LA CULTURA ARGENTINA HOY

por Víctor Bassuk

Mientras el bloque de potencias emergentes consolida una arquitectura de financiamiento y coproducción para blindar su soberanía narrativa, la Argentina de 2026 decidió bajarse de una mesa donde se diseña el futuro de las industrias creativas. Entre acuerdos de cine en el Festival de cine BRICS de Fortaleza y créditos del Banco de los BRICS para el patrimonio, el Sur Global acelera su marcha hacia la multipolaridad cultural, dejando una silla vacía que podría costar caro al talento local.

La llegada de la tecnología de vigilancia más avanzada del mundo a la Argentina de Javier Milei no solo trae algoritmos; trae una filosofía. Entre los postulados de Palantir, la distinción entre “culturas fuertes” y “culturas débiles” reabre un debate que la diplomacia cultural argentina viene dando históricamente y que el país, junto a la mayoría de los pueblos del mundo adoptó como propia.

DE PROTAGONISTA A ESPECTADORA DE LOS CAMBIOS

La reciente expansión del bloque BRICS hacia el denominado “BRICS+” en 2024 —con la incorporación de países como Egipto, Irán y Emiratos Árabes Unidos— reconfigura el mapa global de poder y cooperación.  En ese contexto, Argentina, pese a haber sido invitada formalmente en 2023, quedó afuera por decisión del Gobierno nacional, en un movimiento que no solo tiene implicancias geopolíticas sino también profundas consecuencias en el plano cultural.

No participar de los BRICS significa, para la industria creativa argentina —una de las más competitivas de la región—, quedar fuera de un ecosistema de financiamiento alternativo y de circuitos de distribución que abarcan casi la mitad de la población mundial.  Mientras otros países acceden a fondos, coproducciones y mercados en expansión, Argentina se autoexcluye de herramientas que podrían fortalecer su sector cultural sin las condicionalidades tradicionales. En un mundo que avanza hacia la multipolaridad, esta ausencia implica resignar oportunidades estratégicas para proyectar su identidad y sostener su producción cultural en un escenario cada vez más competitivo.

El acrónimo BRICS define un bloque de cooperación multidimensional entre los países miembros. Si bien su origen en 2009 se cimentó sobre el crecimiento de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, la reciente expansión ha incorporado un recurso estratégico al que no debemos restarle importancia: la cultura. Hoy, con el 48.5% de la población mundial y cerca del 40% del PIB global, los BRICS están construyendo una infraestructura cultural capaz de desafiar la hegemonía occidental y se constituye en un garante confiable de la diversidad cultural.

La industria audiovisual se ha consolidado como la punta de lanza de esta «diplomacia suave». China ya supera a Estados Unidos en producción anual de largometrajes, mientras que India lidera en volumen de proyectos. El Festival de Cine de los BRICS 2025 en Fortaleza, Brasil, funcionó como un mercado de intercambio real: se impulsaron acuerdos de coproducción que otorgan estatus de «obra nacional» a proyectos plurinacionales, permitiendo a cineastas acceder a fondos públicos en más de un país simultáneamente, superando la dependencia y la lógica hegemónica.

El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), presidido por Dilma Rousseff, ha comenzado a financiar industrias creativas. Un ejemplo es el programa de revitalización de ciudades históricas en Rusia, respaldado con 220 millones de dólares, y los créditos en moneda local para centros históricos en Brasil. La creación en 2025 de la Plataforma de Industrias Culturales y el Nuevo Fondo de Garantía BRICS ofrecen, por primera vez, seguros para inversores en proyectos culturales.

La transición de la presidencia hacia la India en 2026 promete profundizar estos mecanismos. El reto de los BRICS es coordinar una diversidad que abarca desde la tradición editorial brasileña hasta la milenaria herencia india. Al estructurar este sistema de festivales y fondos, los BRICS envían un mensaje claro: la multipolaridad no es solo una cuestión de divisas, sino de quién tiene el derecho a contar su propia historia. El mundo que viene mira hacia el Sur, y Argentina corre el riesgo de verlo pasar desde la ventana.

PALANTIR Y LA BATALLA POR LA IDENTIDAD CULTURAL

Para entender la llegada de Palantir a la Argentina, primero hay que entender a Peter Thiel.

