por Sergio A. Rossi
En el vértigo del discurso oficial, en esa vorágine de un gobierno que mezcla insultos y groserías con anuncios tribuneros para disfrazar una realidad en cuesta abajo para el 85% de los argentinos, en este montaje mileísta de cortinas de humo para distraer de las penurias y desviar la mirada de cómo entregan el país mientras viven ellos en la fiesta del deslome perpetuo, mayo fue el turno de un anuncio con ínfulas de modernidad: gemelos digitales para todos y todas, multiplicados al efecto en una maratón de ministerios.
En otras notas se analiza con rigor la lógica de subordinación tecnológica a dinámicas geopolíticas y comerciales muy ajenas al interés nacional y a la felicidad de nuestro pueblo. Quisiera aquí llamar la atención sobre otro aspecto, el de alguna inconsistencia en ciertos discursos y en ciertas gentes.
Se anuncia que van a disponerse, desplegarse, implementarse, administrarse -y por cierto contratarse- gemelos digitales para bien de los argentinos. Que sus datos –los de los argentinos- serán recogidos, concentrados, compilados y analizados de manera rapidísima e inteligente gracias a los aportes técnicos de amigos gubernamentales de Israel y EEUU, y a la prodigalidad de filántropos como el millonario migrante Peter Thiel, que por suerte compra propiedades en Barrrio Norte a pesar de que el peso argentino esté muy apreciado. Con inteligencia artificial y la experiencia desarrollada por esa gente, que se ha probado en Palestina, en Irán y en las redadas de la ICE contra ilegales en territorio yanqui, lograríamos tener nuestras historias clínicas y un montón de otros datos bien organizados para disfrutar de una más eficiente vida cotidiana.
Sólo comentarios favorables o a lo sumo neutros y ascépticos por parte de periodistas, académicos, formadores de opinión, incautos, loros repetidores, suspicaces a todo lo popular, expertos en ramas, recelosos a cualquier pulsión nacionalista; toda aquella gente que puso el grito en el cielo cuando en 2015 se anunció el uso extendido de la tarjeta SUBE para pagar el transporte público. Un coro cuyos alardes de suspicacia y sagacidad para alertar sobre males y calamidades se luciría más tarde contra la vacunación para el COVID19. Profetas del alarmismo que escandalizaban ante el espionaje que supondría registrar quién tomó qué colectivo urbano a qué hora.
¿Qué significa esa discordancia cognitiva? ¿Por qué aquello mucho menor era una amenaza evidente y esto de ahora, mucho más extendido y profundo, deviene en ventaja grande que derrama sobre los argentinos la gracia de la yunta gobernante? ¿Será solamente un problema de marketing, de influencia de los vendedores, de dinero y comisiones por venta? ¿Cuánto de ese doble pensar, de esa esquizoide actitud responde al sustrato cultural de ‘civilización y barbarie’ que anida en el antiperonismo clásico, y cuánto obedece a la manipulación cultural de los ingenieros del caos de la nueva etapa del capitalismo imperial?
Otra cosa, otra disparidad de análisis y valoración, otra disonancia cognitiva, otro poner como el tero el grito en un lado y el nidito en el otro: desde hace años la vigilancia digital es algo con buena prensa. Toda una legión de vendedores de tecnología, de gobernantes que se muestran “Haciendo Algo por la Seguridad Ciudadana”, de comunicadores que atizan el fuego de la inseguridad y el delito, ponen en el altar a las cámaras de vigilancia, El Ojo Panorámico, el Lince que Mira Fijo, la Lechuza que te Sigue Atenta, las salas de situación, el monitoreo permanente de lo que pasa en la calle.
No parece sorprender cómo, en 20 años, el espacio público urbano fue perdiendo la posibilidad de tener algún resquicio de intimidad. La prensa libre parece concurrir al interés de los vendedores de cámaras y de sistemas para administrarlas y mantenerlas. Todo el pensamiento oficial del mundo naturaliza que la vigilancia omnipresente todo el día es una gran cosa, necesaria, inevitable, beneficiosa. Y guay de quien lo ponga en duda.
Que no seré yo quien diga que esté mal.
Pero intentemos un pequeño experimento antropológico con esos mismos aplaudidores que claman por más cámaras y más vigilancia (que habrá que ir a comprar a determinados proveedores, aunque esa parte no se pregone tanto). Probemos hacerles una consulta.
¿No sería bueno tener más y mejor control de nuestras rutas y caminos? ¿No sería bueno tener mejores previsiones de nuestros flujos de venta de bienes y de los insumos que necesitamos para producirlos? ¿No se dice por ahí que en países proveedores de aquellos dispositivos -y gracias entre otras cosas al manejo de tecnología satelital de esa que aquí se está abjurando- se pueden tener estimaciones de cosecha bastante exactas y precisas?
Rara vez o nunca escuchamos de aquellos propagandistas que se podría implementar una combinación de tecnologías digitales para vincular las estimaciones de cosecha que hacen el INTA (al que están destruyendo) y –por qué no- hasta la propia FDA yanqui, con las declaraciones de cosecha de los productores registrados, la información de los catastros, los registros de arrendamientos, las guías de porte que declaran cuánto se carga en qué trenes y qué camiones, las rutas –que están calamitosas por la desinversión aplaudida en obra pública- y las trayectorias que siguen esos vehículos, las ventas registradas por los acopios y las multinacionales cerealeras, así como las declaraciones de embarque para exportación y los controles aduaneros e impositivas. Y ver si eso arroja alguna inconsistencia. Eso contribuiría además al mantenimiento de los caminos, controlando la sobrecarga de camiones. Se podría imaginar algo parecido para la minería y otras producciones y exportaciones de recursos naturales. Y también para controlar otros enclaves de privilegiados.
¿Aplaudirían esos gemelos digitales los eternos contrabandistas del Plata y su pléyade mercenaria de opinadores?
Puede que no,pero sería una buena idea para un próximo tiempo de gobierno.



