El peronismo y una ética del tiempo

por Juan José Giani

En 1921 Carlos Astrada publica “El renacimiento del Mito”, un breve pero sustancioso texto de señera relevancia para la filosofía política argentina. El aún joven pensador recién desplegaba sus primeras armas, en un clima cultural fuertemente impactado por las devastadoras consecuencias civilizatorias emanadas de la ya concluida Primera Guerra Mundial.

Esa hecatombe moral había arrastrado tras de sí a un sinnúmero de convicciones, pero se destacaba entre ellas el agotamiento irreversible del racionalismo cientificista que bajo la égida conceptual de positivismo había gobernado el universo intelectual durante décadas. Tanto la idea de perfectibilidad progresista de las sociedades como la confianza en el desarrollo tecnológico como manifestación de bienaventuranza habían quedado hecho añicos, con una humanidad que se había colocado al borde de la autodestrucción generando por ejemplo con la aviación militar instrumentos más rotundos para la masacre.

Imbuido por aquel escenario de desazón y desconcierto, Astrada era un fogoso miembro de la Reforma Universitaria del 18, y de la mano en buena medida de sus lecturas de Federico Nietzsche exhibía una suerte de vitalismo de izquierda sazonado con algunas cuotas de nacionalismo. Bien vale recordar aquí que aquella insurgencia estudiantil no se limitaba a requerir drásticos cambios institucionales, sino que además exigía una conversión cultural de perspectiva latinoamericanista, vertebrada en torno a la lozanía de un segmento juvenil en principio incontaminado por las decrépitas telarañas de un viejo orden moldeado por el ahora repudiado paradigma positivista.

El artículo de Astrada se inscribe en ese territorio de consternación y búsqueda. La propia idea de renacimiento remite simultáneamente a construcción matinal y retrospección, a fundación pero anclada a su vez en el pasado. Es oportuno señalar aquí que en aquel tiempo el concepto de “Mito” despertaba suspicacias cuando no rechazo, pues en el marco del cientificismo reinante parecía funcionar no como asistente de la razón sino como aquello que venía a obstruirla, un estadio pre-lógico del conocimiento humano que debía ser raudamente abandonado. Astrada, desdeñando toda esa carga de desprecio epistémico se aferra a los  núcleos míticos con entusiasmo y los percibe como una estructura emotiva de símbolos que asentada en un pasado virtuoso alimenta prácticas emancipatorias en el presente.

Esa operación mítica no actúa por cierto en el vacío, sino que resulta aplicada a la recientemente estallada Revolución Rusa. Nuestro autor todavía no estaba plenamente embanderado con la perspectiva del marxismo, pero cree encontrar en los acontecimientos del Octubre Rojo un hálito de esperanza luego del sonoro derrumbe del liberalismo capitalista. Es sin dudas una versión espiritualizada de esa Revolución, que interesa no solo por sus realizaciones sino además por su impulso vital y regenerativo en un mundo culturalmente exhausto.

Pero la originalidad del texto no culmina allí, pues ese estado de sublime insurrección no se explicaba solo por malestares materiales, sino que se afincaba en la gloriosa tradición rusa representada por diferentes figuras (Dostoievski, Gogol, Gorki) que durante el siglo XIX habían elaborado diferentes formas de recusación a la modernización despótica y carente de genuina alma nacional promovida por el derrocado zarismo.

El pensador cordobés logra entonces integrar las tres temporalidades que constituyen esencialmente la acción y la reflexión política. En sintonía con un presente visto como insatisfactorio, se proyecta una esperanza, solo que esa esperanza no se dispara como puro acontecimiento incausado, sino abastecida por un rico acervo que brota del pasado. Si bien la política parece inevitablemente consumida por el presente (hay que proceder ya, aquí y ahora) la única herramienta para movilizar aquello que le brinda verdadero contenido (la dirección de una voluntad colectiva) requiere tanto de las moralejas del pasado como de la construcción de un futuro.

Vale señalar que un dato saliente de este artículo es que emerge como certero precursor de quien con el tiempo ganará fama teórica por utilizar un dispositivo análogo. Nos referimos al peruano José Carlos Mariátegui, que primero en el prólogo al libro de Luis Valcárcel “Tempestad de Los Andes” y luego en su obra más famosa “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” subvierte con medulosa heterodoxia las tendencias dominantes en el marxismo oficial. Apuntalado también por Nietzsche, las vanguardias estéticas y la obra de Georges Sorel, piensa al marxismo menos como una ciencia de la historia que como acicate moral para desterrar a la decadente sociedad capitalista.

Frente a los riesgos de un crudo materialismo, y del rígido etapismo que imaginaba que la revolución solo puede concretarse luego de atravesar secuencias necesarias (esclavismo, feudalismo, capitalismo, comunismo científico), sostiene que en el Perú un bloque obrero-campesino podría descentrar la linealidad del tiempo nutriéndose de las ancestrales costumbres del comunismo incaico para edificar sobre ellas una fraternidad socializante en el presente. Llamará entonces “Mito” a esa suerte de ensoñación colectiva donde, contra algunos resabios iluministas del marxismo, el pasado no es rémora ni estorbo sino plataforma de un futuro igualitario.

