LA IGLESIA CATÓLICA PONE PRIMERA Y ACELERA. MAGNIFICA HUMANITAS Y EL MUNDO QUE VIENE

por Diego Mauro

Tras un año de cautela y moderación, con la encíclica Magnifica humanitas, León XIV decidió poner primera y acelerar. Es cierto que con la exhortación apostólica Dilexi te –publicada en octubre de 2025-, Prevost pareció decir que, al menos en lo referido a la Doctrina Social de la Iglesia, iba a continuar el legado de Francisco. Sin embargo, como señalaron diversos analistas en su momento, era un documento todavía más del papa argentino que suyo. En cierto modo, se trataba de un escrito heredado que apenas rubricó con su firma. ¿Estaba Prevost realmente consustanciado con su contenido? Por entonces, estos interrogantes crecieron en virtud de su política de equilibrios y compensaciones. Por un lado, hacia los sectores tradicionalistas, a los que permitió celebrar nuevamente la misa tradicional, por otro, hacia los grupos conservadores con quienes mostró una sensibilidad más afín en temas siempre controvertidos en la Iglesia como la definición de la familia, la bendición de las parejas homosexuales o el debate sobre el diaconado femenino. Todo esto generó dudas sobre la orientación de su papado y llevó a algunos vaticanistas –como se denominan los analistas especializados en la política de la Iglesia en Roma- a hablar del “enigma Prevost”.

Como he señalado en otros artículos, dicho “enigma” se entiende en buena medida desde la física del poder.[1] Cuando en mayo de 2025 Prevost fue elegido papa, no tuvo que correr a sofocar un incendio fuera de control, como le ocurrió a Francisco en el 2013, pero sí recibió una institución atravesada por conflictos y enfrentamientos profundos. Durante su pontificado, Francisco logró reposicionar a la Iglesia como una voz influyente en el plano internacional, pero lo hizo al precio de profundizar el malestar de conservadores y tradicionalistas. Prevost debió lidiar desde el minuto uno con esta situación tirante. En una primera etapa, su estilo cauto y su estrategia de apaciguamiento logró resultados. Las tensiones disminuyeron y el riesgo de ruptura decreció.  Pero, sobre todo desde principios de este año, las cosas cambiaron. La hostilidad aumento y los conflictos recrudecieron. En particular con uno de los principales actores del universo tradicionalista, la Federación Sacerdotal San Pío X. Los llamados lefebvristas desafiaron públicamente al papa y anunciaron la consagración de obispos sin su autorización.

En los últimos meses, en parte, tal vez como una respuesta a esta situación, Prevost decidió ajustar su táctica y elevar el perfil. En este contexto, el ataque de Donald Trump resultó una bendición. León XIV necesitó apenas unas pocas palabras para colocarse en el centro del ring y noquear a su torpe adversario. De igual manera, sus recientes viajes, especialmente sus visitas a Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial y España, le permitieron amplificar su voz y ganar centralidad.

En este clima llega Magnifica humanitas, un documento importante que va más allá de la coyuntura o los problemas inmediatos del papado de Prevost.  Por el contrario, la encíclica dialoga en profundidad con el magisterio pontificio (las enseñanzas de los papas contemporáneos) y amplía sustancialmente el edificio teórico conocido como Doctrina Social de la Iglesia.  Al igual que Francisco, que supo extender sus fronteras hacia el terreno de la ecología integral y la economía social a través de Laudato si’ y Fratelli tutti, Prevost intenta hacer lo propio con la IA y lo que muchos especialistas comienzan a conceptualizar como una nueva revolución industrial y tecnológica.