Su presencia fue noticia central en los medios de comunicación nacionales. Si bien sus movimientos se mantienen en secreto (tanto que se prohibió la presencia de periodismo en la Casa de Gobierno durante su audiencia presidencial), y no existen detalles que hayan trascendido sobre ninguna negociación, sabemos de dos larguísimas reuniones del hipermillonario CEO con Javier Milei en la Casa Rosada, sabemos de la compra de una costosísima mansión en el Barrio Parque de la Ciudad de Buenos Aires, sabemos del descomunal hermetismo y las restricciones extremas a su entrevista. Y sabemos quién es Peter Thiel. No es solo un multimillonario de Silicon Valley; es el filósofo del «Contrarianism», el “pensamiento en contra”. Y conocemos su visión, que es la de un estratega que cree que la tecnología debe servir para ordenar el sistema. Y sabemos que el sistema es un capitalismo salvaje que pareciera por momentos estar en caos y en retirada, aunque por supuesto Thiel no lo define de esta manera.

Diseñada originalmente para la inteligencia antiterrorista, la función de Palantir es conectar puntos invisibles en océanos de datos, permitiendo que gobiernos y corporaciones predigan amenazas.

En términos de desarrollo cultural  Palantir trabaja sobre la eliminación de la sorpresa, ya que el algoritmo busca predecir el futuro basándose en los patrones del pasado. Esta estructura entra en colisión directa con el concepto de libertad creativa. Mientras el poder disciplinario busca normalizar las conductas bajo un estándar de «eficiencia», el arte y la cultura diversa se desarrollan mejor desde la anormalidad y el disenso, incluso desde el caos. La libertad creativa es el último refugio frente a una vigilancia que pretende no solo castigar, sino predefinir quiénes somos.

La llegada de Thiel a la Argentina se enmarca en una sintonía ideológica total con la gestión de Javier Milei: la creencia en la destrucción creativa y la reconfiguración del Estado a través de una supuesta eficiencia técnica radical.

Dentro de la mística de Palantir circulan sus «22 puntos» fundacionales, un manifiesto que define su ADN. En el cierre de este documento, la empresa abandona la neutralidad técnica para lanzar un juicio de valor sobre las sociedades. El mismo afirma textualmente:

«Todas las culturas son ahora iguales. La crítica y los juicios de valor están prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas… han producido maravillas [mientras que otras] han resultado mediocres, regresivas o activamente dañinas.»

Podemos inferir que éste párrafo considera una cultura «fuerte» a aquella capaz de imponer su misión sobre el caos, lo que sería “producir maravillas” para los propósitos sociales y culturales de esta línea de pensamiento, mientras que el pluralismo es visto como una debilidad que frena el progreso técnico.

La verdadera fortaleza democrática no reside en la homogeneidad impuesta por un algoritmo, sino en la capacidad de integrar visiones contrapuestas. Una sociedad plural es, por definición, más difícil de procesar y controlar mediante patrones predictivos. Defender la diversidad es defender un espacio de libertad frente al determinismo tecnológico.

Antes que Palantir tuviera una escucha privilegiada en el ejecutivo nacional, el país ocupaba un lugar de vanguardia en la defensa de lo opuesto. Me ha concernido, como delegado del INCAA ante las Naciones Unidas en el año 2003, ser parte de una batalla diplomática global que sostenía una tesis contraria: la diversidad no es un lastre, sino un derecho humano fundamental.

Desde nuestro país, defendimos la posición de reconocer como un hecho evidente que hay países con economías fuertes y economías débiles pero eso no significa de ningún modo que aceptemos que existan culturas fuertes y culturas débiles.

Durante muchos años la Argentina militó activamente la Declaración Universal de la UNESCO, que define a la diversidad cultural como un «patrimonio común de la humanidad». Siempre defendimos que la cultura no es una mercancía ni un sistema que deba ser «eficiente», sino el acceso a una existencia moral y afectiva que produzca el desarrollo de una sociedad más reflexiva, empática y dichosa.

El debate que propone la llegada de PALANTIR no es técnico, es político. ¿Es la «eficiencia técnica» el fin último del Estado o es la preservación de una identidad multifacética lo que constituye una nación soberana?

La experiencia del cine argentino es la mejor prueba: una industria que prosperó no por ser «fuerte» en términos de control, sino por ser diversa, libre y profundamente humana.