LA SALUD DE LOS ENFERMOS

por Antonio Salinas

Treinta y siete años antes de que se estrenara la película “Good bye, Lenin!”, se publicó “La salud de los enfermos”, el conocido cuento de Julio Cortázar. Se podría decir que ambas obras tienen una equivalencia narrativa: las tramas se desarrollan a partir de la estructuración de un simulacro, algo así como un mini orden protectivo de alcance doméstico, con el cual se intenta poner a resguardo a un ser querido de la irrupción de una novedad dolorosa e irreparable. La caída del Muro de Berlín, la consecuente reunificación de Alemania y el colapso de la URSS, en un caso. La inesperada muerte de un hijo menor, en el otro. 

En Rosario, por otros medios y por otras razones, hace muchos años que sucede algo similar pero en escala ciudad. La semana pasada, con la discusión en relación al proyecto de Juan Monteverde que -en esencia- pretende reparar una vieja injusticia sobre el sistema de Salud Pública local, eclosionó el síntoma, salió a superficie con un nivel de coordinación y obviedad brutal esa “extraña enfermedad inclasificada”. Pongámoslo de esta manera: contra toda evidencia, el Muro puede continuar indemne para quien así quiera creerlo, máxime si se tiene un hijo dispuesto a recrear la RDA en un pequeño departamento. Un hijo no está efectivamente muerto si a su madre le llegan cartas por él firmadas desde el exterior, aunque no necesariamente sea él quien las escriba. Conceptos básicos de la simulación. Simular para que nada cambie. Nada demasiado distinto a, por ejemplo, un gobierno local incapaz de algo tan ramplón como mantener en buen estado las veredas, pero que así y todo se granjea todos los días tapas de diarios elogiosas sobre hechos y eventos siempre, por una lisérgica definición, “históricos”. Hasta ahí, nada por fuera de la normalidad a la que nos habituamos en una ciudad como Rosario, donde el principal dirigente de la oposición (y autor del proyecto de la “polémica”) está lisa y llanamente censurado en los grandes medios de comunicación.

La cosa rebosa la habitualidad cuando, de repente, algo se manifiesta inequívoco, claro y contundente contra ese orden establecido, cuando no alcanza con censurar y “simular para que nada cambie”. Una protesta de agentes policiales por condiciones salariales dignas que altera los márgenes establecidos, por ejemplo, da lugar a columnas laudatorias acerca de la “muñeca política” del gobernador y el ministro del ramo para abordar el conflicto. Conflicto que no había sido noticia hasta los anuncios del gobierno, y que por eso mismo ahora desata aún con mayor profundidad el reclamo y termina por torcerle la muñeca, el brazo y el resto de las extremidades al gobierno provincial. Salvando cautelosamente las distancias, con el proyecto de Monteverde pasó algo al menos parecido. Un medio local lo pone en tapa el domingo, entrevistando al autor para que desarrolle el proyecto y, para nada menor, lo que éste permitiría: liberar miles de millones de pesos del exigido presupuesto municipal para volcarlos en vivienda y transporte. Algunas horas más tarde, con una coordinación pocas veces vista en un gobierno más bien errático, las réplicas al proyecto que sólo un medio había publicado se tropezaban en todos los portales. Las páginas web no daban abasto para el cúmulo de gacetillas de funcionarios indignados. Pero con un detalle: el proyecto, en boca de quienes lo denostaban, era exactamente lo contrario a lo que el proyecto en efecto planteaba. Lo que se conoce comúnmente como elaborar e instalar una mentira. Desde ya, muy pocos se molestaron en consultar al autor del mentado proyecto de qué se trataba esa criatura endiablada que tomaba forma en las declaraciones de funcionarios del gabinete municipal (que, huelga decirlo, por el nivel de medianía general, es altamente probable que muchos de ellos -empezando por el área de Gobierno- no lo hayan comprendido cabalmente). 

