por Hugo Chumbita
En torno al aniversario del combate de San Lorenzo, volvió a ganar notoriedad y a generar polémica el destino del sable corvo del general San Martín, que ha recorrido ya una larga trayectoria. Conservado desde 1897 en el Museo Histórico Nacional, fue secuestrado dos veces por grupos de la juventud peronista en 1963 y 1965, tras lo cual se lo trasladó en 1967 al Regimiento de Granaderos, en 2015 fue devuelto al Museo, y ahora lo reenvían al Regimiento. Pero ¿cuál es su significado histórico?
Siendo un símbolo de la guerra de la independencia conducida por San Martín contra el dominio colonial español, adquirió otra dimensión simbólica cuando él lo legó a Juan Manuel de Rosas, por su firme defensa frente a la agresión imperialista de otras potencias. Aquel gesto no lo perdonaron los enemigos del Restaurador que ocuparon el poder después de Caseros y Pavón, fundadores de otra concepción de la República, atada al mercado mundial de las economías capitalistas; y fue por eso que, a pesar de su expresa voluntad testamentaria, demoraron treinta años la repatriación de sus restos.
Es evidente que el Libertador vió en la resistencia al colonialismo económico una relación de continuidad con la causa de la independencia a la que consagró su vida la generación anterior. El tema tiene gran actualidad y merece que nos detengamos a revisar los datos históricos.
En 1838, el bloqueo naval de los franceses al Río de la Plata fue una señal de alarma para San Martín, quien se hallaba exiliado precisamente en Francia. Era una maniobra que pretendía obtener garantías para los ciudadanos de ese país, aunque el trasfondo eran las hostilidades por el control de Montevideo como asiento de los comerciantes europeos. San Martín se dirigió a Rosas −gobernador de Buenos Aires a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación− ofreciendo volver al país a prestar servicios militares si entraban en guerra. Rosas agradeció su gesto, pero le contestó que su papel sería más útil en Europa. No hubo guerra declarada sino de manera indirecta, pues los franceses impulsaron y costearon diversas operaciones ofensivas de los opositores al régimen.
San Martín escribió a su querido amigo Tomás Guido, que fue ministro del gobierno bonaerense, observando que “este injusto bloqueo.. no me causaría tanto cuidado si entre nuestros compatriotas hubiese más unión y patriotismo” (carta del 16 de octubre de 1838). Y continuando la correspondencia con Rosas, homologaba este conflicto con la causa anticolonial, indignado ante aquellos americanos que “se unen al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos bajo la dominación española, una tal felonía ni el sepulcro le puede hacer desaparecer” (carta del 10 de julio de 1839).
Los franceses se retiraron en 1840 firmando un tratado de conciliación, y fracasaron las otras campañas que ellos habían alentado. En reconocimiento, San Martín incluyó en su testamento aquella cláusula que legaba el sable al Restaurador “como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” (testamento del 23 de enero de 1844).
Pero las pretensiones de los comerciantes extranjeros no cejaron, y en 1845 se produjo la intervención conjunta de Francia e Inglaterra, que culminó forzando el paso de una gran flota por el Paraná. Pretendían imponer el librecambio y la “libre navegación” de nuestros ríos interiores. San Martín se comprometió en varias gestiones para hacer comprender a los gobiernos europeos el error que cometían, y le expresaba a Guido su entusiasmo por la acción de la Vuelta de Obligado: sin duda triunfaría la resistencia “si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que caerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España” (cata del 10 de mayo de 1846).
Al cabo de otros combates repeliendo la incursión extranjera por el Paraná, el gobierno del Restaurador salió victorioso en la pugna con los agresores, afirmando la soberanía del país sobre sus vías navegables. Pero tras la caída del régimen en 1852, los resultados de aquellas batallas contra el imperialismo económico europeo comenzaron a revertirse. Las prevenciones de San Martín acerca de los malos americanos proclives a unirse al extranjero eran lamentablemente certeras.
Es admirable la lucidez del Libertador acerca de la amenaza que se cernía en nuestro continente por los avances de las principales potencias capitalistas, lo cual implicaba, según sus propias palabras, la sumisión a una condición similar o peor que la del colonialismo español. Esta advertencia, así como su anatema contra los traidores que los secundaban desde adentro, no ha perdido vigencia.
Por todo ello resulta grotesco que en Argentina el actual gobierno invoque la memoria de San Martín, y es inadmisible el manoseo de su histórico sable. Porque el legado del Libertador es la lucha por la independencia frente al poder colonial o neocolonial de cualquier potencia extranjera, y el gobierno “libertario” es un agente servil de la dependencia política, económica e incluso cultural y militar del imperio norteamericano. Porque el sable fue donado a Rosas por defender la integridad de la patria contra el libre comercio de los mercaderes, y el desgobierno de hoy es un declarado entregador del país a los mercaderes internacionales.
Para San Martín y los liberales revolucionarios de 1810 la palabra libertad significaba liberación, descolonización, igualdad social. Para los sedicentes “libertarios” es lo contrario, sumisión, coloniaje, libre explotación. El discurso oficial se empeña en mantener la fábula de la “edad de oro” oligárquica del roquismo, esgrimiendo cifras y datos inventados –ya que entonces no existían registros estadísticos−, tiempos en que la entrega al imperio capitalista, el fraude electoral y la miseria de las clases obreras provocaron incontables levantamientos rurales y urbanos brutalmente reprimidos, y justificaron las revoluciones cívico-militares del primer radicalismo.
Lo que nos debe preocupar es que, salvando las distancias, hayamos vuelto a una situación política y social semejante. Tras la experiencia de nacionalizaciones del peronismo –que no sólo se extendió en el plano económico, sino en todo el entramado social−, la reacción militar y oligárquica favoreció la penetración irrestricta del capitalismo extranjero. La concentración de la economía ha provocado que la mayoría de las grandes empresas –de la producción, del comercio y de la actividad cultural y mediática− sean controladas por fondos de capital externo (y de esto sí hay registro estadístico oficial). En la vida cotidiana, en las relaciones productivas y en el imaginario social, la insidiosa influencia de esa extranjerización parece dar sus frutos, al punto de obstruir el proyecto de la nación independiente. La batalla del presente se extiende también al pasado, y así uno de sus efectos más deplorables es que el destino del sable del Libertador pueda ser manipulado por los traidores, los negadores de su verdadero significado histórico.