Un breve paréntesis: el ABC de Doctrina Social de la Iglesia

Cuando hablamos de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) nos referimos a un conjunto de reflexiones y análisis sobre la realidad social sistematizado por los papas contemporáneos. No pretende ofrecer soluciones técnicas concretas o diseños específicos de política económica, sino más bien orientaciones y principios para pensar desde una óptica cristiana la sociedad y la política. En este sentido, el término doctrina puede prestarse a equívocos, puesto que los principios que postula no son rígidos sino lineamientos para pensar la realidad social. Lo que en el catolicismo suele definirse como discernimiento o, en una clave más social, discernimiento comunitario: la práctica de pensar con otros poniendo en diálogo valores, normas, conceptos y situaciones concretas. Francisco lo resumía en uno de sus axiomas de cabecera: la realidad es superior a la idea. Por otro lado, el término propiamente dicho es relativamente recientemente. Se empleó por primera vez en la exhortación apostólica Menti nostrae de Pío XII en 1950. Previamente, en los años treinta había comenzado a utilizarse el sustantivo “doctrina”, junto a la idea de justicia social. Entre los historiadores y teólogos, sin embargo, existe el consenso en situar el inicio de esta forma de magisterio pontificio al menos medio siglo antes, en la encíclica Rerum novarum, publicada por León XIII en 1891. A través de ese documento, que retomaba los debates del catolicismo social europeo y estadounidense en sus diferentes vertientes y escuelas, el papa buscó marcar la cancha y proporcionar a los católicos una hoja de ruta clara. A la manera de un documento programático, si se quiere, una suerte de Manifiesto comunista de los católicos, el documento trazaba un diagnóstico del conflicto social, que vinculaba al avance del liberalismo y la disolución de los lazos orgánicos tradicionales, y proponía principios para superarlo –como la justicia social y la conciliación de clases-; y un horizonte utópico –o, más bien, retro utópico-, definido como Nueva Cristiandad.

El surgimiento y desarrollo a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI de este magisterio codificado –que coincide con la propia emergencia del papado contemporáneo como tal- es, en nuestros días, como subraya la teóloga Emilce Cuda, uno de los factores distintivos del cristianismo católico.[2] En este sentido, no sorprende que en Magnifica humanitas, León XIV dedique casi la mitad del documento a sistematizar la historia de la DSI resumida en seis principios: la dignidad infinita de la personas humana, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.

De todos ellos, el más importante es la dignidad de la persona humana, fundamento absoluto y centro de toda la enseñanza social. La encíclica enfatiza la dignidad ontológica e ilimitada de cada ser humano por ser creación e imagen de Dios. Se trata de una definición en total sintonía con la exhortación apostólica Dignitas infinita de 2024, durante el papado de Francisco. En la ocasión, el prefecto para el Dicasterio de la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor “Tucho” Fernández, explicó que el documento “recogía el pensamiento de Francisco sobre el valor infinito de cada persona humana más allá de toda circunstancia” y agregaba que en ese aspecto “el pensamiento de Francisco era radical” porque “cada ser humano” era portador de “un valor inmenso e inalienable”. Lo definió incluso como “la base del humanismo social del Papa”.[3] Esta noción amplia e ilimitada de dignidad funda, además, teológicamente –es decir más allá de la voluntad humana- la igualdad y la fraternidad, y desacopla la dignidad -y los derechos humanos y sociales- de las condiciones históricas particulares o de criterios como el de la eficiencia, la productividad o el éxito individual. No hace falta ser teólogo, filósofo o historiador para comprender las derivaciones sociales y políticas de este principio. Por un lado, el destino universal de los bienes, fundado en la dignidad inalienable, supone la consecuente subordinación de la propiedad privada y los recursos económicos al bien común. Por otro, el principio de solidaridad –basado en la fraternidad común- sienta las bases de la justicia social que, dicho sea de paso, por primera vez es mencionada como principio constitutivo y elemental de la DSI.

La IA y el magisterio social pontificio

A la luz de la DSI, en la segunda parte, Magnifica humanitas plantea varias advertencias y, en la línea del filósofo Hans Jonas, rechaza tanto las posturas catastrofistas como las tecno-optimistas. Más bien, reconoce los aportes del avance científico, pero pide administrar y regular con prudencia y precaución la IA. Ante todo, porque la encíclica subraya su naturaleza ideológica. Dicho de otra manera: la encíclica recuerda que la tecnología no es neutral o un mero instrumento. La IA, argumenta el papa, tiene el rostro de quien la diseña, la gestiona, la entrena y la desarrolla. Además, el documento advierte sobre el control de los datos, los algoritmos y las plataformas y recuerda que no están por fuera del destino universal de los bienes. Por ende, señala, es preciso combatir la concentración de estos recursos en pocas manos y alienta formas colectivas y democráticas de regulación y control. En la misma línea, el documento llama la atención sobre la difícil relación entre responsabilidad política e IA, y pide asegurar la trazabilidad de la toma de decisiones. De igual modo, atendiendo al principio de subsidiariedad -según el cual las instancias superiores no deben absorber las funciones que pueden realizar las personas, familias o comunidades locales-, la encíclica pide proteger la capacidad de decisión de las personas y evitar que los procesos tecnológicos se impongan de forma opaca desde arriba. El riesgo, concluye Magnifica humanitas, es la destrucción de eso que Hannah Arendt llamaba el mundo común: el conjunto de referencias generales capaces de permitir el diálogo social. Dicho de otra manera, si las lógicas algorítmicas siguen encerrando a los sujetos en sus propios mundos individuales y autorreferenciales, argumenta Prevost siguiendo la línea del fray Paolo Benanti -uno de los principales asesores del Vaticano- se corre el peligro de aniquilar irreversiblemente las bases de toda conversación social.[4]

