ESA OBSTINADA ILUSIÓN

por Carlos Oyola

en las vísperas

Todos sabemos que aquella actuación de Maradona en México ’86 no fue solamente una hazaña deportiva. Fue un acontecimiento político, social y cultural de alcance universal. El 22 de junio de 1986, apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas, Argentina dejó de ser, para buena parte del mundo, un país apenas ubicado en el extremo sur del mapa. A partir de esa tarde, comenzó a convertirse en un símbolo. Desde entonces, para millones de personas, Argentina empezó a pronunciarse con un solo nombre: Maradona.

No importa si uno recorre un mercado en Asia, una aldea africana, una favela brasileña o el subte de Nueva York. Basta decir «Argentina» para que aparezca inmediatamente el rostro del Diego o el 10 en su camiseta. Maradona terminó siendo un idioma común, un pasaporte afectivo, una amistad instantánea en cualquier país, una puerta que se abre, una mesa compartida, una barrera que se levanta en un retén de frontera, una cama que nunca falta si uno lleva puesta la camiseta albiceleste o dice de donde viene.

Pero aquello fue mucho más profundo que una exhibición de talento. Aquella tarde, el hombrecito nacido en Villa Fiorito derrotó futbolísticamente a la nación que había inventado ese deporte y que, además, representaba uno de los grandes imperios coloniales de la historia moderna. No era David contra Goliat en términos futbolísticos, para nada. Era, para millones de habitantes del mundo periférico, la imagen del humilde venciendo al poderoso, del marginado desafiando al centro del poder, del sur respondiéndole al norte, la «barbarie» doblegando a la «civilización».

Y lo hizo de la manera más maradoniana imaginable. Con el mejor gol en la historia de los Mundiales y con el más irreverente de todos. Un gol pirata. Un gol con la mano. Pero no con cualquier mano; con la Mano de Dios.

Ese gesto, que las usinas intelectuales de Europa leyeron como una picardía, una trampa y una amoralidad imperdonable, fue interpretado por innumerables pueblos que conocieron la experiencia colonial como un acto de revancha simbólica. No porque reivindicaran la infracción, sino porque comprendieron perfectamente lo que representaba. En Diego no vieron solamente a un futbolista extraordinario. Vieron a uno de los suyos derrotando, aunque fuera por un instante, al poder que durante siglos había escrito la historia desde el lugar de los vencedores.

Tal vez haya llegado el momento de pensar aquellos dos goles como algo más que un episodio deportivo en el almanaque. Forman parte ya de la memoria cultural de los procesos de descolonización contemporáneos. Son un hecho simbólico que excede al fútbol y que todavía hoy produce efectos políticos y emocionales.

Sólo así se comprende un fenómeno que, visto desde Occidente, parece inexplicable; Bangladesh.

¿Por qué un país de más de ciento setenta millones de habitantes, sin vínculos migratorios significativos con la Argentina, sin el fútbol como deporte nacional, y situado a más de dieciséis mil kilómetros de la Argentina, vive cada Mundial como si la Selección fuera propia?

Porque Bangladesh también conoció el dominio británico. También cargó con la experiencia de la subordinación imperial. Y cuando aquel pequeño argentino humilló futbolísticamente a Inglaterra en 1986, millones de personas sintieron que esa victoria también les pertenecía. No alentaban únicamente a la Argentina. Alentaban la posibilidad, aunque fuera durante noventa minutos, de que los pueblos de la periferia pudieran derrotar a quienes durante siglos parecían invencibles.

Por eso el amor de Bangladesh por la Argentina nunca fue una extravagancia folklórica ni un fenómeno inexplicable. Bangladesh no sólo vio los goles de Maradona. También había visto, pocos años antes, a soldados argentinos enfrentar de frente a una potencia colonial en Malvinas. Todo cabe en la razón y en el corazón. Aquello fue, y sigue siendo, un fenómeno profundamente político y cultural. Uno de esos raros momentos en los que el fútbol deja de ser un juego para convertirse en un lenguaje universal de identidad y dignidad.

Muchos, y con buenas razones, podrán decir que, esta tarde, se juega apenas un partido de fútbol. Pero también se juegan la memoria, los símbolos y una parte de la historia de un pueblo. Se juega todo aquello que el fútbol es capaz de condensar cuando es identidad nacional. Hoy, 15 de julio volverán a jugarse viejas batallas y esa obstinada ilusión de que, por noventa minutos, volvamos a vencer a los piratas.

 ¡Vamos ARGENTINA!