Pero, a estas alturas, conviene preguntarnos: ¿qué cosa es lo que tanto molestó de este proyecto? ¿En dónde ubicar su cualidad descollante que ya se anotó su primer logro (hacer trabajar al gabinete municipal un domingo)? En principio, en su carácter de amenaza al statu quo asfixiante que campea en esta ciudad hace décadas, pero que es un problema de las democracias a nivel global. Porque el proyecto, en el afán de reparar una injusticia y que en ese mismo acto se liberen fondos del presupuesto municipal, no plantea “intentar abordar tangencialmente el problemita de”, “propender a articular los máximos esfuerzos para ver si iniciamos un proceso para”. No. El proyecto libera ni más ni menos que el 15% de unos recursos propios injustamente exigidos ($180.000 millones) para volcarlos en la compra de 621 colectivos 0KM (renovación total de la flota), o en la construcción de 10.000 viviendas en 4 años (“histórico”, sería el eufemismo adecuado). Es decir: establece de verdad, con números concretos y de manera plausible cómo abordar efectivamente dos enormes dramas de esta democracia para los cuales los oficialismos de toda laya y en forma muy particular y patética el de Rosario no tiene respuestas, solo excusas. En resumen, el proyecto habla de una Rosario del futuro real, concreta, tangible. De cómo se hace para mejorarle en serio la vida a la gente. Y contrasta con una Rosario estrecha, angosta, muy precaria como el alma de quienes la gobiernan. Simulacro en suspenso.

El proyecto molesta, sobre todo, porque toca una fibra muy sensible: habla de los muchos sueños que nos quedan por flamear, del orgullo que queda por recuperar después de muchos años de gestiones excesivamente timoratas que no se animaron a dar ninguna pelea. Porque siempre y a todos les llega el momento en que el neón del cartel de Coca-Cola empieza a ser indisimulable detrás de la cortina de lienzo. Toda madre sucumbe ante las sospechas de expresiones que sabe a ciencia cierta no son las de su hijo. 

Así como treinta y siete años separan “Good bye, Lenin” de “La salud de los enfermos”, son treinta y siete años los que separan el inicio del proceso de municipalización de hecho de la Salud Pública en Rosario de la polémica desatada por el proyecto de Juan Monteverde. Esta columna, como quedó de manifiesto, no pretende “explicar” el proyecto ante las inmundicias de un oficialismo desesperado que se sabe en franca retirada. Simplemente,  es un intento de reflexión -prescindible- sobre las armas del poder y qué esperan con su uso como reacción desde nuestro campo: que no nos animemos a proponer nada, que mejor no hacer olas y llegar tranquilos al 2027. Que especulemos. Que seamos algo parecido al statu quo. Que seamos ellos. 

En buena hora que después de treinta y siete años (¡37!) todavía tengamos ganas de seguir peleando por reparar esa enorme injusticia y abordar los dramas del presente, y que a los que hoy esgrimen los nombres de quienes en 1989 se plantaron ante la burocracia de las jurisdicciones para -literalmente- salvarle la vida a la gente, ojalá un día encuentren cauces más felices para sus almas tan empequeñecidas. 

Y un P.D. de cierre.

P.D: durante los primeros nueve meses del 2025 (año electoral), la Municipalidad gastó en “Publicidad y propaganda” muchísimo más de lo que va a invertir en todo el 2026 para el sostenimiento del ILAR. Sí, el ILAR es el Instituto de Lucha Antipoliomielítica y Rehabilitación del Lisiado, una institución de salud que además sirve para que funcionarios de gabinete y concejales emplacen reels de Instagram con escaso carisma. Y “Publicidad y propaganda” es… bueno, es eso en lo que gastaron 14.300 dólares por día, habilitados por la firma de un Secretario con muchas ínfulas en redes sociales y poquísimo roce con la realidad concreta del resto de sus conciudadanos. Esa es la salud de los enfermos.