por Juan José Giani
A mediados del siglo XX Rodolfo Kusch publica “La seducción de la barbarie”, un libro por muchas razones clave en el devenir de la filosofía latinoamericana. En ese texto emergen tres perspectivas que amerita mencionar especialmente. En primer lugar, una severa reprobación de lo que se denomina “europeísmo”, dañosa alienación cultural fuertemente instalada en la academia universitaria y en la opinión pública que lleva a encandilarse por las supuestas clarividencias del Viejo Mundo; y a ignorar, cuando no directamente fulminar, las potencias simbólicas de la autoctonía americana.
Eso nos dirige al segundo punto, que es el de una intelectualidad neciamente obnubilada por lo aparente, por lo ficticio, por la impostura de lo que Kusch señala como “país formal”. Engañosa estructura de valores que mostrando en principio solidez encubre una fragilidad que tapona un subsuelo sustantivo hasta allí silenciado (“el país real”). En línea con Raúl Scalabrini Ortiz o Ezequiel Martínez Estrada, el autor apunta a denunciar la enfermedad identitaria que conlleva el menospreciar aquello que permaneciendo largamente ocluido constituye sin embargo la nutriente fundamental de una nación inconclusa.
Eso que en su siguiente obra Kusch llamará “América profunda”, aquí aparece como certera intuición sobre un secreto que requiere ser revelado como un magma latente que presiona sobre las sordas compuertas de una institucionalidad fallida. Corresponde apuntar que su primer libro se publica durante los años del primer peronismo, que como sabemos tuvo su acto natalicio en las insólitas jornadas del 17 de octubre de 1945. Tumultuosa irrupción de un sujeto popular inesperado, voz coral entre irreverente y festiva que se yergue para desbaratar la inequitativa comodidad de la Argentina oligárquica. En “América profunda” procura demostrar las gruesas nervaduras que unían ese exabrupto político con una ontología continental de raigambre precolombina.
Y el tercer aspecto, central para el desarrollo de estas líneas, es una reconversión del ya canónico concepto de “barbarie”. Categoría sin dudas ancestral y con semánticas variadas, pero que en la prosapia analítica del pensamiento argentino había quedado asociada a la Generación Romántica del 37 y principalmente a la figura de Domingo Faustino Sarmiento.
La operación de Kusch es llamativa, pues en un marco de animadversión peronista hacia la tradición liberal, se reivindica aquí la incisiva manera en que el sanjuanino justiprecia ese núcleo irredento de la idiosincrasia nacional, reclamando capturarlo a pleno como base para alcanzar la república frustrada. Respecto de esa barbarie Sarmiento siente malestar pero también fascinación, y en todo caso su crítica a los iluministas era no haberla calibrado en toda su dimensión.
Kusch utiliza una palabra sugestiva (“seducción”) para premiar en algún sentido la manera precursora por la cual Sarmiento había tomado conciencia sobre la relevancia cultural de ese enigma no debidamente explorado.
Repasemos. Efectivamente, la tradición liberal ahora munida de las herramientas románticas, se considera destinada a reparar las omisiones y cegueras de sus antecesores rivadavianos, quienes demasiado entusiasmados con el utilitarismo de Jeremy Bentham pusieron en marcha una serie de reformas que afectaron el entero proceso de la posindependencia. Formalismo de la razón que con obstinada rigidez se topó con la enconada reluctancia cuando no bélico rechazo del federalismo realmente existente.
El agudo desangramiento expresado en las guerras civiles y el funesto pero firmemente instalado predominio de Juan Manuel de Rosas parecían indicar que sin un recavamiento minucioso de la identidad social argentina la utopía del capitalismo pujante y la arquitectura republicana estaba condenada al fracaso.
El instrumental romántico entra en escena justamente para eso, para hurgar en las zonas oscuras de la razón moderna, en los recovecos incómodos pero vitales de una realidad misteriosa. “El Matadero” de Echeverría y “Facundo” son las obras emblemáticas de ese grupo que mientras ataca a Rosas procura detectar las raíces de su palmaria envergadura. Ese subsuelo a la vez sustancial e inquietante es lo que toma el sintomático apelativo de “barbarie”.
Pues bien, advirtamos aquí que cuando Sarmiento debe puntualizar el origen de tan traumática patología apela a dos elementos primordiales. El primero es el territorio, y abrevando en ese principio singularizador presente desde ya en la cosmovisión romántica, describe con obsesión y talento el proceso por el cual esa extensión despoblada denominada “desierto” genera en el habitante de la pampa comportamientos aguerridos e indómitos.
“Resignación estoica ante la muerte violenta” es la acción prototípica de un gaucho malo que ante los desafíos de la naturaleza se torna feroz, una suerte del anarquismo del facón que vuelve imposible cualquier esquema de organización republicana. El Caudillo o líder montonero es un sistema de representación tan genuino como pernicioso que surge del vínculo de temor y respeto que se plasma entre el gaucho virulento y un jefe que ejerce como ninguno las técnicas resistentes de la supervivencia.