Un catolicismo confiado y a la vanguardia

A finales del siglo XIX, cuando el papa estaba cautivo en el Vaticano, sin recursos ni ejércitos, aislado geográfica y diplomáticamente, ni los más optimistas defensores del papado se habrían atrevido a imaginar un escenario como el actual, con un pontífice sentado en la mesa chica de la política internacional. Como historiador tiendo a pensar las cosas en el largo plazo. Desde ese ángulo, no puede soslayarse que la fortaleza del papado actual es el resultado de un paulatino y paciente proceso de reconstrucción de la institución, iniciada en la segunda mitad del siglo XIX. La historia de la Doctrina Social de la Iglesia es también la historia del fortalecimiento del papa como una voz de autoridad en el catolicismo y, poco a poco, más allá de él. En ese derrotero, el rol de Francisco fue clave. No obstante, si cambio el prisma, me saco el traje de historiador y deposito la atención en la coyuntura geopolítica actual, se hace evidente que dicha fortaleza es también una consecuencia del franco declive de otros actores políticos globales, otrora muy pujantes durante el siglo XX, como el conformado por el arco de las izquierdas internacionalistas. Que se me entienda bien, como planteé también en otra reflexión,[5] no digo que no existen voces críticas desde las izquierdas sobre la sociedad y la economía contemporáneas, sino que su dispersión -en parte reforzada por la lógica algorítmica de las redes sociales- ha debilitado sustancialmente su influencia e impacto político. Lo mismo cabría afirmarse de las élites dirigentes de las principales potencias europeas, en nuestros días, mucho más espectadores que participantes de los cambios en curso. En este contexto de desamparo, la voz del papa y de la Iglesia resuenan con fuerza y se escuchan con atención. A fin de cuentas, ¿quién más, con peso e influencia, está abriendo un debate franco sobre el futuro del mundo y el destino de la humanidad? Algunos de los gurúes y magnates tecnológicos -hoy en una relación tirante con Roma, como ocurre con Peter Thiel-, el Partido Comunista Chino, los intelectuales nacionalistas de la Rusia de Putin… sobran los dedos de las manos para contarlos. Por otro lado, la propia naturaleza transnacional de los desafíos ambientales, energéticos, económicos y tecnológicos del mundo actual dificultan el accionar político desde el marco de los Estados nacionales.

En este escenario, es lógico que León XIV busque puertas adentro, con confianza, principalmente en la Doctrina Social de la Iglesia, las herramientas para construir una salida. Por primera vez, además, con Magnifica humanitas la Iglesia no “llega tarde”. No intenta construir una posición sobre hechos consumados como en las encíclicas sociales anteriores, sino que, al revés, es ella misma la que abre una discusión nueva allí donde reina el desconcierto y la incertidumbre o donde sólo se escuchan las ideas extravagantes de algunos de los magnates tecnológicos, cada vez más reñidos con las bases del humanismo cristiano que custodia la Iglesia católica.

Diego Mauro es Doctor en Historia


[1] https://nuso.org/articulo/papa-leon-xiv-robert-prevost-catolicismo-francisco-vaticano/

[2] https://www.perfil.com/noticias/modo-fontevecchia/teologa-discipula-de-francisco-y-leon-la-justicia-social-diferencia-al-catolicismo-de-otras-religiones-modof.phtml

[3] https://panamarevista.com/una-revolucion-avanza-en-la-iglesia-catolica/

[4] https://www.latercera.com/nacional/noticia/paolo-benanti-el-fraile-asesor-del-papa-en-inteligencia-artificial-quienes-controlan-la-ia-pueden-controlar-gran-parte-de-nuestras-vidas/

[5] https://panamarevista.com/volver-a-san-agustin/