que “no deben mezclarse”. En su versión culturalista sería: “todas las culturas en armonía” pero separadas. Como Estados Unidos exportó su modelo multicultural de construcción de otredad, basado en sus políticas racializadas de segregación (afroamericanos en ghettos e indígenas en reservas) y nosotros, al igual que la mayoría de los denominados países periféricos, importamos dichas categorías, las alteridades históricas u otredades nacionales de los países latinoamericanos se vieron empujadas a encajar en guiones fijos impuestos por la globalización para ser reconocidas institucionalmente, perdiendo en dicho proceso su dinamismo social, pero sobre todo su verdadera agencia y potencial político.
Una de las consecuencias de importar categorías exógenas para pensar realidades locales podemos encontrarla en aquello que sucedió durante y post mundial de fútbol, que resultó ser una amplificación de la discusión sobre el racismo en Argentina. Esta discusión fue dada desde un profundo desconocimiento de la historia y la realidad social, económica, política y cultural de nuestro país. A la vez que, tal como suele suceder en la lógica algorítmica de las redes sociales, las conversaciones que “más miden” fueron comparables a un océano de información e interacciones, por lo extenso, pero de dos centímetros de profundidad.
Argentina es un país racista, como lo son todos los de América Latina y del resto del mundo capitalista, occidental y moderno. Negar el racismo no tiene sentido, por los múltiples argumentos que ya esgrimimos; además, indicaría que ni siquiera lo estamos pudiendo ver ni nombrar. Ahora, una cosa es reconocer el racismo en nuestro país y otra muy diferente es que, tanto los progresismos como las derechas, nos cuelguen la etiqueta de “ser el país más racista del mundo”.
Esta idea produjo varias reacciones. Las primeras y más viscerales oscilaron entre el enojo y las ganas de responder a todas las barbaridades que fuimos leyendo en nuestras redes sociales. Luego, el enojo dio paso a la risa y el desconcierto por lo absurdo de algunos planteos, hechos desde los lugares más insólitos: mexicanos y brasileros furiosos que aprovecharon para desquitarse la bronca futbolera por haber quedado en fases tempranas de la copa del mundo y también respondiendo a la sistémica soberbia de muchos de los argentinos que visitan sus países; artistas de Hollywood que vieron en el rostro mestizo blanqueado de nuestros jugadores de fútbol una segregación de color, escena imaginada en el marco cultural norteamericano, más no para nuestro país; pensadores, que, a falta de otro adjetivo llamaremos progresistas, también miran la realidad argentina desde marcos conceptuales colonialistas; y las derechas que en nuestro país oscilaron entre un patrioterismo y un uso estratégico del tema para evadir responsabilidades y reactualizar un “ser nacional” de fines del Siglo XIX y principios del XX, época que pretenden restaurar en su cruzada cultural.
Una vez que pasamos por el enojo, la indignación, la risa, el desconcierto, también conversamos y nos preguntamos por esta discusión: ¿Por qué ahora? ¿Qué sentido tiene? Y si bien no surgió en el contexto nacional ¿tiene sentido continuarla? ¿qué otras cosas sucedieron durante el mundial para que se amplificara el tema del racismo y nos pusiera en un lugar incómodo y central? ¿Qué podemos decir desde la Antropología?
El gobierno de Milei quiere reponer una visión del ser nacional ligado a la hispanidad, a la superación de los mestizajes en un “crisol de razas” que dio como resultante una población incolora o blanca, y al progreso como algo que debe ser importado desde afuera, despreciando el propio desarrollo técnico y profesional nacional (basta con mirar el desguace del sistema universitario y de ciencia y tecnología que está llevando adelante). Esta reactualización del ser nacional instituido por elites del Siglo XIX, en pleno Siglo XXI, perjudica, en primer término, a los colectivos negros, indígenas y marrones que viene combatiendo el racismo en Argentina. Estos colectivos racializados quedaron etiquetados en una caricatura que poco tiene que ver con sus experiencias concretas. La derecha gobernante aprovechó dicha caricaturización para negar el problema real. Basándose en el argumento de que si es absurdo afirmar que Argentina es el país más racista del mundo, entonces, toda denuncia de racismo también es falsa.
Así, las expresiones políticamente correctas emanadas sobre todo desde los sectores progresistas internacionalizados terminaron ofreciendo una coartada a la derecha de nuestro país. La consecuencia más inmediata y concreta se expresa en el cambio de denominación de la conmemoración del 12 de Octubre: el gobierno libertario puede volver a proclamar el “día de la raza” porque ya no comportaría un problema y, de este modo, desplazar el enfoque instalado en 2010 (cuando la fecha pasó a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural) al que asocian con la agenda política del kirchnerismo. Asimismo, propugnan que el arribo de Cristóbal Colón a América en 1492 impulsó la civilización, el intercambio global y el progreso en el continente, distorsionando las consecuencias históricas de la colonización.
Otro resultado no deseado de la campaña anti Argentina, como bien señala Mosquera (2026), es que divide a colectivos y pueblos con diferentes experiencias organizativas a lo largo de toda América, que deberían o podrían ser aliados en tanto están atravesados por problemas específicos de racismo, por luchas obreras, indígenas, anticoloniales y por participación democrática. Entonces, se empuja a convertir rivalidades futbolísticas en una competencia moral entre colectivos y pueblos con consecuencias políticamente desastrosas, sobre todo en un momento de avance de la extrema derecha y renovada presión estadounidense sobre la región. Las derechas saben muy bien aprovechar esas divisiones y competencias, que desde lo futbolístico se proyectan a lo nacional, para seguir instalando su posición. Por eso, la campaña anti Argentina debe ser denunciada sin eufemismos, no porque Argentina no sea racista, sino porque la solidaridad entre los pueblos oprimidos es demasiado importante como para dejarla subordinada a la lógica de las redes sociales y a pseudomoralismos políticamente correctos. Pero no todo lo que sucedió durante el mundial, más allá de los resultados futbolísticos, es despreciable. Basta recordar la bandera sobre Malvinas desplegada por los jugadores en ocasión del festejo en semifinales contra Inglaterra. Por eso, para finalizar, queremos destacar algo que para nuestra disciplina es central y puede tener también consecuencias políticas deseables. Esto es: aprovechar la amplificación que tuvo el tema del racismo y el colonialismo en Argentina en redes sociales para continuar el debate en nuestro país, a condición de que sea una discusión que podamos dar en nuestros propios términos y que reconozca la trayectoria de los otros “negados” en la historia oficial como modo de seguir desmontando el colonialismo y la opresión.
Yanina Mennelli / Antropóloga, docente e investigadora UNR e ISP de Música «Carlos Guastavino». Concejala de Pueblo Esther, mandato cumplido, Ciudad Futura.
Manuela Rodríguez / Doctora en Antropología, docente UNR, Investigadora CONICET.
Bibliografía citada y consultada:
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