Sin embargo, el componente medular de esa prosapia bárbara (y en esto al interior de la tradición liberal hay unanimidad absoluta) es la desgracia de haber sido conquistados por España. Imperio que supuestamente atrasado en el reloj modernizador de la historia, había incrustado en sus tierras descubiertas una serie de gravosas anomalías y distorsiones.
En primer término, una religiosidad de cuño católico plena de dogmatismo y fanatismo inquisitorial, que al establecer el dominio de la fe por sobre la razón desalentó el progreso científico y el trato tolerante entre las personas. En segundo lugar, un régimen político propio de las monarquías despóticas, impidiendo cualquier forma de autogobierno ciudadano y creando conciencias dóciles frente a los diversos rostros del autoritarismo. Y por último, el feudalismo como modo de producción, fomentando la regresividad y el estancamiento e impidiendo la imprescindible mercantilización de la vida social. La resultante moral de este trípode lucía lapidaria. Un sujeto criollo indolente, ocioso, inepto para el desarrollo de una nación moderna y habituado a depositar en liderazgos falsamente salvíficos la corrección de su desorientada existencia.
Por lo tanto, “El Descubrimiento de América” no era un acontecimiento beneficioso que pudiese ser celebrado, no porque las culturas precolombinas acreditasen algo de rescatable, sino porque el arribo de la hispanidad lejos de corregir sus disvalores los había consolidado y/o empeorado. Es más, a diferencia de la festejada por el liberalismo colonización anglosajona, que frente a las comunidades indias había optado por la desconexión y el exterminio, la conquista española en su afán evangelizante había dado como resultado un desgraciado sendero hacia la mestización.
Esa visión tomará el lapidario calificativo de “Leyenda Negra”, duradera hispanofobia que no sólo abarca a iluministas y románticos sino que incluye también a los climas filosóficos del positivismo que rodean a la Generación del 80 y a la figura de Julio Argentino Roca. Por lo demás, buena parte de las izquierdas quedan imbuidas de esta condenatoria sentencia, tales los casos del socialista Juan B. Justo y el comunista Aníbal Ponce.
Este relato de largo arraigo, ese veredicto implacable contra las rémoras de la tradición hispánica, solo comienza a revertirse cuando por diversas circunstancias crujen las expectativas colocadas en la cruzada civilizadora del republicanismo liberal. El extravío identitario que se desencadena por la marea inmigratoria (combinación vista como peligrosa entre cosmopolitismo simbólico, desarraigo ciudadano y mercantilismo moral), las insuficiencias del desarrollo agrario-dependiente y un sistema político excluyente y represivo, es que lo que invita a repensar los supuestos males del conquistador hispánico.
Insoslayable recordar aquí que “El Día de la Raza” lo instituye en 1919 el “populista” Hipólito Yrigoyen, dando cuenta justamente de esta mutación en las orientaciones. Alimentado por intelectuales afines al primer nacionalismo (recalemos en nombres como Manuel Gálvez o Ricardo Rojas), esa celebración busca encontrar en la tradición hispánica una reserva espiritualizada frente al naturalismo positivista y un reconocimiento amigable del mestizaje frente al racismo y el darwinismo social de voceros afines al estado oligárquico como Carlos Octavio Bunge o Estanislao Zeballos.
Pues bien, el pasado 12 de octubre ha ocurrido un hecho sumamente intrigante. El gobierno de Javier Milei, pregonero enfático del ideario liberal y admirador confeso de Juan Bautista Alberdi y Julio Argentino Roca, publicó un texto alabando la Conquista de España considerándola portadora de la civilización contra el salvajismo; anunciando además la reposición del “Día de la Raza” (que el kirchnerismo había reemplazado por el “Día de la Diversidad Cultural”).
Su rescate de la figura de Alberdi es selectiva y limitada pero no impertinente (pues se detiene en el giro que se inicia en “Las Bases”), pero aquí no hay lugar para la polémica. Está fuera de duda que esta exaltación de la hispanidad hubiera escandalizado al tucumano y más aún a Domingo Faustino Sarmiento.
¿Cómo explicar esta intrépida operación cultural? Lo más sencillo, y atendible, es pensarla como réplica política e ideológica del kirchnerismo. Una pieza más en la trifulca contra el proyecto enemigo. Pero parece haber algo más, vinculado a lo anterior pero distinguible. Un nuevo capítulo en la batalla contra la ideología woke y el progresismo, solo que ahora no en cabeza del feminismo o el colectivo LGBT sino de algo así como el indigenismo cooptado por la izquierda.
Rasgo distintivo de esta ultraderecha. Una combinatoria temeraria y nociva entre el lápiz rojo de Sturzenegger y “Tradición, familia y propiedad” ahora afincada en la estirpe hispánica. Un simplismo rudimentario, pero que no puede habilitar una respuesta de análoga cerrazón. Esto es, una adecuada filosofía de la cultura americana (y en esto Kusch deja pistas meritorias pero también riesgos), no puede admitir ni un occidentalismo torpe que reniegue de la rica densidad de la tradición precolombina pero tampoco la nostalgia por un pasado que ya no cabe reponer. Ni la añoranza forzada de una hispanidad luminosa ni la reducción de su influencia a sus costados más ominosos y reaccionarios.