¿QUÉ COLOSO PODRÁ SALVARNOS?

por Diego Fernández Peychaux*

Un golem colosal pilotado por Jorge Gamarra defiende la plaza de Mayo el 16 de junio de 1955. Construido con el acero “quinquenal” desarrollado en los talleres ocultos de la Fundación Eva Perón, sin esfuerzos rechaza las incursiones de los aviones golpistas. Unos años después, esa misma capacidad tecnológica permitiría conservar la mente de Perón conectada a una mega computadora. Esa capacidad infinita de conducción política haría que el justicialismo se proyecte al universo iniciando una batalla intergaláctica por los derechos del trabajador.

De este modo, Juan Ruocco, en El coloso justicialista (El Panda, 2022), imagina el desarrollo contrafáctico de la historia argentina. Con todo, veamos cómo induce una reflexionar pertinente para abordar el escenario político actual en el que nos gobierna un Javier Milei, que hizo campaña —y fue votado en dos ocasiones— blandiendo una motosierra para simbolizar la destrucción del Estado.

Ese cuadro supone, como diría algún viejo teórico político de la década del 60 del siglo pasado, que los marcadores de certezas han estallado por los aires. Nos guste o no, llevamos ya dos años devanándonos la cabeza: ¿qué razones explican que la destrucción del Estado pueda asumirse y celebrarse con semejante banalidad? ¿Por qué nos vemos reducidos a la contemplación, o más bien a la indefensión, frente a una minoría que pretende —y en gran medida consigue— echar abajo instituciones y consensos que creíamos fronteras infranqueables?

Mirado nuestro cuadro de situación desde la perspectiva de la novela de Ruocco, más que la mera ausencia de liderazgo también está faltando la potencia de la comunidad organizada que produce y opera los dispositivos de la victoria. En una primera lectura, su panorámica histórica ilustra, sin duda, la encrucijada tan evidente como recurrente del Justicialismo. La novela se recrea en la posibilidad —si no de un Perón eterno— de reencarnar su figura en una máquina imperecedera.

Vista así, las crisis del pasado y del presente se explicarían por esa incapacidad de reproducción del hecho ‘peronista’. Sin necesidad de juicios políticos, lo cierto es que esos liderazgos parecen condenados a la brevedad de lo humano: apenas más que una década, tras la cual los reflujos antiperonistas, como un río desbordado, buscan arrasar con todo lo que encuentran.

No obstante, como dijo Nicolás Maquiavelo allá por 1532, la “fortuna” es el nombre con el que la humanidad designa aquello que ocurre cuando la “virtud política” se ausenta. Así, apostarle todo al príncipe, a la singularidad histórica de su emergencia, le cede demasiado espacio a la diosa fortuna.

Cierto, la politología y la historiografía me responderían que pocas alternativas hay allí donde “falta un pueblo”. Desde 1810 hasta hoy, ese sería el drama de la República Argentina. Es más, son muchas las páginas destinadas a explicar que si hay pueblo es por la irrupción de esos liderazgos. A lo cual concedería que efectivamente es injusto sostener que una cosa pueda darse sin la otra. La oposición taxativa entre los liderazgos y la potencia instituyente del pueblo puede sostener solo a la luz de una historia ajena que torpemente se traslada a nuestra realidad.

Con todo, la cadena de interrogantes persiste. Por ello, quiero insistir en que lo que hoy nos falta, lo que ocasiona la incapacidad de resistencia, no es solo la conducción, sino la desarticulación de la comunidad organizada. De ahí que la interpelación que la realidad plantea al campo nacional y popular no sea ya cómo o quién reencarna a Perón, sino cómo revivir aquella comunidad que alguna vez vibró con fuerza.

A su vez, propongo interrogarse si esa ausencia comunitaria es, en parte, autoinducida. A fin de cuentas, en los años venturosos, una política excesivamente centrada en el Estado ―que a pesar de los esfuerzos siempre fue más un aparato burocrático centrado en las grandes urbes que una comunidad ética― produjo parte del cuadro al que hoy asistimos.

Por un lado, la aparente desconexión entre la suerte de ese aparato y la vida material de los gobernados. Incluso entre los empleados estatales, pareciera que el “ñoqui” siempre es el otro. Por el otro, las “políticas que bajan al territorio” refuerzan con su narrativa la autopercepción de los gobernados como externos al Estado. Esta los ubica en una posición querellantes. A raíz de lo cual, se reclama, pero también se delega el control y la gestión de los asuntos comunes de la sociedad. De allí que hoy abunden los reclamos, pero escaseen los resortes efectivos de resistencia cuando el Gobierno efectivamente “autonomiza” al Estado de la población.

Tal vez por eso, la reacción frente al ataque sea solo apostar al derrumbe catastrófico de una política que, aunque atroz y brutal, sigue demostrando una vocación de perdurar. Entonces, si los poderosos no abandonan voluntariamente sus privilegios, quizás esta sea la ocasión para comenzar a imaginar tanto los modos para recuperar una posición perdida, como la (re)construcción de otras formas de estatalidad, otras instituciones para gestionar los asuntos comunes que nos dejen mejor preparados ante los embates de la fortuna.

En ese sentido, un primer paso es rearmar los imaginarios deshaciendo la identificación de la República con la forma del Estado-nación. Es decir, animarse a pensar la política como la articulación de vínculos entre pueblos soberanos. Así, el problema de la “falta de un pueblo” y, por lo tanto, de la necesidad de que sea el Estado quien lo organice y produzca unitariamente, es una operación ilustrada, antipopular y racista que desconoce al “pequeño género” humano americano del que ya hablaba Simón Bolívar en la “Carta de Jamaica” de 1815.

El Libertador recurre a esa figura para evocar a una multiplicidad de pueblos de españoles, criollos, pueblos originarios, afroamericanos o mulatos, que desde el 1500 se organizaban en pequeñas, o no tan pequeñas, repúblicas para negociar la jurisdicción con la Monarquía hispánica y que, en el 1800 en el que escribe su carta, estaban solidariamente unidos en la mayor gesta emancipatoria que haya conocido la civilización occidental. Me dirán que fantaseo con el golem robótico de la novela de Ruocco. Sin embargo, dejo a consideración de quien lea si la derrota de esas repúblicas que experimentamos a diario, debería nublar el hecho de que, una vez más, estamos ante la ocasión de recuperar la confianza en un republicanismo plebeyo y federal, surgido de la misma experiencia de la vida en común de los pueblos, capaz de poner freno a los embates de un individualismo que ya no se enfrenta únicamente al Estado-nación, sino a las nociones mismas de la sociabilidad humana.

* DFP es doctor en filosofía, docente de la UBA e investigador del CONICET.