Ese escrito de Astrada, por lo demás, no permanecerá como una clarividencia aislada. Ya más maduro en su formación y en contacto con los grandes representantes de la filosofía alemana de la época, escribirá en 1948 un libro central, “El Mito Gaucho”. La Revolución Rusa había perdido parte de su aura esperanzadora, pero en su lugar se instaura en la Argentina un movimiento que apunta a despertar similares algarabías.

 Haciendo su impactante ingreso en las insólitas y vibrantes jornadas del 17 de octubre de 1945, esa experiencia conducida por el General Perón no solo auguraba una patria justa, libre y soberana, sino que además contaba con una impronta doctrinaria capaz de encarrilar la crisis terminal que aquejaba al mundo tras la Segunda Guerra Mundial.

Embebido ahora de la ontología existencial de Martín Heidegger, repite el andamiaje mítico solo que este no proviene de la gran literatura rusa del siglo XIX sino del Martín Fierro, poema épico de José Hernández que enhebra al gaucho insurrecto que denuncia las patrañas de Mitre y Sarmiento con el proletario peronista que desbarata las exclusiones simbólicas y materiales de la Argentina oligárquica. Las tres temporalidades funcionan aquí con una coordinación casi perfecta. Un presente de grandes transformaciones, un pasado legendario con memorables enseñanzas y un futuro gratamente lanzado hacia un peronismo redentor.

Sin embargo, cabe decirlo, esta estrategia de raigambre mítica no es patrimonio exclusivo de los marxismos telúricos o los nacionalismos de izquierda. Es interesante observar aquí el caso de Javier Milei y la Libertad Avanza, que mientras que con ánimo disruptivo despotrica contra la casta, procura ensamblar su anarcocapitalismo con alguna página eminente del pasado nacional. Eso parece ubicarse en la Generación del 80 y las figuras de Juan B. Alberdi y Julio A. Roca, supuesta edad de oro en la cual nuestro país habría sido una gran potencia, luego pisoteada por el populismo de Hipólito Yrigoyen y las perniciosas éticas de la Justicia Social promovidas por Perón. Una restitución de la Argentina granero del mundo, que descree de cualquier proteccionismo industrial y reemplaza la carne y el trigo por el litio, el gas y las tierras raras.

Es esto Milei aventaja a Mauricio Macri, pues con su batalla cultural busca incluirse en una historicidad posible, mientras que al ahora caído en desgracia expresidente su connivencia con la UCR en su fenecida alianza le impedía abrazarse sin más con la retroutopía liberal.

La articulación de temporalidades es sin embargo imprecisa. El presente sería el auge de la motosierra, el pasado el roquismo, pero el futuro es un borroso mensaje salvífico en clave de ultraderechas, donde por otra parte todos los modelos actuales de capitalismo exitoso se parecen bien poco a lo que pregona el Presidente.

Ahora bien, la dimensión mítica de la política tiene su vigor pero también sus incordios. Esto es, coloca vitaminas identitarias en un proyecto que requiere insoslayablemente de ellas, pero a su vez en tanto relato clausurado y autosuficiente obstaculiza justipreciar los tropiezos y carencias de una experiencia histórica. Despojar a una fuerza política de esa nutriente simbólica la enflaquece, pero permanecer aferrado a ella la condena a vivir de congeladas glorias que pueden tornarse entre vacías y contraproducentes. Sería conveniente tal vez no hablar de Mito sino de narrativa inspiradora en estado de abierto, invitando a nutrirse de ella, pero también con disposición a separar la paja del trigo.

El peronismo, como advirtió tempranamente Astrada, es una cantera pletórica de mitos, lo que explica en buena medida su notable continuidad política. Desde ya su acto natalicio en Plaza de Mayo, pero habría que sumarle obviamente a Juan y Eva Perón. Incontables rituales emotivos recuerdan su influyente y prestigioso legado. No obstante, eso no ha impedido penetrar en esa estructura de significados, señalando por ejemplo los errores que en ocasiones cometió su líder, o condenando el ominoso momento que tuvo como Presidente a Carlos Menem. Mito y reflexión aquí no se contraponen sino que se yuxtaponen fructíferamente.

Un problema actual del kirchnerismo que dificulta su recuperación electoral es la ausencia de un virtuoso ensamble entre las temporalidades. Vive en un puro presente (frenar a Milei) y lo hace dignamente, pero respecto del pasado combina un silencio entre elusivo y culposo sobre la fallida gestión del Frente de Todos y una menguada apelación mítica a la “década ganada”. Lo que entorpece, claro, una solvente mirada de futuro, una alternativa bien argumentada, el proyecto renovado que debe ofrecerle al país.

Allí está la tarea entonces de sus principales dirigentes. Una equilibrada ética del tiempo. Destacar sin balbuceos los méritos (que fueron muchos) y admitir sin rodeos las defecciones (que fueron varias) y comprometerse a cumplir con detalles un programa que garantice a esta golpeada sociedad un horizonte signado por la profundización democrática, la soberanía económica y la justicia social.