por Yasser O. Hase
No ocurre por primera vez. Tampoco será la última.
Cada generación encuentra su distracción favorita: los gladiadores, las coronaciones, las guerras televisadas, las redes sociales. En estos días, la atención global volvió a concentrarse sobre el campeonato eterno. La discusión interminable sobre quién merece el título, quién hizo historia y quién quedará para siempre en la memoria.
El espectáculo como estado de ánimo.
Las cámaras apuntan al césped.
El mundo gira en los palcos.
En la superficie parece una fiesta. Las tribunas devuelven banderas, canciones y emociones. Los canales ofrecen estadísticas, polémicas instantáneas y héroes de ocasión. Millones discuten alineaciones, resultados y arbitrajes. Creen participar de algo inmenso.
Y participan.
Pero no necesariamente de aquello que imaginan.
Mientras los comentaristas analizan durante horas un fuera de juego, en alguna sala sin cámaras alguien despliega mapas sobre una mesa. No hay himnos ni festejos. Apenas documentos, firmas y decisiones que rara vez aparecen en las transmisiones.
Porque mientras el mundo debate quién merece levantar una copa, otros discuten quién merece quedarse con el agua, el litio, el petróleo, la tierra fértil, los puertos, las montañas y los mares.
La verdadera final se juega en otro estadio.
Allí se aplica el derecho de admisión para los hinchas.
Jamás ingresarán.
Sólo apto para accionistas.
En ese campeonato oculto, los poderosos no usan camisetas ni levantan trofeos. Usan trajes y levantan balances. Sus victorias no aparecen en los resúmenes deportivos. Se miden en transferencias, concesiones, reservas estratégicas y privilegios acumulados.
Mientras la multitud canta, ellos cuentan.
Cuentan hectáreas.
Cuentan minerales.
Cuentan mercados.
Y a veces, también cuentan vidas.
El emperador de turno —porque siempre existe alguno— aparece en las pantallas como una caricatura de sí mismo. Insulta países, amenaza gobiernos, desprecia acuerdos y convierte la diplomacia en una mezcla de espectáculo y extorsión.
Ya no necesita ocultar la prepotencia.
Descubrió que la obscenidad también puede gobernar.
La indignación dura unos días.
Después vuelve el partido.
La maquinaria del entretenimiento conoce perfectamente los tiempos de la memoria colectiva. Sabe cuánto dura un escándalo. Cuánto tarda una tragedia en convertirse en estadística. Cuánto demora una guerra en transformarse en ruido de fondo.
Por eso algunas imágenes desaparecen rápido.
Las ruinas dejan de ser noticia.
Los desplazados dejan de tener nombre.
Los muertos dejan de ocupar pantalla.
En algún rincón del planeta una madre sigue buscando a sus hijos entre los escombros. En otro, una escuela vuelve a levantarse por tercera vez sobre las mismas ruinas. Más allá, un barco espera permisos que nunca llegan. Y existen pueblos enteros que nacieron, crecieron y envejecieron bajo cercos tan prolongados que ya casi nadie recuerda cuándo comenzaron.
Algunos aprenden que las sanciones también pueden ser una forma de frontera.
Otros descubren que la palabra “libertad” suele llegar escoltada. Trae mapas bajo el brazo, contratos en los bolsillos y recursos marcados con anticipación. Después, alguien desaparece del tablero, alguien ocupa su lugar y los noticieros explican que todo ocurrió para restaurar la democracia. Para entonces, la sangre ya se ha mezclado con el combustible y los nuevos administradores posan para las fotografías.
Pero la programación continúa.
El show debe seguir.
Siempre debe seguir.
También en la periferia del imperio existen administradores locales del espectáculo. Son necesarios. Ningún centro de poder gobierna territorios tan extensos sin intermediarios convencidos. O sin socios silenciosos.
Aparecen prometiendo modernidad.
Prometen inversiones.
Prometen eficiencia.
Prometen futuro.
Y muchas veces dejan detrás una sensación extraña: como si cada promesa hubiera abierto una puerta que después ya nadie pudo volver a cerrar.
Primero se entregan empresas.
Después recursos.
Luego decisiones.
Y, casi sin advertirlo, se empieza a delegar la propia capacidad de imaginar un destino distinto.
Todo ocurre de manera gradual.
Como una filtración en una represa.
Nadie percibe el desastre mientras el agua apenas humedece los cimientos. Y, cuando esta llega al cuello, ya es tarde para discutir dónde comenzó la grieta.
Mientras tanto, la vida cotidiana se vuelve más difícil. El salario corre detrás de los precios. Los jóvenes imaginan el exilio como proyecto de vida. Las familias aprenden a sobrevivir haciendo cuentas imposibles. Derechos conquistados durante décadas empiezan a presentarse como privilegios excesivos.
Y aun así, la pantalla insiste.
Muestra goles.
Enseña festejos. Exhibe una felicidad industrializada.
La multitud acepta la distracción. No necesariamente por ingenuidad.
El peso de los días también agota.
Y el cansancio es un aliado formidable para cualquier forma de poder.
Un pueblo exhausto acepta cosas que jamás habría tolerado en otro momento.
Por eso el Mundial de las Sombras no necesita prohibir preguntas.
Le alcanza con cambiar los criterios del reglamento según quién ocupe cada banco.
Hay faltas que merecen expulsión inmediata.
Y otras para las que el reglamento siempre encuentra excepciones.
Alcanza con multiplicar las distracciones.
Sin embargo, existe una amenaza que siempre regresa.
La memoria.
A veces aparece en una canción.
Otras veces en un libro.
A veces en una plaza.
Y, de vez en cuando, en la despedida de un artista popular.
Miles de personas llegan desde lugares distintos. No se conocen. Tal vez nunca vuelvan a verse. Pero durante unas horas comparten algo que no puede comprarse ni medirse en audiencias.
Un trapo.
Una cerveza.
Una letra grabada en la retina.
Esas canciones que algunos creían propias hasta descubrir que pertenecían a miles.
Una emoción común.
Entonces ocurre algo que el espectáculo no sabe administrar.
La gente vuelve a mirarse.
Las personas dejan de ser público.
Se reconocen entre sí.
Descubren que forman parte de algo más grande que una audiencia, más amplio que un algoritmo y mucho más profundo que un mercado.
Descubren que forman parte de un pueblo.
Y cuando un pueblo recuerda que existe, los dueños de los palcos comienzan a inquietarse.
Porque saben algo que los espectadores suelen olvidar.
Ningún imperio es eterno.
Ningún espectáculo dura para siempre.
Y ninguna copa, por brillante que parezca, puede ocultar indefinidamente lo que sucede detrás de las luces.
